Apéndice dos: Las setenta semanas de Daniel

Según relata en el capítulo 9 de su libro, Daniel recibió del arcángel Gabriel una asombrosa profecía en la que se indicaba —entre otras cosas— el año en que sería crucificado Jesús. La forma en que está expresada hace que su cumplimiento sea aún más asombroso que si simplemente se hubiera anunciado una fecha determinada. En efecto, el cumplimiento dependía de acontecimientos que aún no se habían producido en tiempos de Daniel (c. 538 a. C.).

Setenta semanas están determinadas sobre tu pueblo y sobre tu santa ciudad, para terminar la prevaricación, y poner fin al pecado, y expiar la iniquidad, para traer la justicia perdurable, y sellar la visión y la profecía, y ungir al Santo de los santos. Sabe, pues, y entiende, que desde la salida de la orden para restaurar y edificar a Jerusalén hasta el Mesías Príncipe, habrá siete semanas, y sesenta y dos semanas; se volverá a edificar la plaza y el muro en tiempos angustiosos. Y después de las sesenta y dos semanas se quitará la vida al Mesías, mas no por sí; y el pueblo de un príncipe que ha de venir destruirá la ciudad y el santuario; y su fin será con inundación, y hasta el fin de la guerra durarán las devastaciones1.

El término «semana» es traducción de la palabra hebrea que se translitera como shavua. Además de tener la acepción de semana —período de siete días—, también significa siete o conjunto de siete elementos. En este caso, cada semana representa un período de siete años.

Al sumar las 7 semanas y las 62 semanas mencionadas en Daniel 9:25 obtenemos un total de 69 semanas. Si multiplicamos 69 por 7, vemos que equivalen a 483 años.

Teniendo eso presente, debemos considerar ahora lo que se entendía como un año en la antigüedad. Isaac Newton (1642–1727) escribió: «Antes de conocerse la duración precisa del año solar, todas las naciones medían los meses por el ciclo de la Luna, y los años por el advenimiento del invierno, el verano, el otoño y la primavera; al confeccionar los calendarios de sus fiestas, calculaban treinta días por mes lunar y doce meses lunares al año, tomando los números redondos más cercanos, de donde viene la división de la eclíptica [curso aparente del Sol durante un año] en 360 grados»2. Dicho de otro modo, el año de los antiguos duraba 360 días.

En Génesis 7:11,24 y 8:3,4 hay una confirmación bíblica de la duración que tenía lo que se llama a veces el «año profético». La Biblia refiere que desde que comenzó el Diluvio Universal en la época de Noé hasta que el arca se posó en la cima del monte Ararat transcurrieron 150 días. Se sitúa el comienzo de ese período en el decimoséptimo día del segundo mes del año, y su final en el decimoséptimo día del séptimo mes; es decir, que fue un período de exactamente 5 meses. Al dividir 150 por 5, vemos que un mes equivale a 30 días. Extrapolando eso, 12 meses de 30 días equivalen a 360 días.

En Apocalipsis 11:2,3 se hace una equivalencia entre 42 meses y 1.260 días. Cuarenta y dos meses también equivalen a tres años y medio. Si tomamos los 1.260 días y los dividimos por 3,5 obtenemos 360 días por año.

Nehemías era el copero del rey persa Artajerjes Longímano. Según lo que él mismo cuenta en el capítulo 2 del libro que lleva su nombre, fue en el vigésimo año del reinado de Artajerjes cuando se le concedió permiso a Nehemías para supervisar la reconstrucción de los muros de Jerusalén. Se ha calculado con bastante precisión la fecha en que eso ocurrió (según nuestro calendario) gracias a los registros astronómicos de la época del Imperio persa. Así pues, se ha establecido con bastante certeza que el vigésimo año del rey Artajerjes —y por ende el año en que se dio la orden de restaurar y reconstruir Jerusalén— fue el año 445 a. C. Otros decretos de Artajerjes y sus predecesores habían permitido a los judíos retornar a su patria y reconstruir el templo; pero según parece, ese fue el que los autorizó para reedificar los muros de la ciudad. Con todo —como se explica en el libro de Nehemías—, fue una misión que llevaron a cabo pese a las constantes y molestias injerencias de los reinos vecinos.

Llegó el momento de sacar cuentas. Es preciso convertir 483 años proféticos en años solares. Un año solar consta de aproximadamente 365 ¼ días. (483 por 360) dividido por 365 ¼ = 476.

Si contamos 476 años desde el 445 a. C. llegamos al año 31 d. C. La mayoría de las fuentes sitúan la crucifixión de Cristo en torno al año 30 d. C., aunque las fechas aceptadas van desde el 29 d. C. hasta el 33 d. C. Así que es realmente extraordinario que se predijera el año de la muerte del Mesías con más de 500 años de antelación.

Hay indicios de que los judíos del tiempo de Jesús esperaban que el Mesías llegara más o menos en esa época. Lucas refiere que «el pueblo estaba en expectativa, preguntándose todos en sus corazones si acaso Juan sería el Cristo»3. ¿Quizás esa profecía de Daniel era lo que generaba tales expectativas?

El cumplimiento de la primera parte de esta asombrosa profecía nos infunde fe en que lo demás también se cumplirá con la misma precisión. Como habrás observado, hay una semana restante. 70 menos 69 = 1. ¿Qué representa esa última semana y dónde hay que situarla? Huelga decir que no se cumplió siete años después de la muerte y resurrección de Jesús. Como muestra el capítulo 1 de este libro, la última semana comenzará cuando el Anticristo confirme el pacto con muchos. Será literalmente la última semana, los últimos siete años del régimen del Anticristo sobre la Tierra. Cuando concluya, sin duda se habrá cumplido todo lo predicho en Daniel 9:24.

«Setenta semanas están determinadas sobre tu pueblo y sobre tu santa ciudad, para terminar la prevaricación, y poner fin al pecado, y expiar la iniquidad, para traer la justicia perdurable, y sellar la visión y la profecía, y ungir al Santo de los santos»4. Jesús ya murió por nuestros pecados al final de la semana 69, y con eso expió nuestras faltas. Al final de la septuagésima semana se terminará la prevaricación del régimen del Anticristo en Jerusalén y en el templo, y con el establecimiento del reino de Dios en la Tierra comenzará un período de justicia perdurable. Las visiones y las profecías se cumplirán y sellarán, y Jesús será ungido como Rey.

1. Daniel 9:24–26
2. Anderson, Robert: El Príncipe que ha de venir, Editorial Portavoz, 1980.
3. Lucas 3:15
4. Daniel 9:24

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