Dificultades y escollos más frecuentes

No te sorprendas ni te desanimes si te topas con alguno de los siguientes obstáculos al testificar. El Señor puede ayudarte a sortearlos, así como cualquier otro escollo que se te presente.

Juzgar por las apariencias o primeras impresiones

De haber juzgado Jesús a la gente por su apariencia, ¿habría escogido por discípulos —entre otros— a pescadores ignorantes y odiados recaudadores de impuestos? ¿Y qué de María Magdalena, Zaqueo, la samaritana a la que conoció junto a un pozo y muchos otros a quienes amó, asistió y conquistó? «El Señor no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero el Señor mira el corazón»1. Pide a Dios que te ayude a ver a cada persona que ponga en tu camino tal como la ve Él.

Discusiones

Hay quienes discuten porque son escépticos e incrédulos y solo quieren ponerte en aprietos y hacerte perder el tiempo. Pero no todos los discutidores entran en esa categoría. Hay personas que buscan sinceramente la verdad y que discuten porque de veras quieren respuestas, quieren convencerse. ¿Cómo se distingue entre unos y otros? En primer lugar, haz una breve oración en silencio y pide al Señor que te ayude a reconocer sus intenciones. Y si el Señor te indica que les des el beneficio de la duda, vuelve a orar para pedirle paciencia.

Normalmente se hace necesario ganarse la confianza de una persona para conseguir que escuche, que crea lo que le dices acerca de Jesús y la Biblia y se salve. Procura, pues, encontrar puntos de coincidencia. Si al cabo de unos minutos de tratar de establecer un vínculo con alguien y responder a sus preguntas se hace patente que no le interesan las respuestas que da Dios en la Biblia, dile amablemente que no tienes otras respuestas que ofrecerle y da por concluida la conversación.

Veamos cómo respondía Jesús a las preguntas que le hacían. Algunas se las plantearon personas que querían sinceramente saber la verdad, como Nicodemo2 y la samaritana3. Esas les respondía con amabilidad y paciencia. Otras eran preguntas capciosas de sus enemigos. Cuando Jesús percibía que quienes lo interrogaban solo querían meterle en aprietos, les respondía con mucha prudencia4. A veces se daba cuenta de que no tenía caso hablar siquiera con algunas personas, así que se quedaba callado5.

Sentirse intimidado

Algunos te atacarán, menospreciándote como persona, desestimando lo que dices o planteando con vehemencia sus propias creencias. En muchos casos no es que estén tan seguros de lo que profesan, sino que quieren poner a prueba tus convicciones. Otros actúan así con casi todo el mundo: tratan de dominar la conversación avasallando a los demás. En todo caso, lo que debes recordar es que tú tienes algo que esas personas necesitan con afán: a Jesús. No tienes por qué sentirte intimidado. En realidad, no es que ellos se estén oponiendo a ti, sino que el diablo les ofrece resistencia. Tú guarda la compostura y sigue hablando con convicción. «Un siervo del Señor no debe andar peleando, sino que debe ser bondadoso con todos, capaz de enseñar y paciente con las personas difíciles. Instruye con ternura a los que se oponen a la verdad. Tal vez Dios les cambie el corazón, y aprendan la verdad. Entonces entrarán en razón y escaparán de la trampa del diablo»6.

Personas que interrumpen y molestan

Cuando se testifica a dos o más personas juntas, a veces ocurre que una de ellas es poco receptiva y procura echar a perder el testimonio haciendo comentarios peyorativos, preguntas capciosas o denigrantes o interfiriendo de alguna otra manera. Por eso en general es mejor testificar individualmente.

Al testificar a una sola persona se hace más fácil encontrar la clave para llegar a su corazón, algo que despierte su fe o la impulse a aceptar al Señor. Es probable que esa clave sea distinta para cada persona de un grupo. Además, muchas personas se sienten un poco incómodas al hablar de Dios, de la fe y de cuestiones de orden espiritual delante de otros, sobre todo de amigos, y particularmente si no han reflexionado mucho sobre esas cosas.

Por esa razón conviene estar acompañado de una o varias personas cuando sea posible. De esa forma, cada testificador puede entablar conversación con una persona del grupo al que se esté testificando. La gente por lo general acepta gustosa el mensaje cuando se la aborda individualmente, mientras que en grupo muchas veces no se muestra receptiva a causa de la presión social o por querer mantener una imagen ante sus amigos.

Personas entenebrecidas

Algunas personas no se conforman con discutir o entorpecer; están tan apartadas de la verdad, la luz y el Espíritu de Dios que tratan de impedir que divulgues el Evangelio haciéndote daño físicamente o causándote graves problemas, tal como hicieron con Jesús7. A ese tipo de persona se refería el Señor cuando advirtió a Sus discípulos: «No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos, no sea que las pisoteen, y se vuelvan y os despedacen»8.

Dicho de otro modo, no te crees problemas innecesarios testificando a personas que sabes que van a rechazar el mensaje, que van a resentirse, oponerse a él y perseguirte. «He aquí, Yo os envío como a ovejas en medio de lobos; sed, pues, prudentes como serpientes, y sencillos como palomas»9.

El sermoneo

Cuentan que un niño que estaba nadando en un río de golpe se agotó y comenzó ahogarse. Cuando pidió auxilio a un hombre que estaba en la orilla, este comenzó a sermonearlo, diciéndole que hubiera debido tener más cuidado y no alejarse tanto del borde. «¡Rescáteme ahora! —gritó el niño—. Deme el sermón después, cuando esté a salvo».

Nos causa gracia, pero hay que ver cuántos testigos del Señor hacen lo mismo inadvertidamente. Es más importante conseguir que alguien se salve y establezca un vínculo personal con Jesús que censurar el tabaquismo, el alcoholismo, las drogas, el juego, las palabrotas, la promiscuidad y las perversiones sexuales. De hecho, hay pecados espirituales tanto o más dañinos, por ejemplo la ira, el odio, los prejuicios, los celos descontrolados o el agredir sicológica o verbalmente a los demás. Después de salvarse, le va a resultar más fácil cambiar, porque contará con el poder del Señor.

No obstante, a los que reconocen que tienen cierta adicción —por ejemplo, al alcohol o a las drogas— y que buscan librarse de ella, se les puede explicar que aceptar a Jesús en su corazón es el primer paso para que Él los ayude a superar ese mal hábito. Una vez que tengan a Jesús, se puede conversar con ellos y recomendarles algunas alternativas para cambiar en los aspectos en que les hace falta.

La larga y solemne prédica

No cometas el error tan frecuente de soltar todo un discurso en vez de testificar. David Brandt Berg contó que en cierta ocasión salió a testificar de puerta en puerta con un predicador:

«Llamamos a la puerta de una casa y nos atendió una señora que ninguno de los dos conocía. Enseguida mi compañero empezó a predicar un sermón: “Amados, nos hallamos aquí reunidos…” Quizá no era tan solemne, pero uno habría pensado que se dirigía a toda una congregación. La única forma de testificar que conocía era predicar un sermón. Puede que fuera muy buen predicador, pero así no es como se testifica. La pobre ama de casa solo atinaba a pestañear con cara de desconcierto. Casi podía leerle el pensamiento: “¿Qué estará haciendo este predicador a la puerta de mi casa? El bebé se me está cayendo de la silla alta, se me quema la cena, tengo que colgar la ropa… y quisiera colgar a este predicador”».

Fuego y azufre

Puede que en los últimos dos mil años unas pocas personas hayan entrado al Cielo gracias a las advertencias de que les aguardaba un diluvio de fuego y azufre si no se arrepentían de sus perversos caminos; pero muchas más fueron conquistadas por el amor. Son demasiadas las personas que pintan a Dios como una especie de ogro que anda con un palo esperando a que alguien cometa un error para darle un golpe en la cabeza. Lamentablemente, ese modo de retratar a Dios, común entre algunos cristianos, ha alejado a muchas personas del Señor. Abstente de transmitir esa imagen errónea. Dios es amor10. Él conoce los temores, conflictos, pesares y anhelos secretos de todas las personas, y quiere tomarlas de la mano y conducirlas hacia la vida feliz y satisfactoria que ansían tener.

Vocabulario ofensivo

Para relacionarse bien con la gente es importante emplear un vocabulario que no ofenda ni moleste. Por ejemplo, aunque sea necesario que le digas a alguien que necesita al Salvador, en vez de espetarle que es un pecador redomado, te irá mejor si le señalas que probablemente ha hecho cosas que estuvieron mal o que fueron poco amorosas, cosas que ahora le pesan porque se da cuenta de que hirieron a los demás. El asunto es que todos necesitan el perdón de Dios, pero no nos corresponde a nosotros juzgarlos por sus pecados. Es preferible ayudarlos a ver la luz sin que sientan la descarga del rayo.

Lo primero es lo primero

Es importante mostrarse comprensivo con los pesares y dificultades que padece la gente. A veces, para que alguien esté dispuesto a escuchar el Evangelio o salvarse se hace necesario manifestarle el amor de Dios con hechos, contribuyendo a satisfacer sus necesidades más inmediatas. Mucha razón tenía quien dijo que no se le puede predicar el Evangelio a quien tiene el estómago vacío. Si una persona tiene hambre, primero hay que calmar su ansia de comer, por una parte para captar su atención, y por otra para que vea que Dios se preocupa por ella.

Pero no te enfrasques tanto en ayudar a alguien a resolver todos sus problemas que te olvides de conducirlo a quien tiene siempre las soluciones. Procura que se salve lo antes posible para que el Señor pueda ayudarlo a resolver sus dificultades. Una vez que se haya salvado, puede que el Señor quiera valerse de ti para darle Sus consejos u ofrecerle ayuda práctica, pero recuerda que es Él quien tiene las soluciones y el poder para transformar a una persona y cambiar su situación.

Hablar demasiado de nosotros mismos

Alguien definió a un pelmazo de esta manera: «Uno que habla de sí mismo cuando yo quiero hablar de mí». Al testificar, hay momentos en que es apropiado e incluso importante hablar de ti mismo, sobre todo para establecer puntos de coincidencia y contar tu propia experiencia de salvación. Sin embargo, no te conviertas en el tema central de la conversación. Una buena pauta es esta: por cada palabra que digas acerca de ti mismo, deja que los demás digan veinte sobre ellos.

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Testificación personalizada
No se puede abordar a todo el mundo de la misma manera. Lo que quizá sea clave para una persona bien puede producirle rechazo a otra. Lo que para unos es un caramelo, para otros es veneno. Por ejemplo, los ancianos y los enfermos terminales probablemente cavilan bastante sobre lo que les espera después de la muerte. En vista de eso, es posible que la promesa de vida eterna en el Cielo los anime más que ninguna otra cosa a aceptar a Jesús. En cambio, la mayoría de los jóvenes se imaginan que tienen toda la vida por delante y están más interesados en el presente. Por eso, la promesa de un Amigo que los entiende y los ama incondicionalmente puede ser el argumento más convincente para ellos.
Cada persona es diferente. Por eso debemos amoldar nuestra testificación a las necesidades, la cultura y la mentalidad de aquellos a quienes testificamos, y comunicarnos con ellos a su nivel y de la forma que les resulte más atrayente. Esa fue una de las claves del éxito del apóstol Pablo: buscaba puntos de coincidencia y, más aún, se convertía en siervo de aquellos a quienes procuraba ganar para Jesús, adaptando su mensaje y su conducta según la situación.
«Siendo libre de todos —escribió—, me he hecho siervo de todos para ganar a mayor número. Me he hecho a los judíos como judío, para ganar a los judíos. […] Me he hecho débil a los débiles, para ganar a los débiles; a todos me he hecho de todo, para que de todos modos salve a algunos»11.
Shannon Shayler
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Para persuadir a la gente hay que ser atrayente
No puede haber buena comunicación entre dos personas si no tienen nada en común. Por eso, cuando des testimonio de Jesús aborda a la gente con una actitud y un enfoque positivos. Establece puntos de contacto. Busca una compenetración. Sé amigable, amoroso, cordial, comprensivo y compasivo. Busca tantos puntos de coincidencia como puedas. El apóstol Pablo dijo que se había hecho de todo a todos a fin de ganar a algunos12.
Cuando sabes que tienes toda la razón y que otros están muy equivocados, puedes tener la tentación de echar por tierra los falsos sistemas de valores y las doctrinas erróneas; pero esa es una testificación negativa, que no expresa amor ni conquista a nadie. La mejor estrategia para lidiar con los puntos de desacuerdo no consiste en refutar lo que dice la otra persona, sino en escucharla y luego presentarle la verdad de una manera amorosa y positiva. «Honren en su corazón a Cristo como Señor. Estén siempre preparados para responder a todo el que les pida razón de la esperanza que hay en ustedes. Pero háganlo con gentileza y respeto»13.
Concéntrate en lo positivo, no en lo negativo. En vez de argüir en contra de esto y aquello, predica a Jesús, levanta a Cristo. Ya se encargará Él de atraer a todos hacia Sí mismo14.
D. B. B.
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Habla de Jesús
Al testificar a personas que no han tenido una formación cristiana, no te concentres en las diferencias entre tu religión y la suya. Tampoco hace falta que te enfrasques en un profundo debate teológico sobre la naturaleza de Dios. Para eso vino Jesús: para retratarnos a Dios. Limítate a hablar de Jesús, un hombre que fue por todas partes ayudando a la gente y haciendo el bien. Él goza de bastante buena reputación aun en países y ambientes en que el cristianismo no es bien visto. Él es tu mejor argumento. Di con toda franqueza: «Yo amo a Jesús, y Él te ama a ti».
Cuando hables de Jesús con personas que saben poco o nada de Él, ni siquiera hace falta que menciones que Él murió por sus pecados y que necesitan pedirle perdón. Eso lo puedes explicar después. Puede que no entiendan que las dificultades que atraviesan son consecuencia de sus pecados; hasta puede que ni entiendan el concepto de pecado. Lo que sí saben es que las cosas no andan bien.
Diles: «Si quieres poner en orden tu vida y ser auténticamente feliz, pide a Jesús que te ayude. Él es el espíritu de la bondad, la luz y el amor y resolverá todos tus problemas. ¿Te gusta el amor? ¡Jesús es amor! Es la luz que disipa las tinieblas. Es el amor que disipa el odio. Es la bondad que disipa la maldad. Es amor, misericordia, perdón y todas las cosas buenas. Jesús es el amor de Dios, y te ofrece Su amor. Simplemente pídele que entre en tu corazón».
D. B. B.
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No discutamos sobre doctrinas: salvemos almas
La misericordia de Dios no depende de tecnicismos teológicos legalistas. ¿Cuánto es capaz de entender un niño pequeño? Pues Jesús dijo: «Si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos»15. Los niños no pierden mucho tiempo discutiendo doctrinas o detalles teológicos.
Daniel Webster (1782–1852), orador y estadista estadounidense, dijo en cierta ocasión: «La Biblia debe creerse y entenderse de acuerdo con el sentido claro y evidente de sus pasajes; pues no concibo que el verdadero significado de un Libro cuya finalidad es instruir y convertir al mundo entero esté velado por tanto misterio e incertidumbre que solo críticos y filósofos sean capaces de dilucidarlo».
El que pretende complicar la salvación y hacerla difícil de entender es el diablo. No dejes que te aparte a ti ni a nadie de la sencillez del Evangelio16.
No todos comprenden las doctrinas profundas; pero no hay nadie que no entienda el amor. Concentrémonos en lo principal y prediquemos las doctrinas fundamentales: Jesús, Su amor y la salvación.
D. B. B.
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Testifica con prudencia
El Señor espera que miremos bien cómo, cuándo y a quién testificamos. «Yo os envío como a ovejas en medio de lobos —dijo Jesús a Sus discípulos—; sed, pues, prudentes como serpientes, y sencillos como palomas»17. El mensaje del amor de Dios se lo debemos a todos, pero particularmente a quienes lo van a creer y aceptar. El Señor no nos pide que creemos conflictos innecesarios comunicando el mensaje a personas que sabemos que lo van a rechazar y que posiblemente hasta nos quieran perjudicar a consecuencia de ello. El propósito de testificar es conquistar almas con el amor del Señor, no suscitar antagonismo u ofender.
En algunos países no cristianos, una falta de prudencia al testificar puede desencadenar una persecución grave. En sitios así hay que ser muy selectivo en cuanto a quién se testifica, y aun así se debe emplear mucho la oración para saber cómo hacerlo. No malogres tus oportunidades de testificar actuando precipitadamente. Un poco de paciencia y buen tino pueden evitarte problemas.
D. B. B.

1. 1 Samuel 16:7.
2. Juan 3:1–21.
3. Juan 4:5–29.
4. Mateo 22:15–22; Juan 8:6–8.
5. Mateo 26:62,63.
6. 2 Timoteo 2:24–26 (NTV).
7. Juan 15:18–20.
8. Mateo 7:6.
9. Mateo 10:16.
10. 1 Juan 4:8.
11. 1 Corintios 9:19,20,22.
12. 1 Corintios 9:22.
13. 1 Pedro 3:15,16 (NVI).
14. Juan 12:32.
15. Mateo 18:3.
16. 2 Corintios 11:3.
17. Mateo 10:16.

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