Armagedón

Antes de entrar en los detalles de esta trascendental batalla del gran día del Dios Todopoderoso, conocida más comúnmente como la batalla de Armagedón, conviene estar en conocimiento de ciertos antecedentes.

Megido fue una antigua ciudad de Israel. Dominaba el paso de Aruna, el más importante de las montañas del norte de Israel. La ciudad misma se encuentra en el valle de Jezreel, en el extremo norte del paso. El valle desemboca en la llanura de Esdraelón. El arroyo de Cisón corre hacia el noroeste a través de Jezreel y Esdraelón y desemboca en el Mediterráneo. El río Harod también recoge agua del valle de Jezreel y se dirige hacia el este hasta confluir con el Jordán.

El paso de Aruna se encuentra en la antigua ruta comercial que unía a Egipto con Mesopotamia. De ahí que Megido se enriqueciera, producto de los tributos que imponía a la mercancía que pasaba por la ciudad. Dado que también gozaba de una situación militarmente estratégica, la zona fue escenario de muchas batallas a lo largo de la Historia. La última fue entre los ingleses y los turcos en la Primera Guerra Mundial. La antigua ciudad fue destruida y reconstruida muchas veces, aunque permanece en ruinas desde la época de Roma. Su emplazamiento se encuentra actualmente cubierto de tierra y escombros acumulados durante miles de años y tiene aspecto de montículo o tell, denominado en hebreo Har Megiddo, que significa montaña de Megido. En las traducciones de la Biblia al español aparece como Armagedón. En las lenguas antiguas megido significaba asamblea o tropa, por lo que es un nombre muy apropiado para el lugar donde el Anticristo reunirá sus tropas para la gran batalla final. Se encuentra a apenas 24 kilómetros de Haifa, el principal puerto de gran calado con que cuenta Israel, y el sitio de atraque y descarga más adecuado para naves que transporten tropas y pertrechos bélicos.

Pero ¿contra quién reunirá el Anticristo sus fuerzas? Cabe deducir que será contra el remanente de alguna alianza de naciones contra las que habrá estado combatiendo. Ya hemos visto que habrá habido alguna guerra, pero en este momento parece que el Anticristo y los países que se le oponen estarán por librar una última y decisiva batalla.

Al leer el libro de Daniel, el Apocalipsis y otros pasajes proféticos de la Biblia, da la impresión de que el Anticristo estará embrollado en múltiples guerras durante su régimen. El ataque contra Babilonia la Grande será la penúltima batalla, justo antes de la de Armagedón.

El Arrebatamiento ya se habrá producido, y se estará derramando la ira de Dios, principalmente por lo visto sobre el Anticristo y sus fuerzas, aunque afectará a toda la Tierra. Según parece, todavía quedarán a estas alturas naciones que se nieguen a someterse a él, de otro modo no tendría oponentes. Para entonces habrá resuelto acabar con ellas de una vez por todas.

Si esos pueblos y naciones combaten al Anticristo, evidentemente no le rinden culto, ni han aceptado la marca de la Bestia. Por deducción podemos dividir a la humanidad en tres grandes grupos: 1) los que eran salvos y fueron transportados al Cielo en el Arrebatamiento, 2) los seguidores del Anticristo, y 3) los que, sin estar salvados, se nieguen a aliarse con el Anticristo y su régimen y a someterse a él. Para simplificar las cosas, en este capítulo daremos a este tercer grupo —los que se opongan al Anticristo— el mote de antianticristos, o AAC, para abreviar.

La interpretación más probable de las Escrituras nos lleva a especular que la batalla de Armagedón se producirá cuando se derrame la séptima plaga de la ira de Dios, una vez que las fuerzas del Anticristo se hayan reunido en las inmediaciones de la montaña de Megido, Armagedón.

El séptimo ángel derramó su copa por el aire; y salió una gran voz del templo del cielo, del trono, diciendo: «Hecho está». Entonces hubo relámpagos y voces y truenos, y un gran temblor de tierra, un terremoto tan grande, cual no lo hubo jamás desde que los hombres han estado sobre la tierra. Y la gran ciudad fue dividida en tres partes, y las ciudades de las naciones cayeron; y la gran Babilonia vino en memoria delante de Dios, para darle el cáliz del vino del ardor de Su ira. Y toda isla huyó, y los montes no fueron hallados. Y cayó del cielo sobre los hombres un enorme granizo como del peso de un talento [aproximadamente 35 kg]; y los hombres blasfemaron contra Dios por la plaga del granizo; porque su plaga fue sobremanera grande1.

Al derramarse la séptima copa, una voz del trono exclama: «¡Hecho está!» En otras palabras, «llegó el fin». Esta es la última escena de la horrorosa destrucción de la Tierra provocada por los hombres. Es la última y terrorífica batalla antes del establecimiento del reino de Dios en la Tierra. La guerra es la actividad que los seres humanos realizan con más ardor, la que crea mayor destrucción, la máxima manifestación de la inhumanidad del hombre para con sus semejantes. En esta guerra el diablo y los seres humanos se aliarán para causar la mayor devastación que se haya conocido.

Un gran terremoto final destruirá «las ciudades de las naciones». Aunque no queda claro si se refiere a todas las ciudades del mundo, se trata de un movimiento telúrico sumamente destructivo. Isaías también tuvo una visión de esta gran devastación final coincidente con la batalla de Armagedón cuando habló del «día de la gran matanza, cuando caerán las torres»2.

La visión apocalíptica de Juan tiene su paralelo en la descripción que hizo Ezequiel de la batalla de Armagedón en los capítulos 38 y 39 del libro que lleva su nombre. Dios dijo a Ezequiel que habría un temblor tremendo cuando Él finalmente decidiera juzgar al Anticristo. Después de todas las dificultades que habrá causado a quienes se nieguen a someterse a él y de las guerras que habrá hecho contra las naciones que se le opongan, habrá llegado la hora de que Dios le ponga coto.

He hablado en Mi celo, y en el fuego de Mi ira: Que en aquel tiempo habrá gran temblor sobre la tierra de Israel; que los peces del mar, las aves del cielo, las bestias del campo y toda serpiente que se arrastra sobre la tierra, y todos los hombres que están sobre la faz de la tierra, temblarán ante Mi presencia; y se desmoronarán los montes, y los vallados caerán, y todo muro caerá a tierra3.

En ese pasaje se predice una vez más un gran terremoto, y se aclara que el epicentro será en Israel.

«Yo litigaré contra él con pestilencia y con sangre; y haré llover sobre él, sobre sus tropas y sobre los muchos pueblos que están con él, impetuosa lluvia, y piedras de granizo, fuego y azufre»4. Acabamos de leer en Apocalipsis 16 que en la séptima plaga de la ira de Dios caerán piedras de granizo de hasta 35 kilogramos. «Y seré engrandecido y santificado, y seré conocido ante los ojos de muchas naciones; y sabrán que Yo soy el Señor»5.

En Apocalipsis 19, Juan escribe: «Vi el cielo abierto; y he aquí un caballo blanco, y el que lo montaba se llamaba Fiel y Verdadero, y con justicia juzga y pelea. Sus ojos eran como llama de fuego, y había en Su cabeza muchas diademas; y tenía un nombre escrito que ninguno conocía sino Él mismo. Estaba vestido de una ropa teñida en sangre; y Su nombre es: el Verbo de Dios»6.

Hasta ese momento el Anticristo y sus fuerzas habrán estado combatiendo a los AAC, que se habrán aliado para hacerles frente. Podría especularse que, en vista del inmenso poder y recursos con que contará el Anticristo, es muy probable que lleve las de ganar. Sin embargo, un enemigo mucho más temible entra en combate y dirige una carga de la caballería celestial.

¿Quién es ese personaje que vio Juan sobre un caballo blanco? Alguien llamado Fiel y Verdadero, y también el Verbo de Dios. No puede ser otro que Jesús. el «Verbo [que] se hizo carne, y habitó entre nosotros»7.

Aquí tenemos a Jesucristo portando múltiples diademas. No es la imagen del bebé acostado en un pesebre, del salvador misericordioso. En esta ocasión viene para impartir justicia. Regresa como un gran guerrero y juez. Viene a librar una guerra como Rey de reyes y Señor de señores.

Los ejércitos celestiales, vestidos de lino finísimo, blanco y limpio, le seguían en caballos blancos. De Su boca sale una espada aguda, para herir con ella a las naciones, y Él las regirá con vara de hierro; y Él pisa el lagar del vino del furor y de la ira del Dios Todopoderoso. Y en Su vestidura y en Su muslo tiene escrito este nombre: REY DE REYES Y SEÑOR DE SEÑORES8.

«Los ejércitos celestiales [...] le seguían en caballos blancos». En los pasajes acerca del Armagedón se mencionan muchas veces los caballos. En Apocalipsis 9:16, Juan ve una enorme multitud de jinetes a caballo, y le dicen que son 200 millones. Eso en medio de un pasaje que habla de caballos muy distintos, que tienen cabeza como de león, que echan fuego por la boca y tienen colas como serpientes que pican. En este momento es un misterio qué pueden ser esos caballos y sus jinetes.

«De Su boca sale una espada aguda, para herir con ella a las naciones»9. Las atacará con Su Palabra. «[Fue] constituido el universo por la palabra de Dios»10. Si Él es capaz de crear el mundo y el universo entero simplemente con Su Palabra, ¿cuánto más capaz es de asestar un golpe a las naciones con ella?

«Él las regirá con vara de hierro; y Él pisa el lagar del vino del furor y de la ira del Dios Todopoderoso. Y en Su vestidura y en Su muslo tiene escrito este nombre: REY DE REYES Y SEÑOR DE SEÑORES»11. Esta escena culminante de los juicios de Dios, en que viene Cristo y echa a los impíos en el lagar de la ira de Dios, también aparece en el capítulo 14 del Apocalipsis:

Salió otro ángel del templo que está en el cielo, teniendo también una hoz aguda. Y salió del altar otro ángel, que tenía poder sobre el fuego, y llamó a gran voz al que tenía la hoz aguda, diciendo: «Mete tu hoz aguda, y vendimia los racimos de la tierra, porque sus uvas están maduras». Y el ángel arrojó su hoz en la tierra, y vendimió la viña de la tierra, y echó las uvas en el gran lagar de la ira de Dios. Y fue pisado el lagar fuera de la ciudad, y del lagar salió sangre hasta los frenos de los caballos, por mil seiscientos estadios12.

Al leer Apocalipsis 14, da la impresión de que la ciudad a la que se refiere el pasaje anterior es Jerusalén. Sin embargo, Megido se encuentra a unos 100 kilómetros al norte. Si va a correr sangre por los ríos después de derramarse la tercera copa de la ira —según vimos en el capítulo 10—, llegará hasta los frenos de los caballos e incluso más arriba. La horrorosa sangría que se producirá en Armagedón no hará sino agravar esa dantesca escena. Mil seiscientos estadios —proveniente del griego stádion— son unos 300 kilómetros. El freno de un caballo está más o menos a un metro y medio del suelo. Interpretando este pasaje al pie de la letra, la matanza será de unas proporciones tan espantosas que resulta casi inimaginable.

El profeta Joel también previó esta congregación de impíos en Armagedón para ser arrojados al lagar de la gran ira de Dios. En efecto profetizó:

El Señor dará Su orden delante de Su ejército; porque muy grande es Su campamento; fuerte es el que ejecuta Su orden; porque grande es el día del Señor, y muy terrible; ¿quién podrá soportarlo? Proclamad esto entre las naciones, proclamad guerra, despertad a los valientes, acérquense, vengan todos los hombres de guerra. Forjad espadas de vuestros azadones, lanzas de vuestras hoces; diga el débil: «Fuerte soy». Juntaos y venid, naciones todas de alrededor, y congregaos […]. Despiértense las naciones, y suban al valle de Josafat; porque allí me sentaré para juzgar a todas las naciones de alrededor. Echad la hoz, porque la mies está ya madura. Venid, descended, porque el lagar está lleno, rebosan las cubas; porque mucha es la maldad de ellos. Muchos pueblos en el valle de la decisión; porque cercano está el día del Señor en el valle de la decisión. El sol y la luna se oscurecerán, y las estrellas retraerán su resplandor13.

Se cree que el valle de Josafat es la profunda cañada que separa el monte de los Olivos de la ciudad vieja de Jerusalén y que hoy se conoce como el valle del Cedrón. Sin embargo, puede que no se refiera a ese lugar en particular, pues la palabra Josafat se puede interpretar como «el Señor es juez». De modo que podría entenderse que entrará en el valle de los juicios del Señor.

Con todo, hay varios versículos más que indican que esta última gran batalla culminará en Jerusalén.

He aquí, el día del Señor viene, y en medio de ti serán repartidos tus despojos. Porque Yo reuniré a todas las naciones para combatir contra Jerusalén; y la ciudad será tomada, y serán saqueadas las casas, y violadas las mujeres; y la mitad de la ciudad irá en cautiverio, mas el resto del pueblo no será cortado de la ciudad. Después saldrá el Señor y peleará con aquellas naciones, como peleó en el día de la batalla. Y se afirmarán Sus pies en aquel día sobre el monte de los Olivos, que está en frente de Jerusalén al oriente; y el monte de los Olivos se partirá por en medio, hacia el oriente y hacia el occidente, haciendo un valle muy grande; y la mitad del monte se apartará hacia el norte, y la otra mitad hacia el sur. […] Y vendrá el Señor mi Dios, y con Él todos los santos. Y acontecerá que en ese día no habrá luz clara, ni oscura. Será un día, el cual es conocido del Señor, que no será ni día ni noche; pero sucederá que al caer la tarde habrá luz. Y esta será la plaga con que herirá el Señor a todos los pueblos que pelearon contra Jerusalén: la carne de ellos se corromperá estando ellos sobre sus pies, y se consumirán en las cuencas sus ojos, y la lengua se les deshará en su boca14.

Este pasaje refiere que los pies del Señor se posarán en el monte de los Olivos durante esa gran batalla, y que el monte se partirá en dos y se formará un gran valle. ¿Será ese el valle de los juicios del que hablábamos antes? Independientemente de que lo sea o no, el otro punto importante de este pasaje es que esta batalla se libra en los alrededores de Jerusalén. Dado que el Anticristo habrá establecido su capital allí, los saqueos, las violaciones y la deportación de la mitad de la población que se mencionan en la primera parte del pasaje podrían haberse producido en el momento en que él se hizo con el control de la ciudad. Sin embargo, la «plaga» a la que se alude en la última parte bien parece ser una continuación de las muertes por radiación que empezaron con el ataque nuclear a Babilonia.

El hecho de que Jesús descienda sobre el monte de los Olivos es también el cumplimiento de una promesa que hicieron los ángeles a Sus discípulos en el momento de Su ascensión:

Habiendo dicho estas cosas, viéndolo ellos, fue alzado, y le recibió una nube que le ocultó de sus ojos. Y estando ellos con los ojos puestos en el cielo, entre tanto que Él se iba, he aquí se pusieron junto a ellos dos varones con vestiduras blancas, los cuales también les dijeron: «Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo». Entonces volvieron a Jerusalén desde el monte que se llama del Olivar, el cual está cerca de Jerusalén, camino de un día de reposo15.

Dado que Jesús mismo pisa el lagar de la ira de Dios fuera de la ciudad —de acuerdo con los capítulos 14 y 19 del Apocalipsis—, a la luz de este y de los otros versículos ya citados parece que, aunque las fuerzas del Anticristo estarán reunidas en Armagedón, la batalla del gran día del Dios Todopoderoso culminará en Jerusalén, o por lo menos se librará también allí y en sus alrededores.

«Vi a un ángel que estaba en pie en el sol, y clamó a gran voz, diciendo a todas las aves que vuelan en medio del cielo: “Venid, y congregaos a la gran cena de Dios”»16. No se refiere a la cena de las bodas del Cordero, que ya habrá acontecido. Se trata de otra cena. El ángel invita a las aves de carroña a juntarse para darse un festín con los cadáveres de la gente malvada que causó inmensa devastación y hasta intentó enfrentarse a Dios hasta el fin mismo. El ángel llama a los buitres y gallinazos y les dice: «Venid, y congregaos a la gran cena de Dios, para que comáis carnes de reyes y de capitanes, y carnes de fuertes, carnes de caballos y de sus jinetes, y carnes de todos, libres y esclavos, pequeños y grandes»17.

La descripción que hace Ezequiel de la espantosa batalla de Armagedón guarda notable similitud con la de Juan: «Di a las aves de toda especie, y a toda fiera del campo: “Juntaos, y venid; reuníos de todas partes a Mi víctima que sacrifico para vosotros, un sacrificio grande sobre los montes de Israel; y comeréis carne y beberéis sangre. Comeréis carne de fuertes, y beberéis sangre de príncipes de la tierra. Y os saciaréis sobre Mi mesa, de caballos y de jinetes fuertes y de todos los hombres de guerra”, dice el Señor»18.

Volvamos al punto del Apocalipsis donde nos habíamos quedado: «Vi a la bestia, a los reyes de la tierra y a sus ejércitos, reunidos para guerrear contra el que montaba el caballo, y contra Su ejército»19. Aquí el Anticristo hace un intento desesperado de combatir a Jesús y Sus fuerzas. «Pelearán contra el Cordero, y el Cordero los vencerá, porque Él es Señor de señores y Rey de reyes; y los que están con Él son llamados y elegidos y fieles»20.

El libro de Judas también lo describe: «He aquí, vino el Señor con Sus santas decenas de millares, para hacer juicio contra todos, y dejar convictos a todos los impíos de todas sus obras impías que han hecho impíamente, y de todas las cosas duras que los pecadores impíos han hablado contra Él»21.

El desenlace de la batalla se describe en el capítulo 19 del Apocalipsis: «La bestia fue apresada, y con ella el falso profeta que había hecho delante de ella las señales con las cuales había engañado a los que recibieron la marca de la bestia, y habían adorado su imagen. Estos dos fueron lanzados vivos dentro de un lago de fuego que arde con azufre. Y los demás fueron muertos con la espada que salía de la boca del que montaba el caballo, y todas las aves se saciaron de las carnes de ellos»22. Ese es el desgraciado final que está reservado para el Anticristo y todos sus seguidores, que habrán perseguido, encarcelado, torturado y matado al pueblo de Dios y a muchas otras personas durante su régimen de terror.

Dice que las fuerzas del Anticristo serán muertas por la espada que sale de la boca de Cristo. El profeta Isaías también predijo eso cuando escribió: «Herirá la tierra con la vara de Su boca, y con el espíritu de Sus labios matará al impío»23. En otro pasaje, Isaías también refiere: «He aquí que el Señor vendrá con fuego, y Sus carros como torbellino, para descargar Su ira con furor, y Su reprensión con llama de fuego. Porque el Señor juzgará con fuego y con Su espada a todo hombre; y los muertos del Señor serán multiplicados»24. Se hace patente que la espada de la Palabra que sale de la boca de Jesús será como fuego que devorará a Sus enemigos.

A continuación reproducimos otro pasaje, escrito por el apóstol Pablo, que hace referencia a la destrucción de los enemigos de Dios por medio del fuego:

Es justo delante de Dios pagar con tribulación a los que os atribulan, y a vosotros que sois atribulados, daros reposo con nosotros, cuando se manifieste el Señor Jesús desde el cielo con los ángeles de Su poder, en llama de fuego, para dar retribución a los que no conocieron a Dios, ni obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesucristo; los cuales sufrirán pena de eterna perdición, excluidos de la presencia del Señor y de la gloria de Su poder, cuando venga en aquel día para ser glorificado en Sus santos y ser admirado en todos los que creyeron (por cuanto nuestro testimonio ha sido creído entre vosotros)25.

La batalla de Armagedón será de proporciones inusitadas, y en ella se producirá una tremenda matanza. Sin duda será el cumplimiento del pasaje de Apocalipsis 14 que describe cómo los impíos serán arrojados al lagar de la ira de Dios. Ahora bien, ¿cuánto durará este período de ira, que incluye la batalla de Armagedón? No se sabe a ciencia cierta, pero en el apéndice 5 analizamos un pasaje interesante del libro de Daniel que da algunos indicios.

Finalizada la batalla de Armagedón, después de todo ese derramamiento de sangre, quedarán tantos cadáveres que las Escrituras refieren que solo en Israel habrá «hombres a jornal» que tardarán 7 meses en enterrarlos26.

Con todo, faltará lidiar con un último adversario, el archienemigo de todo lo bueno.

Vi a un ángel que descendía del cielo, con la llave del abismo, y una gran cadena en la mano. Y prendió al dragón, la serpiente antigua, que es el diablo y Satanás, y lo ató por mil años; y lo arrojó al abismo, y lo encerró, y puso su sello sobre él, para que no engañase más a las naciones, hasta que fuesen cumplidos mil años; y después de esto debe ser desatado por un poco de tiempo27.

El diablo quedará encerrado durante mil años. No será esa la última vez que tengamos noticias de él, pero al menos la Tierra se verá libre de su perversidad durante largo tiempo. Lo que sucederá después con él se aborda en el siguiente libro de esta colección, titulado Del fin al infinito.

Para concluir, en la gran batalla de Armagedón, Jesús, con la ayuda de quienes lo hayan amado y servido, no solo derrotará a Satanás y sus fuerzas, sino que como consecuencia de ello «los reinos del mundo [vendrán] a ser de nuestro Señor y de Su Cristo; y Él reinará por los siglos de los siglos»28. Dios se hará cargo de la conducción del mundo, pondrá cada cosa en su lugar y lo gobernará como corresponde, con la ayuda de los que creen en Él y lo siguen. ¿Estás listo?

1. Apocalipsis 16:17–21
2. Isaías 30:25
3. Ezequiel 38:19,20
4. Ezequiel 38:22
5. Ezequiel 38:23
6. Apocalipsis 19:11–13
7. Juan 1:14
8. Apocalipsis 19:14–16
9. Apocalipsis 19:15
10. Hebreos 11:3
11. Apocalipsis 19:15,16
12. Apocalipsis 14:17–20
13. Joel 2:11; 3:9–15
14. Zacarías 14:1–7,12
15. Hechos 1:9–12
16. Apocalipsis 19:17
17. Apocalipsis 19:17,18
18. Ezequiel 39:17,18,20
19. Apocalipsis 19:19
20. Apocalipsis 17:14
21. Judas 14,15
22. Apocalipsis 19:20,21
23. Isaías 11:4
24. Isaías 66:15,16
25. 2 Tesalonicenses 1:6–10
26. Ezequiel 39:12–15
27. Apocalipsis 20:1–3
28. Apocalipsis 11:15

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