Los resultados

A veces se obtienen resultados inmediatos. Algunas personas a las que testificamos se encuentran en un momento en que están abiertas, maduras y listas para aceptar a Jesús, y lo hacen enseguida. Quizás el Señor ya dispuso que otras personas les testificaran antes, o quizás obró en su vida de determinada manera a fin de llevarlas a ese punto. Entonces nos envía a nosotros para ayudarlas a tomar la importante decisión final de aceptar a Jesús.

La testificación puede ser también una labor difícil e ingrata. No a todo el mundo le interesa conocer a Jesús o estrechar su relación con Dios. No te sorprendas, pues, si algunas personas rechazan tu testimonio. Tampoco te desanimes. Puede resultar un poco descorazonador ofrecerle a alguien el regalo más valioso que podría recibir y encontrarte con que te rechaza, cambia rápidamente de tema, te mira despectivamente o incluso te humilla o te reprende. Cuando te suceda eso —como le sucede a todo el mundo en algún momento—, no te rindas. Puede que ese individuo no esté dispuesto a escuchar o a salvarse, pero quizá la siguiente persona con quien hables sí. Si perseveras, tarde o temprano obtendrás resultados positivos.

A veces la reacción inicial de una persona es negativa por el simple hecho de que la pillaste por sorpresa. No esperaba meterse en una conversación sobre un tema tan profundo como el de la fe en Dios. Puede que la persona haya tenido una mala experiencia con otros cristianos, o haya oído ciertos argumentos en contra del cristianismo que la desilusionaron. A algunos hay que predicarles con el ejemplo para que luego estén dispuestos a escuchar el sermón. Otros piensan que si aceptaran a Jesús estarían traicionando la fe en que sus padres los criaron. Unos temen que salvarse signifique tener que renunciar a ciertas cosas que les costaría dejar. Otros simplemente están muy satisfechos consigo mismos o con las cosas de este mundo. Hay mil motivos por los que algunas personas no quieren abrirle el corazón a Jesús la primera vez que se les presenta la oportunidad. Sobre todo en países no cristianos, suele requerir mucho tiempo y paciencia conquistar a alguien para Jesús. Algunas personas tienen que convencerse viendo nuestra conducta —la forma en que vivimos, el amor con que tratamos a los demás y el interés que manifestamos en ellos— antes de aceptar lo que les decimos.

Si alguien no quiere escuchar lo que le dices sobre el Señor, no insistas, pero tampoco te des por vencido. Puede que aún no haya llegado el momento oportuno. Procura concluir tu testimonio con una nota positiva, y no dejes de orar por esa persona cuando te acuerdes de ella. Pide al Señor que siga obrando en su corazón, que riegue con Su agua de vida las semillas que sembraste y que te indique qué más puedes hacer para conquistar su voluntad. Tal vez a la larga se convenza viendo que llevas una vida feliz y llena de amor, la misma que Jesús concede a todos los que lo aceptan. A lo mejor el Señor te indicará que le digas a la persona que si en algún momento quiere retomar el tema contigo, estás a su disposición. Puede que Él quiera que sigas en comunicación con ella y le infundas fe por correspondencia postal o correo electrónico, o haciéndole llegar publicaciones cristianas de tanto en tanto. También puede ser que el Señor tenga otro plan. Quizás envíe a otra persona a terminar la labor que tú iniciaste. Puede que más adelante, en otras circunstancias, la persona esté más receptiva.

Cualquiera que se haya dedicado a la horticultura o la agricultura sabe que quien siembra la semilla no determina si está germinará o no. Lo único que puede hacer el horticultor es preparar y fertilizar la tierra, sembrar la semilla y regarla. No puede hacer que la planta germine. Únicamente Dios puede hacer eso. Por muy convincente que seas como testigo, los resultados están en manos del Señor y dependen en gran parte de la respuesta del individuo. Es algo que no se puede forzar. Puede que uno siembre y otro riegue, pero es Dios quien da el crecimiento1.

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La parábola del sembrador
El sembrador salió a sembrar su semilla; y mientras sembraba, una parte cayó junto al camino, y fue hollada, y las aves del cielo la comieron. Otra parte cayó sobre la piedra; y nacida, se secó, porque no tenía humedad. Otra parte cayó entre espinos, y los espinos que nacieron juntamente con ella, la ahogaron. Y otra parte cayó en buena tierra, y nació y llevó fruto a ciento por uno. […]
Esta es, pues, la parábola: La semilla es la Palabra de Dios. Y los de junto al camino son los que oyen, y luego viene el diablo y quita de su corazón la Palabra, para que no crean y se salven. Los de sobre la piedra son los que habiendo oído, reciben la Palabra con gozo; pero estos no tienen raíces; creen por algún tiempo, y en el tiempo de la prueba se apartan. La que cayó entre espinos, estos son los que oyen, pero yéndose, son ahogados por los afanes y las riquezas y los placeres de la vida, y no llevan fruto. Mas la que cayó en buena tierra, estos son los que con corazón bueno y recto retienen la Palabra oída, y dan fruto con perseverancia.
Jesús2
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La vida está en la semilla, no en el sembrador
Conquistar almas para Jesús es comparable a cultivar: Plantamos semillitas de la verdad divina en el corazón de las personas. Luego el cálido sol del amor de Dios, combinado con el agua de Su Palabra, hace que se produzca un milagro y que de algunas de esas semillas brote vida nueva.
Naturalmente, nuestro deseo es ganar a otros a la fe en Cristo, pero eso en realidad es tarea de Dios y obra del Espíritu Santo. Nosotros solo podemos ofrecerles la verdad y manifestarles el amor del Señor; no nos corresponde forzar resultados ni decidir por ellos. La decisión de creer, aceptar la verdad y vivir de conformidad con ella debe tomarla cada uno delante de Dios.
Uno siembra la semilla y puede que otro la riegue, pero el que da el crecimiento es Dios3. Nosotros nos limitamos a preparar la tierra, ablandarla con nuestras oraciones y depositar en ella la semilla; de la persona depende si la recibe o no, y solo Dios puede hacer que eche raíces, crezca y dé fruto.
Nuestra misión consiste simplemente en ir andando y llevando la preciosa semilla y plantarla en corazones fértiles, fructíferos y receptivos. Puede que no siempre lleguemos a ver la cosecha; pero si hacemos fielmente la parte que nos corresponde, podemos dejar el resto en manos del Señor.
D. B. B.
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Siempre vale la pena testificar
¡No hay testificación que sea inútil! Dios se asegura de que el pan que echamos sobre las aguas cumpla el propósito para el que lo envió. Su Palabra no volverá vacía4. La testificación siempre es provechosa, siempre da resultado. Ya sea que conquistemos almas para el Señor o no, estamos obedeciéndolo, haciendo Su voluntad y cumpliendo con nuestro deber de predicar el Evangelio.
La obra la hace la Palabra. Una vez que hemos transmitido el mensaje de Dios, una vez que hemos entregado a la gente la Palabra, nuestra labor ha terminado. Lo que esas personas decidan hacer queda entre ellas y Dios. Aunque nunca ganemos un alma, si testificamos fielmente estamos ganando.
D. B. B.
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¡Nunca te rindas por el simple hecho de que has sufrido unos cuantos reveses! El Señor no nos exige éxito. Dijo simplemente: «Bien, buen siervo y fiel»5.
D. B. B.

1. 1 Corintios 3:6.
2. Lucas 8:5–8;11–15. La parábola del sembrador se encuentra también en los capítulos 13 de Mateo y 4 de Marcos.
3. 1 Corintios 3:6.
4. Eclesiastés 11:1; Isaías 55:11.
5. Mateo 25:21.

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