Prefacio

¿Acabas de embarcarte en la aventura de tener un hijo? ¿Te apasiona la idea? ¿Te hace feliz? ¿Te causa cierta inquietud? ¿Es fuente de satisfacción? ¿Te preocupa? ¿Necesitas ayuda? ¿O tal vez tienes hijos desde hace algún tiempo y ahora te enfrentas a nuevas o mayores dificultades? La experiencia de criar un hijo es una de las más emocionantes y gratas de la vida, y a la vez la que nos presenta los mayores retos.

Los padres son idealistas por naturaleza. Esperan lo mejor para sus hijos. Quieren hacer muchas cosas por sus retoños y darles más de lo que ellos tuvieron. Todos anhelan que sus hijos los necesiten, los amen, los admiren, los respeten e incluso quieran emularlos. Parte de la dicha de criar hijos consiste en explorar y redescubrir la vida en compañía de ellos. Las energías, la vivacidad, el entusiasmo, las necesidades y la dependencia de los niños nos motivan y nos impulsan a la acción.

Ocurre con harta frecuencia, sin embargo, que los sueños de los padres comienzan a desvanecerse ante la dura realidad de la vida, los problemas personales y económicos, los conflictos matrimoniales, las exigencias laborales, el abatimiento y demás. Particularmente en esos momentos los padres tienen que descorrer el pestillo de las puertas de la esperanza, de la paz, de la alegría, de la inspiración, de la determinación, de la paciencia y, sobre todo, del amor, para acceder a un flujo de amor de tal magnitud que transforme su vida y la de sus hijos.

Pero ¿cómo se hace eso? ¿Existe alguna forma de superar nuestra capacidad natural y vencer nuestras flaquezas y falencias? La respuesta es lisa y llanamente sí. Y no se trata de renunciar a nuestra manera de ser. No es preciso que seamos personas extraordinarias, talentosas o perfectas. Si existieran hombres y mujeres perfectos, probablemente no serían muy buenos padres. Es que la clave para criar bien a los hijos consiste en parte en tomar conciencia de nuestra insuficiencia. La Biblia dice que en nuestra debilidad se perfecciona el poder de Dios (2 Corintios 12:9). Esperamos que descubras que los secretos más eficaces que pueden ofrecerse a los padres no se encuentran en los libros de puericultura. Lo más importante —las fuerzas, la sabiduría, la inspiración y las soluciones que necesitamos— solo nos lo puede dar Dios mismo.

También son útiles los consejos de índole práctica y ciertas técnicas y datos; pero por sí solos no nos convierten en buenos padres. La chispa tiene un origen superior, procede de nuestro amoroso Padre eterno, y está al alcance de cualquiera. Dios se ha puesto a nuestra disposición. Desea prestarnos asistencia y asimismo ayudar a nuestros hijos. Quiere que criemos niños estupendos, que disfrutemos de ellos y que gocemos cada vez de más amor y felicidad en familia.

Él quiere trabajar conjuntamente contigo. Aunque consideres que otros lo hacen mucho mejor que tú, recuerda que Él te escogió a ti para velar por tus hijos, y con Su ayuda puedes ser el mejor padre o la mejor madre del mundo para ellos. Con Dios como socio, no solo se incrementarán tus aptitudes, sino que Él compensará con creces cualquier falencia tuya.

Él me echó al cuello sus bracitos
y acto seguido pronunció
cinco palabras que no olvido,
que me han hecho orar con fervor.
Los rincones de mi conciencia
me llevaron a examinar,
pues me dijo con inocencia:
«¡Quiero ser como tú, papá!»
Herbert Parke
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