Cómo obtener fuerzas para criar a los hijos

¿Sabes conectarte a la energía y el entendimiento que Dios pone a tu servicio? Si das los siguientes pasos, tienes el éxito asegurado. En caso de que ya hayas dado algunos, concéntrate en los que te faltan, o en los aspectos en que a tu juicio aún puedes mejorar.

Primer paso: Conectarse con quien tiene todas las soluciones

Hay veces en que nuestros recursos humanos difícilmente nos permiten satisfacer nuestras propias necesidades y resolver nuestros problemas, cuanto menos los ajenos. Sin embargo, servir a los demás es la realidad cotidiana de quienes tienen hijos. Los padres están de guardia día y noche. Sus hijos los necesitan para casi todo: acuden a ellos en busca de ayuda, cariño, comprensión, protección, cuidados y consuelo. Los padres son su sostén. Sin embargo, a éstos no suele llevarles mucho tiempo darse cuenta de que también ellos necesitan poder acudir a Alguien que provea para ellos y los consuele, Alguien cuya asistencia puedan procurar en cualquier momento y lugar, cualesquiera que sean las circunstancias. Por eso, si aún no has aceptado a Jesús como consultor, te invitamos a hacerlo ahora.

Dios envió a Su Hijo al mundo para que pudiéramos contar en todo momento con Su ayuda. Cuando le abrimos nuestra vida a Jesús, nos conectamos con Dios y con Su poder y accedemos a la Fuente de toda vida, luz y fuerza sobrenatural. Y no sólo por un tiempo: Él promete que dispondremos de Su vida, Su luz y Su poder eternamente en el Cielo.

Jesús dijo: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie viene al Padre sino por Mí» (Juan 14:6). De haber venido Jesús a la Tierra en esta era de la informática, tal vez habría dicho: «Se accede a Dios a través de Mí. Soy el proveedor de acceso. Soy la interfaz con Dios. Soy la única conexión que hay entre Dios y los hombres».

«Hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre, el cual se dio a sí mismo en rescate por todos» (1 Timoteo 2:5,6).
«De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a Su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna» (Juan 3:16).
«A todos los que le recibieron, a los que creen en Su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios» (Juan 1:12).
«[A Mis ovejas] Yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de Mi mano» (Juan 10:28).

Lo único que tú y tus seres queridos tienen que hacer para aceptar a Jesús y conectarse para siempre con el amor, la luz y el poder de Dios es pedirle ayuda con una sencilla oración: «Jesús, creo en Ti. Te ruego que entres en mi vida, que me perdones todo el mal que he hecho y que me concedas el amor, el poder y la vida eterna que prometiste a cuantos clamaran a Ti. Amén».

El pozo secreto

Un breve relato de la Biblia ilustra muy bien el magnífico poder que tiene Jesús para transformar en el acto la vida de una persona, cualquiera que sea su situación. En uno u otro momento todos nos sentimos débiles, vacíos, resecos, endurecidos y quebradizos por dentro. Anhelamos un sorbo de las refrescantes aguas de vida, que nos proporcionan esperanza, alegría y paz interior.

Hace unos dos mil años, en Palestina, una mujer fue un día tranquilamente a un pozo comunal a buscar agua. Se trataba de un pozo muy famoso, llamado pozo de Jacob en honor del patriarca que lo había cavado. La mujer era samaritana, de la ciudad de Sicar. Según parece, su vida hasta aquel momento había sido un fracaso. Se había casado cinco veces. Todos los del pueblo la conocían y tenían una opinión formada acerca de ella. Para soportar los chismes y evitarse más sinsabores, tenía una fachada de mujer fuerte. Le interesaba lo relacionado con Dios y los temas de índole espiritual, pero era bastante escéptica y estaba confundida por todo lo que había oído.

En el pozo, aquella atribulada mujer se encontró con un extraño. Le sorprendió que Él le hablara directamente, pues era judío, y las costumbres judías no le permitían a uno tener trato con los samaritanos. El hombre le pidió que le sacara agua del pozo. Ella se disponía a hacerlo, pero como era una persona resuelta, le pidió una explicación. ¿Cómo era que hacía caso omiso de las normas sociales y le dirigía la palabra?

El hombre le dijo que si supiera quien le pedía aquel gesto de bondad, sería ella la que le pediría agua a Él. Era evidente que Él no tenía con qué extraer agua. ¿Cómo podía darle agua a ella? ¿Estaría bromeando? ¿Se proponía conquistarla? Decidió hacerle más preguntas. Enseguida averiguó que el hombre con quien hablaba era Jesús, el Mesías prometido, enviado por Dios para salvar al mundo. El agua que Él le ofrecía no era agua de este mundo, sino el agua viva, refrescante e inspiradora del Espíritu de Dios.

La mujer, viendo que Jesús conocía su pasado, le dijo:

—Señor, me parece que Tú eres profeta. Nuestros padres adoraron en este monte, y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar.

Jesús le respondió:

—Mujer, créeme, que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. [...] La hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren (Juan 4:19-24).

¿Están todos los niños dentro?
A veces pienso, al caer la noche,
en la vieja casona de la colina
con un gran jardín cubierto de flores
que los niños llenaban de alegría.
Cuando finalmente era noche cerrada
y se aquietaban los bulliciosos juegos,
preguntaba mamá con voz calmada:
«¿Están todos los niños dentro?»
Muchos años han pasado desde entonces.
La casona del cerro de que hablo
no resuena con las risas infantiles,
y callado está el jardín, muy callado.
Pero al crecer las sombras, lo revivo,
aunque haya transcurrido tanto tiempo,
y vuelve a resonar en mis oídos:
«¿Están todos los niños dentro?»
Me pongo a pensar si al caer las sombras
sobre nuestro último día terrenal,
cuando nos despidamos de este viejo mundo
cansados como niños de jugar,
cuando en el más allá pongamos pie,
donde mi madre lleva tanto tiempo,
le oiremos preguntar tal como ayer:
«¿Están todos los niños dentro?»
Y ¿qué es lo que nos dirá el Señor
a nosotros, Sus hijos mayores?
¿Hemos llevado a los corderos al redil?
¿Hemos cumplido con nuestras labores?
¿Qué respuesta daremos cuando pregunte:
«¿A Mi voz estuvieron atentos?
¿Les dieron a conocer Mi amor?
¿Llevaron a Mis hijos adentro?»
Florence Jones Hadley

No sabemos si aquella mujer tenía hijos, ni cuántos tenía, ni qué clase de madre era. Pero sí sabemos que aquellos minutos que pasó con Jesús junto al pozo la transformaron. De un momento a otro sintió muy cercana la presencia de Dios. Lo descubrió como Persona. Sintió profundamente Su amor, y se le hizo muy fácil establecer contacto con Él. Era tan sencillo como abrirle el corazón a Jesús. Ese día aquella mujer no solo se conectó a la fuente de energía divina, sino que enseguida decidió conectar a todos los habitantes de la ciudad. Puede que éstos inicialmente pensaran que estaba un poco chalada; pero la escucharon, y luego que fueron a escuchar a Jesús, terminaron creyendo también (Juan 4:28-30, 39-42).

Dios está deseoso de iniciar ahora mismo una nueva relación contigo. Te acepta tal como eres. Y mañana seguirá estando a tu lado para llevarte aún más lejos. Tal es el milagro de Su amor. A Él le encanta renovarlo todo, incluidas las personas. Te invitamos a compartir con tu familia, si aún no lo has hecho, este pequeño relato y la oración para recibir a Jesús. Que beban del agua viva de la Fuente de vida eterna —Jesús—, a fin de que lo tengan como un Amigo muy fiel y cercano.

Segundo paso: Llenarse del Espíritu Santo

Criar hijos requiere mucho tino, paciencia, perspicacia y entereza. Al partir de la Tierra rumbo al Cielo, Jesús, sabiendo que la conducción de Su movimiento exigiría también gran valor y poder espiritual, prometió a Sus discípulos enviarles un Consolador, el Espíritu Santo, que los ayudaría a llevar a cabo su labor. «Juan [...] bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días [y] recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo» (Hechos 1:5,8). Jesús cumplió Su palabra. Poco después de Su ascensión, cientos de creyentes recibieron una tremenda infusión del Espíritu Santo.

¿Por qué necesitamos el Espíritu Santo para criar a nuestros hijos? Porque Su poder y Su presencia en nuestra vida constituye un formidable don espiritual de Dios. El Espíritu Santo nos ayuda a ser mejores padres porque nos confiere fortaleza espiritual y nos da una mayor medida de la sabiduría y el discernimiento de Dios.

Salomón se hizo sabio por el Espíritu de Dios. La extraordinaria fuerza de Sansón provenía del Espíritu Santo. La Biblia cuenta que el Faraón de Egipto puso a José sobre toda la nación a causa de la sabiduría que el Espíritu de Dios le daba (Génesis 41:38). Y Jesús prometió a Sus discípulos que el Espíritu Santo les enseñaría y recordaría todo (Juan 14:26).

Para llenarse uno del Espíritu Santo, lo único que tiene que hacer es pedirlo (Lucas 11:9-13). Simplemente haz una breve oración como la siguiente: «Jesús, sé que necesito una mayor medida de Tu amor y Tu poder. Por eso te pido que me llenes de Tu Espíritu Santo ahora mismo. Ayúdame a amar a los demás, a cultivar Mi relación contigo, a entender mejor Tu Palabra y a ponerla en práctica. Ruego que Tu Espíritu me conceda amor, fuerzas y sabiduría».

(Los dones de Dios, tales como la salvación y el Espíritu Santo, constituyen un tema bien extenso. Hay mucho que aprender sobre su importancia en nuestra vida. En el librito Los dones de Dios, de la colección Actívate, también de Aurora Production, encontrarás una explicación más cabal.)

Tercer paso: Estudiar la Palabra de Dios

La Biblia es un estupendo manual para padres. Prueba de ellos son los versículos sobre la crianza y formación de los hijos que hallarás al final del presente libro. Por otra parte, responde a muchos de los interrogantes fundamentales que nos planteamos en la vida, interrogantes que todos los padres deben ser capaces de responder prácticamente desde el momento en que sus hijos comienzan a hablar: ¿De dónde venimos? ¿Cómo hemos llegado aquí? ¿Quién es Dios? ¿Por qué morimos? ¿Qué hay después de la muerte? ¿Alguna vez veré a Dios? ¿Cómo son los ángeles? Y muchos más.

La Palabra de Dios, además de tener respuestas satisfactorias para muchas cuestiones trascendentales sobre nuestra existencia, es uno de los medios que Él ha dispuesto para enseñarnos a discernir entre el bien y el mal —tanto en nuestra propia vida como en la de nuestros hijos— e infundirnos valor para seguir el camino del bien, por difícil que sea.

Asimismo, leyendo y creyendo la Escritura cobramos fe y fuerzas para superar las situaciones difíciles con que todos los padres se enfrentan en uno u otro momento. «La fe viene por el oír [...] la Palabra de Dios» (Romanos 10:17).

Podemos concluir que la lectura de la Palabra de Dios es esencial para crecer en la fe y profundizar en el conocimiento de Dios. Si lees, estudias y memorizas Su Palabra, si meditas en ella y sigues sus consejos, tu vida se transformará. Enseña también a tus hijos a hacer lo mismo, y adquirirán una firme base de amor y de fe que les permitirá capear los temporales en los que sin duda se verán envueltos cuando sean mayores.

En este mundo de cambios vertiginosos y amistades a veces efímeras, los niños necesitan y agradecen el efecto estabilizador de escuchar algo tan constante como la Palabra de Dios. Tanto tú como ellos hallarán solaz leyendo pasajes en que Dios mismo les promete que pueden creer con toda confianza lo que Él les diga; que aunque falle todo lo demás, Su Palabra no puede fallar ni fallará; que Él no dejará de velar por ustedes. «El cielo y la tierra pasarán, pero Mis Palabras no pasarán» (Lucas 21:33). Gracias a la asistencia y orientación que Dios provee por medio de Su Palabra, los niños adquieren la seguridad de que están unidos con un fuerte vínculo a Alguien que puede ayudarlos a atravesar exitosamente el laberinto de la vida.

La Palabra de Dios contiene multitud de promesas muy alentadoras a las que pueden aferrarse los padres. Es como un contrato, como un convenio con nosotros que Él ha suscrito. Por eso, te conviene leer lo que dice. Al fin y al cabo, Él es el único que sabe todo lo que hay que saber de cualquier tema, y especialmente sobre la crianza de los preciados niños que nos ha dado.

Dios promete que si procuras ahondar en Su verdad bebiendo Su Palabra, te convertirás en un árbol fructífero plantado junto a una corriente inagotable de agua fresca y cristalina (Salmo 1:2,3). El absorber el agua viva de Su Palabra te ayudará a dar buen fruto en los niños que formas. «El fruto del justo es árbol de vida» (Proverbios 11:30). Cuando leas la Palabra de Dios, pídele que te ilumine. Cuando la estudies, ruégale que te hable al corazón y te indique cómo llevarla a la práctica en tu caso y cómo aplicarla a la formación de tus hijos.

«La exposición de Tus Palabras alumbra; hace entender a los simples» (Salmo 119:130).
«[Los mandamientos de Dios] te guiarán cuando andes; cuando duermas te guardarán; hablarán contigo cuando despiertes» (Proverbios 6:22).

Cuarto paso: Hablar con Dios

«El amor, la humildad y la oración resuelven cualquier problema».
David Brandt Berg

Seamos sinceros: Como padres, todos fallamos a veces. Cometemos errores; nos exasperamos, nos alteramos y enfadamos; tenemos poca paciencia. Le sucede a todo el mundo. Pero cuando nos damos cuenta de que no somos capaces de manejar determinada situación, la solución está en hacer una pausa y orar, pedirle ayuda a Dios humildemente.

Cultiva el hábito de hacer un alto —o varios— cada día para comunicarte con Dios, aunque sólo sea unos instantes. Pon el mundo en pausa y detente a orar antes de que las cosas se compliquen o se salgan de cauce. Cuando sientas que la presión te agobia, serénate y cuéntale a Él tus dificultades. A nosotros nos encanta responder las preguntas de nuestros hijos y ayudarlos a resolver sus contratiempos. Lo mismo siente Dios con respecto a nosotros.

No intentes resolver los problemas tú solo. Haz una pausa para recibir las soluciones que Dios te quiere presentar. No te empeñes en seguir adelante hasta que llegas a un punto en que explotas, en que irreflexivamente dices o haces algo de lo que después te vas a arrepentir. Tómate unos momentos de quietud para reabastecerte de amor, paz, fuerzas y confianza en el reservorio que Dios nos abre cuando nos acercamos a Él. En esos instantes de tranquilidad, el hecho de leer unos cuantos versículos de las Escrituras o algún otro texto inspirativo muchas veces logra serenarte y levantarte el ánimo.

De ser posible, pide a tu cónyuge, a una amiga o a un hijo mayor que vigile a los pequeños unos momentos —o un rato más largo si es viable— mientras tú te recargas. No obstante, si no hay nadie que pueda ayudarte, haz igual una pausa para elevar una breve plegaria y pedirle ayuda a Dios. Él puede darte en el acto las fuerzas y el acierto que necesitas para manejar adecuadamente la situación.

No olvides que tus hijos también necesitan la paz, la fortaleza interior y la seguridad que brinda la oración. Enséñales ese hábito rezando con ellos. La mañana, la hora de comer y la hora de acostarse son momentos idóneos para que los niños participen de las bendiciones de rezar juntos. Además, es muy posible que eso tenga un efecto unificador en la familia.

Quinto paso: Escuchar a Dios

La radio y la televisión son inventos asombrosos. En el aire que nos rodea hay continuamente ondas invisibles que transmiten miles de imágenes y sonidos, los cuales solo se pueden ver y oír empleando aparatos que captan esas señales y las traducen para nosotros. Por asombrosos que sean tales inventos, se quedan cortos ante la capacidad del ser humano para trascender el entorno físico y comunicarse con los mundos del espíritu donde mora nuestro Creador. Nuestro espíritu es capaz de percibir lo invisible, lo que nuestros sentidos naturales no pueden detectar.

La mayoría de los niños son particularmente sensibles a lo espiritual. Ven ángeles, hablan con Dios y en sus sueños son transportados bien lejos de este mundo. Tienen una fe inocente y sencilla en el más allá. No es de sorprenderse que Jesús dijera que tenemos que volvernos más como niños para entrar en Su reino.

También nosotros, aunque a veces nos resulte un poco más difícil, podemos aprender a prestarle oído a Dios para escuchar las soluciones que necesitamos y lo que quiera decirnos sobre el cuidado de nuestros hijos, o para el caso, sobre cualquier asunto en que nos haga falta ayuda.

Afortunadamente, Dios no espera que nos enfrentemos por nuestra cuenta a la tarea de criar a los hijos en este mundo y que resolvamos solitos todos los retos y dificultades que se presenten. Es algo muy complicado, que está por encima de nuestra capacidad. Nuestra propia sabiduría, nuestras fuerzas y nuestro entendimiento no bastan. Pero Dios sí está a la altura de las circunstancias, y quiere decirnos exactamente qué tenemos que hacer. Sólo hay que escucharle. Aprender a prestar oído a Dios es un poco como lo que hacemos cuando estamos en un recinto atestado de gente o en un restaurante repleto en el que todo el mundo habla y no logramos oír lo que nos dice un amigo. Al caer en la cuenta de que nos está hablando, le prestamos toda nuestra atención y nos concentramos en él.

La cafetería de la vida se pone a veces muy confusa y ruidosa, y uno tiene la tentación de pensar: «¡Ojalá Dios me hablara y me dijera qué hacer!» ¡Pero el caso es que Dios está delante nuestro procurando captar nuestra atención y hablarnos! Su Espíritu se mueve en todo momento en nuestro interior, con la intención de guiarnos, de indicarnos las mejores opciones, de hacernos entender el camino que debemos tomar. Una vez que nos damos cuenta de eso, se nos hace mucho más fácil parar todo lo demás, hacer abstracción de lo que nos rodea y volver nuestro corazón hacia Él. Si hacemos silencio y le pedimos que nos hable y nos dé soluciones y pautas, Él nos responde. Entonces oímos Su voz con nuestro oído espiritual, Sus instrucciones, o tal vez palabras de ánimo y consuelo que nos susurra a fin de infundirnos fuerzas y fe para seguir adelante.

Si siempre estamos a las corridas, inquietos e impacientes, no lograremos concentrar en el Señor toda nuestra atención —los ojos, los oídos, la mente y el corazón—, de modo que nos indique las soluciones a nuestros problemas, las respuestas a nuestros interrogantes, la decisión más acertada en cada situación.
«En quietud y en confianza será vuestra fortaleza» (Isaías 30:15). En algún momento, en algún sitio, de algún modo vas a tener que tomarte un rato a solas con Dios para escucharlo en silencio. Para la mayoría de las personas la oración es un monólogo: ellas son las únicas que hablan. Sin embargo, cuando oramos debemos no sólo hablar, sino también dejar que Dios nos hable.
Hay que escuchar a Dios todos los días. No es preciso que oigas una voz sonora y audible. Bien puede ser ese «silbo apacible y delicado» (1 Reyes 19:12) que sentimos interiormente; a veces ni siquiera son palabras, sólo una impresión. Dios no tiene por qué comunicarse con palabras; puede transmitirnos una sensación, una imagen o una idea.
El Espíritu de Dios es como una emisora que transmite a toda hora. Solo hay que aprender a sintonizarla. Si tienes un canal abierto y te sintonizas, el Señor te llenará la mente, el corazón, los oídos y los ojos. Solo hay que tener fe. Si tienes fe, Jesús habla en todo momento, en cualquier lugar, siempre que ejercites tu fe. De modo que cuando le pidas una respuesta, cuenta con recibirla y toma lo primero que te venga. Si realmente crees y consultas al Señor, y tienes ganas de ver u oír Su respuesta, Él no te decepcionará. Lo que veas u oigas con los ojos u oídos de tu espíritu provendrá del Señor, y te reconfortará enormemente. ¡Cuenta con que Dios te responderá! Simplemente abre tu corazón y deja entrar la luz.
David Brandt Berg

Al igual que un leve movimiento del timón de una enorme nave es capaz de alterar su rumbo y conducirla a un destino totalmente dintinto, un pequeño cambio —sobre todo si está inspirado por Dios— puede encaminar tu vida y la de tus hijos por una senda totalmente nueva, de mayor felicidad. Se dice que una persona es sabia cuando sigue los consejos prudentes y obra con acierto en el momento indicado (Proverbios 12:15; 23:19; Eclesiastés 8:5). Si escuchas a Dios tendrás más sabiduría para cuidar a tus hijos.

La voz conductora de Dios puede adoptar múltiples formas. Puede hablarnos mientras leemos Su Palabra, mostrándonos por medio de ella el camino que debemos tomar. A veces nos habla en susurros mientras oramos en silencio, cuando estamos comulgando con Su Espíritu, alabándolo o invocando Su ayuda. En ocasiones nos habla mediante sueños y visiones. En otros casos Su voz toma la forma de un buen consejo de un amigo. También puede ser que percibamos en nuestro corazón o en nuestra mente Sus consejos o Su consuelo.

A algunos les parece increíble que Dios esté tan deseoso de comunicarse directamente con cada uno de nosotros. No obstante, por todas partes hay personas que están descubriendo que Dios les habla y les dice cosas muy concretas, les da instrucciones o palabras de aliento, les recuerda versículos que han leído en las Escrituras, o se comunica con ellas de otras maneras, por ejemplo por medio de fuertes intuiciones o corazonadas. Así les indica clara y sencillamente qué deben hacer. Si recurrimos a Dios e invocamos Su ayuda y orientación para desempeñar bien nuestro papel de padres y educadores, Él nos dará lo que le pedimos. Él prometió: «Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis» (Mateo 7:7).

«Reconócelo en todos tus caminos, y Él enderezará tus veredas» (Proverbios 3:6).
«Cuando venga el Espíritu de verdad [el Espíritu Santo], Él os guiará a toda la verdad» (Juan 16:13).
«Tus oídos oirán a tus espaldas palabra que diga: “Este es el camino, andad por él; y no echéis a la mano derecha, ni tampoco torzáis a la mano izquierda”» (Isaías 30:21).

Sexto paso: Dar siempre gracias a Dios por todo

¡Qué felices nos hace que nuestros hijos nos expresen su agradecimiento por medio de una nota, un ramillete de flores, un intento de traernos el desayuno a la cama, un beso espontáneo en la mejilla o algo por el estilo! En la misma medida le complace a Dios que le expresemos nuestra gratitud y aprecio, y además con ello damos muy buen ejemplo a nuestros hijos. Al manifestarle a Dios nuestra gratitud, nuestro propio espíritu se inspira y revitaliza, aparte que ayuda a nuestros hijos a apreciar más a Dios y a los demás.

La Biblia dice: «El gozo del Señor es vuestra fuerza» (Nehemías 8:10), y también: «Tú, Señor, eres [...] el que levanta mi cabeza» (Salmo 3:3). Hay ocasiones en que los padres necesitamos muchas fuerzas adicionales, o alguien que venga y nos «levante la cabeza» —o la moral—, sobre todo si uno de nuestros hijos no anda muy bien. En esos momentos se necesita mucha fe para confiar en Dios a pesar de las circunstancias. Hay que tener mucha fe para creer que «a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien» (Romanos 8:28), que todo sigue en Sus manos, que Él nos ama y nunca nos abandonará, y atravesar las pruebas difíciles sin perder el optimismo. Y la fe se expresa agradeciéndole a Dios todas las cosas, aun lo que aparenta ser una contrariedad, sabiendo que Él lo permite por alguna razón.

A la larga verás que si no dejas de alabar a Dios y darle gracias, superarás tu abatimiento y pesadumbre.

«Entrad por Sus puertas con acción de gracias, por Sus atrios con alabanza; alabadle, bendecid Su nombre» (Salmo 100:4).

Séptimo paso: Vivir en el amor de Dios

La descripción de Dios más breve y sencilla de toda la Biblia se encuentra en la primera epístola de Juan, capítulo 4, versículo 8: «Dios es amor». Dios es amor, y por deducción, todo amor verdadero refleja a Dios. Como padres, sabemos que nuestro amor humano en muchos casos se queda corto. A veces nos ponemos impacientes, perdemos los estribos y decimos a nuestro cónyuge o a nuestros hijos palabras que luego desearíamos poder borrar. Eso hace que nos sintamos fatal. Sabemos que no somos perfectos y que no tenemos perfecto amor. Por otra parte, no hay motivo para que vivamos limitados por el poco amor que tenemos. A Dios le encanta dispensarnos Su amor, que es mucho más rico y profundo y es capaz de dar un vuelco positivo hasta a una mala situación.

La próxima vez que se te acabe el amor y estés a punto de explotar, actúa con decisión: desconéctate del enfado y el disgusto. Contén por un momento tus emociones y tu ira, retírate de la situación y dirige la mirada hacia arriba. Respira hondo y pídele a Dios amor y comprensión. Él puede darte paz en medio de lo que parece una tempestad.

Al igual que todas las demás maravillas que Dios nos ofrece, Su amor es gratuito, y está a nuestra disposición en todo momento y lugar. Sólo tenemos que hacer una pausa y pedírselo. Se trata de una fuerza poderosa y creativa que todo lo envuelve y que es capaz de transformar en un momento nuestra vida, nuestras opiniones, nuestra actitud ante algo. El apóstol Pablo enumeró algunas de las cualidades de ese amor en el capítulo 13 de la primera epístola a los Corintios: Es sufrido (paciente cuando toca aguantar) y a pesar de todo no deja de ser benigno (apacible); no es envidioso ni presuntuoso; no es grosero, ni egoísta; no se irrita, no guarda rencor, ni disfruta haciendo maldades. Esa clase de amor es capaz de creer, esperar y soportar más porque es fruto de la fe y la confianza en Dios y proviene de Su Espíritu de amor. En resumidas cuentas, es un amor que «no deja de ser». Ese es precisamente el amor que necesitan los padres.

Gran parte del mensaje de Jesús consiste en que debemos dejar que el amor de Dios obre en nuestra vida, aprender a amar a Dios con todo nuestro corazón, y a nuestros hijos y a nuestro prójimo como a nosotros mismos. El apóstol Juan describe con los siguientes términos ese amor divino y perfecto:

«Nosotros hemos conocido y creído el amor que Dios tiene para con nosotros. Dios es amor; y el que permanece en amor, permanece en Dios, y Dios en él. Nosotros le amamos a Él, porque Él nos amó primero. Si alguno dice: “Yo amo a Dios”, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto? Y nosotros tenemos este mandamiento de Él: El que ama a Dios, ame también a su hermano» (1 Juan 4:16, 19-21).
*
Cierto año, la plantación de trigo de un agricultor produjo muchísimo. Pero unos días antes de la cosecha, hubo una terrible granizada y ventisca. Toda la mies se echó a perder.
Después de la tormenta, el hombre salió con su hijito para ver cómo estaba su campo. El pequeño observó lo que había sido un hermoso trigal y luego, con los ojos llenos de lágrimas, se volteó para mirar a su padre, esperando oír palabras de desesperación. Pero el padre no hizo otra cosa que ponerse a cantar suavemente un viejo himno que hablaba de buscar consuelo en Dios.
Años después, el hijo relató el incidente y terminó diciendo:
—Fue el mejor sermón de mi vida.
El agricultor perdió una valiosa cosecha, pero ¿quién sabe si ese episodio tuvo una influencia decisiva en el muchacho? Fue testigo de la fe de su padre manifestada en la práctica.
Anónimo
*
Todo agricultor labra la tierra
y planta las semillas con cuidado,
da gracias al Señor que se las riega
y observa satisfecho sus sembrados.
Mas no se sienta a leer todo el día
dejando las mieses sin cultivo.
Abandonadas, no prosperarían.
¿Acaso es distinto con un niño?
Edgar A. Guest
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