Predicar con el ejemplo

El famoso evangelizador norteamericano Dwight Moody (1837–1899) dijo en cierta ocasión: «La prédica que más necesita este mundo son sermones con zapatos que caminen con Jesucristo». Algunos opinan que lo que Moody quiso decir es que la mayoría de las personas ni se acercan a una iglesia. Por tanto, para que lleguen a conocer el Evangelio es imperioso que alguien se lo transmita. Otros afirman que quiso decir que la mayoría de la gente se forma su opinión acerca del cristianismo y de lo que este ofrece por los ejemplos vivos que ve y no por las prédicas que oye. Es decir, que la vida de los cristianos es más elocuente que sus dichos. Es posible que haya querido decir ambas cosas, pues las dos son ciertas.

Es necesario anunciar el Evangelio a la gente y explicárselo; pero también hay que darle un ejemplo vivo del mismo. Las palabras son necesarias; pero para que la testificación1 sea más eficaz debe entrañar algo más que palabras. Solamente el Espíritu Santo2 puede obrar en el corazón de alguien y llevarlo a aceptar a Jesús y salvarse; pero la mayoría de las personas no entienden lo que Dios ofrece ni creen que pueda hacerse realidad en su vida si no ven cómo ha obrado ese mismo poder en la vida de otros. Cuando testificamos a alguien, podemos pasarnos horas diciéndole todo lo que Dios podría concederle o hacer por él; pero a menos que vea un ejemplo en nosotros mismos, es probable que nuestras palabras caigan en saco roto. Es preciso que los demás vean que Él ha obrado un cambio para bien en nuestra vida y nos ha dado algo que ellos no tienen y no pueden conseguir por su cuenta.

Si realizáramos una encuesta entre cualquier segmento de la población y preguntáramos a los sondeados qué quieren en la vida, la mayoría diría cosas como amor, felicidad, seguridad o paz interior. Seguramente dirían primero que quieren un millón de dólares, una casa de ensueño, el esposo o la esposa perfectos… Pero en definitiva, todo eso no son más que medios —o presuntos medios— para conseguir lo auténticamente valioso, como es el amor, la felicidad, la seguridad y la paz interior. Y lo maravilloso del caso es que, cuando aceptamos a Jesús y nos llenamos del Espíritu Santo, lo verdaderamente trascendente se pone a nuestro alcance y puede hacerse patente en nuestra vida. «El fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza»3. Cuando alguien a quien testificamos nota que somos amorosos, comprensivos, tiernos, amables, pacientes y considerados —y sobre todo si sabe que no éramos así antes de conocer al Señor—, es normal que quiera lo que nosotros tenemos.

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«¡Muéstramelo!»
El único amor de Dios que ve la gente es el que observa en nosotros, Su pueblo. Por consiguiente, si los cristianos no manifestamos un amor que se pueda ver y sentir, a los demás les costará creer que exista Alguien en las alturas a quien no conocen y que los quiere mucho.
Al tratar de captar a una persona, es frecuente que, para que llegue a creer en Dios o aceptar a Jesús, primero tengamos que inspirarle fe en nosotros. Es probable que no entienda o no crea lo que le digamos acerca de Dios a menos que se lo manifestemos mediante algún acto visible y tangible con el que pongamos nuestras palabras en acción, traduzcamos nuestra fe en hechos y pasemos de la teoría a la práctica, del sermón a las obras. Es necesario mostrar el verdadero amor de Dios y manifestarlo con gestos que lo demuestren genuinamente.
D. B. B.
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¿Por qué nosotros?
¿Por qué tenemos que ser los cristianos los encargados de predicar a Jesús y anunciar la salvación? ¿Por qué no envía Dios unos ángeles para que lo hagan? Él se vale de seres humanos falibles y pecaminosos como nosotros para transmitir Su mensaje porque sabe que las personas se relacionan mejor con otras personas que con ángeles y que, siendo propensos a caer en las debilidades y fallos propios de la naturaleza humana, nos mostraremos más comprensivos, pacientes, amorosos y misericordiosos que los ángeles. ¡Da que pensar!
D. B. B.
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La diferencia es notable
Sucedió que un cristiano y un ateo caminaban por la calle hablando de Dios. El ateo, naturalmente, lo ridiculizaba, diciendo: «Si Dios existiera de verdad, habría alguna prueba de ello. Debería haber alguna diferencia entre nosotros que la gente pudiera percibir. Si es verdad que tú tienes a Dios y yo no, ese mendigo, por ejemplo, debería notarlo con solo mirarnos. Veamos a quién le pide limosna». Cuando pasaron junto al mendigo, este extendió la mano por delante del ateo —que se encontraba más cerca de él— en dirección al otro hombre y le dijo: «Usted, caballero, que tiene a Dios reflejado en el rostro, ¿no me daría una limosna?» Los demás tienen que ver a Jesús en nosotros. Es preciso que reflejemos la luz y el amor de Su Espíritu. Y para ello, tenemos que cultivar una estrecha relación con Él, amarlo constantemente y agradecerle toda Su bondad para con nosotros.
D. B. B.

1. Testificar significa hablar a los demás del amor de Dios y la salvación que Jesús nos ofrece. Un testigo es alguien que hace precisamente eso.
2. Si deseas informarte más sobre el Espíritu Santo, lee Los dones de Dios, otro libro de la colección Actívate.
3. Gálatas 5:22,23.

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