La cena de las bodas del Cordero y el Tribunal de Cristo

Al dirigirte hacia las nubes para reunirte con Jesús y todos los salvos resucitados, tal vez te preguntes qué sigue. Pues bien, será hora de celebrar, y tú serás uno de los invitados de honor. Estarás cordialmente invitado a tu fiesta de bodas, la «cena de las bodas del Cordero», en la que tú —una de las esposas de Cristo y parte de Su iglesia, los elegidos, la ekklesía, los separados— finalmente celebrarás tu boda con Jesús. Cuando lo aceptaste en tu corazón pasaste a formar parte de Su esposa, y finalmente asistirás a la cena de bodas. Será la fiesta más maravillosa que haya habido hasta ese momento.

Juan la describió de la siguiente manera:

Salió del trono una voz que decía: «Alabad a nuestro Dios todos Sus siervos, y los que le teméis, así pequeños como grandes». Y oí como la voz de una gran multitud, como el estruendo de muchas aguas, y como la voz de grandes truenos, que decía: «¡Aleluya, porque el Señor nuestro Dios Todopoderoso reina! Gocémonos y alegrémonos y démosle gloria; porque han llegado las bodas del Cordero, y Su esposa se ha preparado. Y a ella se le ha concedido que se vista de lino fino, limpio y resplandeciente; porque el lino fino es las acciones justas de los santos». Y el ángel me dijo: «Escribe: “Bienaventurados los que son llamados a la cena de las bodas del Cordero”». Y me dijo: «Estas son palabras verdaderas de Dios»1.

Después de eso, la Biblia no dice nada más sobre esas celebraciones ni en qué consistirán; pero podemos tener la certeza de que si Jesús es quien organiza la fiesta, va a ser algo sensacional.

Por lo visto será también en ese momento cuando sesionará lo que las Escrituras denominan el «Tribunal de Cristo», y las personas salvadas se presentarán de una en una ante Él para recibir su recompensa. Pablo escribe: «Todos compareceremos ante el tribunal de Cristo. De manera que cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí»2. Y también: «Es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo»3.

Jesús dijo: «He aquí Yo vengo pronto, y Mi galardón conmigo, para recompensar a cada uno según sea su obra»4. «El Hijo del Hombre vendrá en la gloria de Su Padre con Sus ángeles, y entonces pagará a cada uno conforme a sus obras»5. Y también: «Sé fiel hasta la muerte, y Yo te daré la corona de la vida»6. Al final de su ministerio, poco antes de morir, el apóstol Pablo dijo: «He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no solo a mí, sino también a todos los que aman Su venida»7. Esa corona es tu recompensa.

Muchos cristianos se confunden con los versículos de la Biblia sobre las recompensas y las coronas; los aplican a la salvación, como si esta fuera algo que hay que ganarse. No es posible ganársela a pulso o merecérsela; se trata de un don de Dios8. Pero sí podemos hacer méritos para obtener recompensas y elogios del Señor, para que nos diga: «Bien, buen siervo y fiel […]; entra en el gozo de tu Señor»9. Aunque el bien que hagamos en esta vida no incide en el hecho de que lleguemos o no al Cielo, sí tiene mucho que ver con nuestras recompensas y posición una vez que lleguemos allí.

Un mensajero celestial que habló con Daniel le dijo: «Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados, unos para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión perpetua. Los entendidos resplandecerán como el resplandor del firmamento; y los que enseñan la justicia a la multitud, como las estrellas a perpetua eternidad»10. Quienes hayan sido entendidos y hayan procurado agradar a Dios viviendo como es debido y enseñando a los demás a seguir el camino recto brillarán como las estrellas; en cambio, los que no hayan hecho gran cosa por el Señor se verán bastante apagados, y algunos sentirán vergüenza y hasta confusión.

Así pues, quienes más hagan recibirán mayores recompensas, aunque también es preciso entender que «el Señor no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero el Señor mira el corazón»11. Él es consciente de nuestra capacidad y nuestros deseos, y si por algún motivo nuestras circunstancias nos impiden influir para bien en el mundo tanto como quisiéramos, Él lo tendrá en cuenta. A Jesús se lo denomina el «juez justo»; por ende, tu recompensa será justa. No obstante, es importante que nos esforcemos por ser y hacer todo lo que Dios espera de nosotros.

Pablo escribió: «Si sobre este fundamento [la salvación] alguno edificare oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, hojarasca, la obra de cada uno se hará manifiesta; porque el día la declarará, pues por el fuego será revelada; y la obra de cada uno cuál sea, el fuego la probará. Si permaneciere la obra de alguno que sobreedificó, recibirá recompensa»12. Habiendo aceptado a Jesús, si vivimos para Él y hacemos lo posible por ejemplificar Su amor por los demás, cuando comparezcamos ante Él en el Tribunal de Cristo esas obras pasarán la prueba, igual que la plata y el oro soportan el paso por el fuego. Perdurarán, y recibiremos una gloriosa recompensa. «Para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo»13.

Sin embargo, el pasaje de Corintios continúa señalando: «Si la obra de alguno se quemare, él sufrirá pérdida, si bien él mismo será salvo, aunque así como por fuego»14. Quienes hayan aceptado a Jesús y no hayan hecho nada por Él en señal de gratitud, quienes hayan vivido egoístamente y no según la regla de oro —«todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos»15—, verán que sus obras se incineran como madera, paja y hojarasca, y no recibirán una gran recompensa que digamos, o quizá ninguna. Aunque se salvarán, sufrirán una pérdida lamentable. Como mínimo, eso debería decididamente motivarnos a hacer todo lo posible por vivir como Dios espera de nosotros y cumplir lo que Él desea que hagamos en la Tierra, a fin de que podamos recibir Sus recompensas y elogios en el Cielo.

Entretanto, mientras nosotros nos gozamos en la cena de bodas y recibimos nuestras recompensas, los ángeles del Señor estarán ocupándose de asuntos que habrán quedado pendientes en la Tierra.

1. Apocalipsis 19:5–9
2. Romanos 14:10,12
3. 2 Corintios 5:10
4. Apocalipsis 22:12
5. Mateo 16:27
6. Apocalipsis 2:10
7. 2 Timoteo 4:7,8
8. Efesios 2:8,9; Tito 3:5
9. Mateo 25:21
10. Daniel 12:2,3
11. 1 Samuel 16:7
12. 1 Corintios 3:12–14
13. 1 Pedro 1:7
14. 1 Corintios 3:15
15. Mateo 7:12

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