La marca de la Bestia

El falso profeta hará que «a todos, pequeños y grandes, ricos y pobres, libres y esclavos, se les [ponga] una marca en la mano derecha, o en la frente; y que ninguno [pueda] comprar ni vender, sino el que [tenga] la marca o el nombre de la bestia, o el número de su nombre. Aquí hay sabiduría. El que tiene entendimiento, cuente el número de la bestia, pues es número de hombre. Y su número es seiscientos sesenta y seis»1.

Durante milenios, esa nueva forma de comprar y vender que describió Juan, esa manera de realizar transacciones comerciales, parecía fantasiosa. Lo que ha hecho posible la implementación de lo que Juan denominó crípticamente la marca de la Bestia son los avances tecnológicos de los últimos años.

Al leer este pasaje del Apocalipsis da la impresión de que el gobierno del Anticristo establecerá un sistema económico en el que esa marca enigmáticamente ligada al número 666 desempeñará un destacado papel. El hecho de que «ninguno [pueda] comprar ni vender» sugiere una situación de control total. La infraestructura tecnológica que permitiría imponer esa clase de uniformidad económica ya existe en los países desarrollados. De adoptarse universalmente, podría convertirse en el sistema económico predicho en este escalofriante pasaje de Juan.

En la actualidad, la mayor parte del dinero que cambia de manos en los millones de transacciones comerciales que se hacen a diario no tiene forma de moneda contante y sonante. Más que nada son números en libros contables electrónicos. En comparación con todo el dinero que circula, los billetes y monedas todavía en uso apenas constituyen la punta del iceberg. A pesar de que se sigue utilizando ampliamente debido a su funcionalidad, el papel moneda está siendo sustituido. Se ha impuesto la norma de pagar con plástico, con tarjetas de crédito, de débito y de otros tipos.

Los economistas y futurólogos predicen que a la larga toda transacción se hará electrónicamente. La comodidad de realizar todas nuestras transacciones comerciales desde la casa resulta más que atractiva. Las personas que tienen mayor dominio de las nuevas tecnologías ya lo hacen.

La tarjeta inteligente es seguramente una precursora de la marca. Posiblemente tienes una o varias en tu billetera en este mismo instante. Muchas son capaces de almacenar información variada —datos biográficos, biométricos, clínicos y financieros— y de realizar diversas funciones: identificación electrónica, codificación de datos, almacenamiento de claves de acceso. Son del tamaño de una tarjeta de crédito común, pero tienen un corazón de silicio. Dentro de cada tarjeta plástica hay un microcircuito capaz de guardar toda la información personal que pudiera ser de interés para uno mismo o para otra persona. Además contienen dinero digital para gastar. Inicialmente era preciso pasar las tarjetas inteligentes por un lector. Sin embargo, ahora hay tarjetas de proximidad que basta con acercar a un lector para realizar transacciones. Al pasar a cierta distancia del terminal, este activa la tarjeta gracias a una pequeña antena integrada en la misma, y por medio de esa misma antena se realiza la transacción.

Además, algunos países ahora ofrecen tarjetas inteligentes a las personas que cruzan frecuentemente la frontera con el fin de acelerar los trámites de inmigración. Para prevenir el uso fraudulento de una tarjeta, se vincula a su portador por medio de métodos de identificación biométrica. Sin necesidad de presentar un pasaporte, el portador de la tarjeta simplemente la inserta en una máquina con escáner que compara las huellas digitales, la retina o el iris del portador con las imágenes que están grabadas en la tarjeta. Si coinciden y no hay ningún motivo para negarle el tránsito a la persona, esta pasa por inmigración en cuestión de segundos.

Sin embargo, existe un sistema más económico y eficiente de verificar la identidad de una persona.

Para que el diminuto ordenador que se encuentra en el interior de la tarjeta quede vinculado de forma permanente al titular sin riesgo de pérdida o robo, tiene que estar fijo al cuerpo o metido en él. Lo que hasta hace pocos años era tema de película de ciencia-ficción, hoy es tecnología que existe no solamente en el laboratorio, sino en la vida real.

Hace años el académico británico Kevin Warwick se hizo implantar un chip subcutáneo que realiza toda una serie de funciones útiles para él, como abrir puertas electrónicamente, encender las luces al entrar él en una sala e iniciar su ordenador. También envía una instrucción al sistema de megafonía del edificio para que le dé una cordial bienvenida todas las mañanas al llegar al trabajo.

La implantación de microchips subcutáneos en personas comenzó en EE.UU. en 2002 por medio del VeriChip, de Applied Digital Solutions. En mayo de ese año se produjo la histórica implantación de microchips en los miembros de la familia Jacobs. A dicha familia —y a otros voluntarios— se les inyectaron bajo la piel chips con identificadores únicos. Los chips —que vienen en unas cápsulas de vidrio de más o menos 2 cm de largo— pueden leerse por medio de un escáner de mano de VeriChip. Los integrantes de la familia Jacobs sufren de diversas dolencias, y lo que los llevó a ofrecerse para ese experimento fue precisamente la posibilidad de llevar siempre consigo su historial clínico. A pesar de que la Agencia de Alimentos y Medicamentos (FDA) de EE.UU. aprobó su implantación en seres humanos, por una serie de inquietudes surgidas, como ciertos informes que relacionaron los chips con la aparición de tumores malignos en animales, en 2010 se descontinuó la fabricación y comercialización del VeriChip. Con todo, prosiguen las investigaciones sobre las implantaciones de microchips RFID subcutáneos en seres humanos.

Echemos de nuevo un vistazo a ese pasaje del Apocalipsis:

Hacía que a todos, pequeños y grandes, ricos y pobres, libres y esclavos, se les pusiese una marca en la mano derecha, o en la frente; y que ninguno pudiese comprar ni vender, sino el que tuviese la marca o el nombre de la bestia, o el número de su nombre. Aquí hay sabiduría. El que tiene entendimiento, cuente el número de la bestia, pues es número de hombre. Y su número es seiscientos sesenta y seis2.

Ya contamos con ordenadores suficientemente pequeños para ponerlos en finas láminas de plástico y que sirven para comprar y vender. Luego está el caso de los Jacobs y otros, que demuestra la funcionalidad y viabilidad de tener un microcircuito subcutáneo que resuelve el problema de los errores de identificación, además de permitir la realización de transacciones financieras, el almacenamiento de datos personales, etc. No da la impresión de que sea necesario superar una gran brecha de credibilidad para que llegue a adoptarse un sistema similar a escala universal. ¿Será eso la marca de la Bestia? Si no lo es, es tanta la similitud que probablemente tendrá alguna relación con ella.

Y ¿qué del número 666? Por el momento no se puede sino especular sobre lo que podría ser, aunque es probable que tenga que ver con la asignación de un número único a cada persona, como se hace hoy en día en muchos países con el número de la cédula de identidad o de la seguridad social. La Biblia dice crípticamente que descifrar la significación de ese número requerirá «sabiduría» y «entendimiento»; pero cuando se haga patente quedarán confirmadas las nefastas predicciones relacionadas con el mismo.

Actualmente se ve muy beneficioso abandonar el papel moneda en favor del dinero electrónico y la tecnología que viene con todo ello. Nos facilitará mucho la vida, agilizando multitud de tareas que toman bastante tiempo. No tendremos que hacer cola para pagar cuentas ni en las cajas de tiendas y supermercados. Abordar un avión u otro medio de transporte será fácil y rápido. Cruzar fronteras no representará complicación alguna. Dispondremos de un medio de identificación instantáneo cuando nos haga falta. Y además el mundo se librará de gran parte del crimen organizado, que depende del dinero en efectivo. Semejantes mejoras de nuestra calidad de vida no podrían tener un cariz siniestro. ¿O sí?

Lo único nefasto de este nuevo sistema económico es que, si bien nos facilitará mucho la vida, también permitirá un mayor control. Será comparable a las pulseras de seguimiento electrónico que deben llevar algunas personas bajo arresto domiciliario o en libertad condicional. La privacidad prácticamente dejará de existir. Cada compra que hagamos dejará rastro. Podrá identificarse cada lugar que frecuentemos. Hasta se podrá monitorear cada programa de televisión que veamos. Así es ya en varios países. El famoso Gran Hermano concebido por Orwell, ese que lo ve todo, ya es una realidad.

La Biblia dice claramente que la fuerza impulsora de esa marca no es benigna. Al contrario: se trata de la entidad más perversa y terrible que el mundo haya conocido. Durante la dictadura mundial de la Bestia, Satanás no solo actuará subrepticiamente, sino que poseerá por completo a ese dictador. La Bestia será la encarnación del diablo. Desde la creación el sueño del diablo ha sido que el hombre lo adore a él en vez de a Dios. Durante ese horrendo período final de Gran Tribulación, no se detendrá ante nada para conseguirlo.

El libro del Apocalipsis relaciona la aceptación de la marca con la aceptación del régimen del Anticristo. Si la marca consiste en un implante cibernético, bien podría llegar a controlar la mente y las acciones de su portador. En capítulos posteriores del Apocalipsis, Juan predice un destino terrible para quienes lleven esa marca y acepten al Anticristo.

Si alguno adora a la bestia y a su imagen, y recibe la marca en su frente o en su mano, él también beberá del vino de la ira de Dios, que ha sido vaciado puro en el cáliz de Su ira; y será atormentado con fuego y azufre [...]; y el humo de su tormento sube por los siglos de los siglos. Y no tienen reposo de día ni de noche los que adoran a la bestia y a su imagen, ni nadie que reciba la marca de su nombre3.

Esa condenación está ligada a dos condiciones: aceptar la marca y adorar a la Bestia. Tal vez no esté mal aceptar la marca siempre y cuando uno no rinda culto al hombre diabólico que la instituirá. En todo caso, ¿no será correr un riesgo excesivo?

Aunque la Bestia maldiga y persiga a quienes se nieguen a aceptarlo y a integrarse en su sistema, es un consuelo saber que actuará por poco tiempo y que su destino final está predeterminado. Es el rey de los perdedores. Jesucristo y quienes lo aman y lo siguen obtendrán un triunfo glorioso y eterno en la Gran Tribulación, como veremos en el capítulo que sigue.

1. Apocalipsis 13:16–18
2. Apocalipsis 13:16–18
3. Apocalipsis 14:9–11

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