Médico de almas

Conocer a Jesús y salvarse es el primer paso para que la gente se cure de todo lo que la aqueja. Pero a muchos les resulta difícil —por no decir, imposible— creer que existe tal remedio universal si no han tenido un encuentro personal con Jesús. Por eso, aunque conozcas la solución a sus problemas y puedas recetarles el remedio enseguida, es probable que no se muestren muy ávidos de encomendarse a tu cuidado si no les das ocasión de explicarte sus síntomas. ¿Cuánta fe tendrías tú en un médico que te dijera de buenas a primeras que sabe lo que necesitas sin haberle tú contado qué te aqueja? Aunque el paciente esté cubierto de pies a cabeza de síntomas externos que revelen claramente su trastorno, todo médico sabe que tiene que empezar por hacer preguntas.

Hacer preguntas es más que una mera formalidad, una muestra de cortesía o un ardid para granjearse la confianza del paciente. Aunque la dolencia sea patente, ningún médico sensato da inicio a un tratamiento basándose solamente en lo que le dice su experiencia o los libros de medicina. Al escuchar atentamente la explicación del paciente acerca del mal que sufre y los síntomas que ha tenido, el médico puede confirmar el diagnóstico y recabar importantes datos que después lo ayudarán a determinar el tratamiento, las dosis, etc. Algunos pacientes son muy extravertidos y francos: responden incluso a preguntas de índole bastante personal. En el caso de pacientes más lacónicos, el médico se ve obligado a sonsacarlos.

A diferencia de las dolencias físicas, a veces a una persona puede resultarle difícil admitir que su espíritu está enfermo. Pero mientras no lo haga, no aceptará los consejos y la prescripción del médico. Como médicos de almas que somos, es nuestro deber hacerle ver al paciente que algo anda mal. Sin embargo, lo mejor esa dejar que él mismo llegue a esa conclusión, sobre todo si fuimos nosotros los que iniciamos el examen.

Solo entonces está el médico en condiciones de prescribir un tratamiento. Y en realidad, ahí termina su trabajo. A partir de ese momento, todo depende de que el paciente deposite su confianza en él, tome los medicamentos que le han recetado y se someta al tratamiento o a la terapia que se le ha recomendado. El paciente es quien decide lo que hace con el diagnóstico del médico.

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Salvamento
Kumiko tiene 24 años. Su hermano mayor se mató en un accidente de tránsito hace unos años. Sus padres están divorciados. Contrariada por esos hechos resolvió dejar de creer en Dios. Cuando la conocí, estaba muy desanimada. Todo lo que decía de su vida y de los demás era muy negativo.
Cuando tenía conflictos con sus amigos o colegas me llamaba por teléfono. La mayoría de sus llamadas las hacía pasada la medianoche, y duraban más de una hora. A veces lloraba y decía que se iba a suicidar, que su vida no tenía sentido. Yo la escuchaba y procuraba animarla explicándole que, independientemente de los comentarios de los demás acerca de ella, Jesús la amaba y veía todas sus virtudes. Le decía que algún día su naturaleza bondadosa y sus demás cualidades ganarían la partida, que no debía dejarse sofocar por aquellas otras cosas de carácter negativo. También le aseguraba que oraría por ella, y lo hacía. Una noche ella oró conmigo para aceptar a Jesús como su Salvador.
Kumiko comenzó a cambiar paulatinamente. Al cabo de un tiempo me dijo que había empezado a clamar a Jesús cada vez que tenía problemas o estaba deprimida. Hace poco nos volvimos a encontrar, y se la veía muy cambiada. Fue capaz de reírse de sus anteriores reacciones inmaduras cuando algo la disgustaba mucho. Lo que me contó luego me conmovió profundamente: Un mes antes se había sumido en la desesperación y había decidido poner fin a su vida. A medianoche se montó en el auto y fue hasta la costa, decidida a arrojarse al agua. De golpe empezó a pensar en mí y se puso a orar a Jesús. Cambió de idea y volvió sana y salva a su casa. Al escucharla decir eso, sentí mucha alegría y alivio.
En muchas ocasiones no me había resultado fácil escuchar las peroratas de Kumiko acerca de sus batallas internas, sobre todo cuando me sentía muy cansada o quería terminar alguna tarea urgente antes de irme a dormir. (Traduzco al japonés publicaciones de La Familia Internacional.) Inicialmente no daba la impresión de estar cambiando o creciendo espiritualmente; pero el Señor siempre me repetía que la chica no tenía a nadie más a quien pedir ayuda y apoyo moral. A través de esta experiencia creo que aprendí más que Kumiko acerca de lo sublime que es el amor de Jesús. Él me está enseñando a tener más amor, paciencia y misericordia con los demás, sobre todo con los que están perdidos y buscan amor verdadero y respuestas a sus interrogantes.
Akiko Matsumoto
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