Cuando los padres no lo saben todo

Los padres somos plenamente conscientes de que no lo sabemos todo, pero nuestros pequeños nos miran con ojos llenos de esperanza y expectativas. Creen en nosotros. También puede que nuestros amigos, nuestros compañeros de trabajo y los profesores de nuestros hijos nos consideren buenos padres. Pero en nuestro fuero interno —y por mucho que nos disguste, a veces también en público, en presencia de otras personas— nuestras debilidades se hacen patentes, en muchos casos gracias a la inoportuna asistencia de nuestros hijos, cuando en el momento menos pensado hacen o dicen algo indebido. De golpe, nuestra imagen de padres perfectos se ve mancillada delante de todos. Pero es que no podemos saber qué hacer con nuestros hijos en todas y cada una de las situaciones que se presentan. Si bien nos gustaría dar la impresión de que nunca cometemos un error, pretender preservar esa imagen es bien incómodo, y de hecho imposible.

La clave no consiste en tratar de ser más listo o mejor que los demás, sino en ver nuestras imperfecciones y falencias como ventajas y sacarles partido. Echemos un vistazo a algunos de los beneficios de tales debilidades. En primer lugar, cuando uno se sabe débil e incapaz, está más presto a pedir y aceptar la asistencia divina. El rey David atestiguó: «Este pobre clamó, y le oyó el Señor, y lo libró de todas sus angustias» (Salmo 34:6). El apóstol Pablo exclamó en uno de sus escritos: «¡Miserable de mí! ¿quién me librará [de mis debilidades]? Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro» (Romanos 7:24,25). Y afirmó: «No que seamos competentes por nosotros mismos para pensar algo como de nosotros mismos, sino que nuestra competencia proviene de Dios» (2 Corintios 3:5). Cuando somos débiles, Él se hace fuerte en nosotros y por nosotros (2 Corintios 12:9). El hecho de recurrir a Dios nos proporciona unas fuerzas y una sabiduría que no podríamos alcanzar por nuestra cuenta, y por lo tanto nos da mayores posibilidades de coronar con éxito la azarosa aventura de tener hijos.

En segundo término, nuestras debilidades nos mantienen humildes. Siendo humildes, juzgamos menos a los demás y somos más amorosos y compasivos con nuestros hijos. Normalmente también somos más propensos a escuchar las recomendaciones de amigos y familiares que a veces distinguen mejor que nosotros el bosque al estar más distanciados de los árboles. «Bienaventurados los pobres en espíritu [los humildes], porque de ellos es el reino de los Cielos» (Mateo 5:3).

Por último, cuando uno se sabe débil, se le hace más fácil complacer a Dios que cuando es fuerte y orgulloso y se cree autosuficiente. Las personas débiles y humildes saben que les hace falta ayuda. Tienen necesidad de Dios, por lo que le piden a Él las soluciones. Y Él promete cuidarlas más que bien.

«Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás Tú, oh Dios» (Salmo 51:17). «Cercano está el Señor a los quebrantados de corazón; y salva a los contritos de espíritu» (Salmo 34:18). «Bendito el [...] que confía en el Señor, y cuya confianza es el Señor. Porque será como el árbol plantado junto a las aguas, que junto a la corriente echará sus raíces, y no verá cuando viene el calor, sino que su hoja estará verde; y en el año de sequía no se fatigará, ni dejará de dar fruto» (Jeremías 17:7,8).

Al dejarles ver a tus hijos que eres débil y falible y que necesitas la ayuda de Dios, en realidad les estás dando un magnífico ejemplo, y además eso puede conducir a una relación más estrecha con ellos. Cuando los padres son orgullosos, avasalladores, impacientes y fácilmente irritables, los niños suelen atrincherarse y oponer resistencia, como en la fábula de Esopo acerca de la contienda del cierzo y el sol:

Una vez el Viento y el Sol tuvieron una conversación. El primero, bullicioso y discutidor, declaraba que era el más fuerte de los dos. Presintiendo que el encuentro podía desembocar en una amarga reyerta, el Sol hizo gala de su sabiduría y benignidad y trató de dejar pasar el asunto. Sin embargo, empecinado, el Viento insistía:
—Te demostraré mis fuerzas —exclamó rugiente—. ¿Ves a ese hombre que viene por allí? Te apuesto lo que quieras a que yo conseguiré antes que tú que se despoje de su abrigo.
El Sol suspiró y se escondió tras una nube, mientras el Viento soplaba hasta casi desatar un huracán. Pero cuanto más fuerte soplaba, más se aferraba el hombre a su abrigo para que no se le volara. Por fin el Viento se dio por vencido y amainó.
Salió entonces el Sol de su escondite y sonrió cálidamente al hombre. Este al rato se secó el sudor de la frente y se quitó el abrigo.
Así el Sol demostró al Viento que la amabilidad y la calidez son más convincentes que la furia y la fuerza.

Si nos empeñamos en obligar a nuestros hijos a hacer lo que nosotros queremos, es probable que se aferren a su postura de resistencia. En cambio, si manifestamos la calidez del amor, la humildad y la sinceridad, su renuencia a colaborar se tornará en buena disposición y docilidad. Con un poquito de tiempo, de paciencia y de cariño, cede hasta el más duro.

En vista de las ventajas de tener una actitud humilde, no dejes que unas cuantas debilidades te frenen o te lleven a tener una mala imagen de ti. A pesar de todas tus debilidades humanas y tu impotencia, puedes ser un buen padre o una buena madre. Una lágrima de humildad, la aceptación de tus debilidades y el sincero reconocimiento de tu dependencia de Dios pueden tener un efecto más profundo en tus hijos que todos los premios de pedagogía del mundo.

Los niños también se sienten intimidados por la vida. Cuando se van haciendo mayorcitos les suceden muchas cosas que sus padres no ven o desconocen. Suelen enfrentarse a temores y batallas que para ellos son cuestiones de vida o muerte. Les viene bien darse cuenta de que tu caso no es muy diferente, y más que nada les hace falta verte acudir al Señor para que te ayude a superar tus debilidades y problemas.

Procura ayudar a tus hijos a explicarte las cosas que les molestan. A veces no requiere más que un caluroso abrazo, una mirada a los ojos y unas pocas palabras: «¿Está todo bien? ¿Me quieres contar algo?» Después basta con que los escuches. No importa que no estés en condiciones de resolverles los problemas. Puedes rezar con ellos y enseñarles a pedir ayuda a Dios. Tal vez no puedas estar con ellos las 24 horas del día, sobre todo cuando se van haciendo mayores; pero Él sí está todo el tiempo junto a ellos.

El jardín de la familia
La familia es un jardín
lleno de fragantes flores.
De cada uno de los niños
los padres son los podadores.
Dios hace crecer los retoños,
pues el jardín, Él lo creó,
y lo bendice con belleza
digna de admiración.
Con amor la podadera
usan los padres cada día.
La confianza es el apero
que a la familia siempre guía.
Wilma L. Shaffer
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