Los bebitos son algo del otro mundo

Destellos celestiales…

Los bebitos no empiezan de cero. Su origen está en algún punto misterioso de la dimensión espiritual. Su espíritu luego toma contacto con el mundo físico dentro de la madre. El tener conciencia de ello enriquece más aún la maravillosa experiencia de dar a luz y criar a un hijo. Recibe a tu bebé como si fuera un enviado de Dios, un ángel que será tu amigo por la eternidad. Eso te infundirá una medida adicional de respeto y consideración por esa personita que contribuyes a traer a la vida.

Un bebé es un alma viviente, formada a partir de la unión de un espíritu creado por Dios con los elementos físicos del organismo de los padres. Para él, encontrarse dentro de un cuerpo debe de ser una experiencia bastante novedosa. La literatura y la historia dejan constancia de que un recién nacido tiene mucho más de ser espiritual que de físico. William Wordsworth lo describió con increíble belleza:

Un sueño y un olvido sólo es el nacimiento:
El alma nuestra, la estrella de la vida,
en otra esfera ha sido constituida
y procede de un lejano firmamento.
No viene el alma en completo olvido
ni de todas las cosas despojada,
pues al salir de Dios, que fue nuestra morada,
una estela celestial trae consigo.

La ciencia tiene su explicación de cómo se forma un niño; pero la primera vez que alzamos a nuestro bebé y lo miramos a los ojitos, sabemos que estamos en presencia de un milagro. Nos hallamos ante uno de los grandes misterios del universo, una vislumbre del Cielo y del poder creador de Dios. En nuestros brazos se encuentra la prueba tangible del amor que nos prodiga el Altísimo, pues nos ha escogido por padres de una nueva alma.

Siendo mundana y sofisticada,
busqué a Dios, pero no lo encontré;
hasta que un día, alzando a mi bebé,
se me apareció en su mirada.
Mary Afton Thacker

Aunque un bebé pueda parecer producto del azar, en ningún caso es así

Dios se vale de la maternidad para crear almas inmortales. Es todo obra Suya, pero se sirve de ti. Tú eres el instrumento con el que crea algo que perdurará para siempre. Se trata del mayor prodigio desde la creación del mundo: Cada vez que una mujer concibe, se crea un alma inmortal que vivirá para siempre. ¡Vaya si es un milagro!

Es muy misteriosa la forma en que el Señor ordena Su creación, la planifica y decide quién engendrará hijos y quién no. Pero sabemos que con los bebés no comete errores. Si Dios te ha dado un bebé, es porque ha dispuesto que lo traigas al mundo. Él es el creador de las almas humanas. Es Él quien dispone los embarazos. Nosotros no somos sino los instrumentos humanos de los que Él se vale.

Considero que no puede crearse un solo ser humano, un solo espíritu humano, sin intervención divina, sin que actúe la mano de Dios. Estoy convencido de que cuando Él dispone que exista un alma más en el universo, lo hace a conciencia. Crea esa alma y la dota de espíritu; se trata de una creación inequívoca de Dios, ordenada por el Espíritu de Dios.
D.B.B.

La Palabra de Dios enseña que la concepción es designio Suyo, aunque no haya sido intención nuestra.

Tú [Dios] me hiciste en el vientre de mi madre. Te alabaré; porque formidables, maravillosas son Tus obras. [...] No fue encubierto de Ti mi cuerpo, bien que en oculto fui formado. [...] Mi embrión vieron Tus ojos, y en Tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar una de ellas (Salmo 139:13-16).

Después que nace un niño, durante una temporada Dios, Sus ángeles y los santos del Cielo se comunican activamente con su espíritu. El reflexionar sobre maravillas como esa nos inspira a reverenciar la vida y a tratar a nuestros hijos con sano respeto. No son solamente nuestros. También le pertenecen a Dios. Jesús incluso advirtió a Sus discípulos:

Mirad que no menospreciéis a uno de estos pequeños; porque os digo que sus ángeles en los Cielos ven siempre el rostro de Mi Padre que está en los Cielos (Mateo 18:10).

Cada uno de nosotros tiene un valor especial para Dios y un propósito específico en la vida. Este mundo es una escuela por la que todos debemos pasar en nuestro tránsito hacia el Cielo. Tu bebé también tiene un objetivo que cumplir. Si la vida terrena no fuera importante, ¿por qué una criatura tan pequeña e inocente habría de abandonar el Cielo y embarcarse en una aventura tan peligrosa? Como padres, nuestra labor consiste en ayudar a esos recién llegados a establecerse en este mundo y velar por que su travesía por la vida se inicie bien.

Fe en los hijos: «Al que cree, todo le es posible» (Marcos 9:23)

Una de las principales virtudes que deben tener los padres es fe. Primeramente, fe en que Dios los ha escogido para esa labor; y en segundo término, fe en que su hijo viene a la Tierra con una misión, que ha nacido por una razón de peso, aunque no sepan todavía cuál es. Así es como debemos ver a cada niño, y especialmente a nuestros propios hijos.

Todo niño necesita que alguien crea en él. Esa es, pues, una de las funciones más importantes de los padres. No subestimemos la influencia que puede tener en un niño la fe de sus papás. En muchos casos ha sido la confianza y esperanza depositada por los padres en sus hijos la que los ha incentivado y los ha llevado a realizar grandes obras por Dios y por la humanidad. La fe en el futuro de un hijo, la fe en que ha sido llamado a alguna causa noble y sublime, despierta en éste esperanzas y le confiere una seguridad interior que lo ayuda a salvar más de una dificultad. La fe de los padres estimula a los hijos a salir de su pequeño mundo para descubrir lo que han de llegar a ser.

Con eso no pretendemos que los padres adopten un estilo dominante. No se trata de que hagan excesivo hincapié en que los hijos alcancen ciertas metas, ni de que los fuercen a triunfar, sino más que nada de que cultiven una fe profunda y constante en que, con abundante amor y la guía adecuada, sus hijos llegarán a ser todo aquello que Dios quiere que sean.

El Padre supremo vela por Sus hijos

La mayoría de los padres reciben a su hijo con gran alegría. No obstante, cuando uno se siente poco preparado o incluso incapaz, o si el hijo viene al mundo con ciertas desventajas físicas o mentales, es posible que su llegada suponga una dura prueba de fe. Quizá te resulte difícil verlo como un regalo de Dios, o te parezca que Él ha escogido un mal momento. Puede que te halles en circunstancias difíciles o que no cuentes con mucho apoyo por parte de tus seres queridos. Con todo, si te esfuerzas por enfocar las cosas desde una perspectiva más amplia sin pensar tanto en los obstáculos inmediatos, es posible que te des cuenta de que Dios parece obrar Sus mayores portentos en situaciones que a nosotros se nos hacen imposibles. Considera a la madre de Moisés, que desacató el decreto del faraón según el cual se debía dar muerte a todos los varones hebreos recién nacidos, y luego hizo las veces de esclava nodriza mientras la hija del rey criaba a Moisés como si fuera su propio hijo. O piensa en Jesús, que nació en un establo. Encima, sus padres tuvieron que huir del país para escapar de un rey cuyos celos demenciales lo habían convencido de que debía encontrar y matar a ese bebito.

Tu bebé es creación de Dios, y Él te ayudará a cuidarlo con amor y a velar por él cualesquiera que sean las circunstancias en que te encuentres.

Cuando la cuestión es si tener o no el niño

La mayoría de los niños resultan ser, en uno u otro momento, una gran prueba de fe para sus padres. A veces dicha prueba se presenta antes del nacimiento. La Palabra de Dios nos insta a optar por la vida. A fin de cuentas, no estamos solos: para criar a los niños contamos con la colaboración divina. Los niños son un regalo de Dios, el Padre de la vida, y no son ni un mal obsequio ni un castigo. Más bien son una prueba del gran amor que Él tiene por nosotros, y de Su confianza en que, con Su ayuda, podemos desempeñar bien el papel de padres. De modo que si estás en un dilema, debes rechazar la mentira de que esa nueva criatura no es importante.

Tu bebé no es un error ni una desgracia. Aunque tú sepas que cometiste un error, Dios no se equivoca. Él sabe lo que hace. La creación de un niño es obra Suya, y para Él cada personita es importante y preciada.

Debes creer que Dios vela por nosotros. Él se interesa por ti y por tu bebé, y quiere ayudarte y proveer para ambos; por otra parte, tú tienes que aprender a confiar y a apoyarte en Él. Cuanto más difícil se presente la situación, mayor motivo para creer que Dios tiene reservado para los dos algo fuera de lo corriente, siempre y cuando te aferres a Él y no pierdas la esperanza.

Nuestra vida pasa por etapas tempestuosas que ponen a prueba nuestra fe como padres, como mantenedores de nuestra familia y como comunicadores de amor a nuestros pequeños. Necesitarás gran fortaleza para hacer frente a las exigencias que te aguardan. Muchos padres sienten, en algún momento, que se enfrentan a una labor imposible o muy pesada. Y sucede a menudo que, cuando nos da la impresión de que nosotros mismos necesitamos mucha ayuda, nos cuesta tenderle la mano a otro. Sin embargo, es precisamente al dar que recibimos, y la fe en que Dios tiene una solución nos lleva a encontrarla.

Aunque inicialmente no sientas un gran amor por el bebé que esperas, aunque tengas hasta ganas de rechazar ese regalo de Dios, si le pides a Él que te conceda un corazón amoroso y receptivo y que te infunda la fe que necesitas para desempeñar bien tu labor, Él lo hará. Con amor y con la ayuda de Dios, cualquier situación puede cambiar radicalmente. El amor de Dios, en combinación con el tuyo, puede obrar milagros. «Pedid, y se os dará» (Mateo 7:7). Tómalo por fe; créelo simplemente porque Dios lo dijo. Él te ayudará a cuidar de la criatura que te ha dado. Si te ha conducido en cierta dirección, Él mismo se encargará de lo que haga falta. Él proveerá lo que necesites, siempre y cuando tú no dejes de clamar a Él en tu hora de necesidad. Por complicadas que parezcan las cosas, si te decides a luchar por tu hijo, Dios luchará por ti, y algún día te darás cuenta de que en realidad se trataba de una bendición disimulada.

Si tu hijo sufre un impedimento físico o un retraso mental

Para el Señor, cada niñito que viene al mundo es de gran valor. Aunque Él los ama a todos, también requieren nuestro amor, nuestro aliento y nuestras oraciones. Tu hijo necesita que tengas fe en él, que creas que Dios te lo envió porque sabe que le hace falta el abundante amor que tú puedes darle.

Aunque por momentos sea difícil y se te desgarre el corazón al ver las dificultades que afronta tu pequeño, recuerda que no hay ninguna carencia que los padres no puedan cubrir a base de amor, fe y apoyo moral. Cree en ese pequeño. Ten fe en que Dios lo tiene en la palma de Su mano. Puede que la senda que le toque recorrer sea distinta de la que tú soñaste o planeaste para él; pero los designios divinos son mayores que los tuyos. El embellecimiento de tu niño mediante el amor y el Espíritu de Dios, y la profundidad espiritual que adquirirás tú al acudir a la Divinidad en busca de comprensión y fuerzas, tienen mucho más valor que un cuerpo o una mente perfectos. Ese pequeño inocente es muy preciado a los ojos de Dios. Él nunca lo dejará ni lo abandonará. Ese niño, con su sencillez y a través del sufrimiento que experimente, llegará a conocer a Dios y a confiar en Él de un modo único, y así alcanzará mayor paz y felicidad. Fija los ojos en Dios y no dejes de confiar en Él, y verás que Él no se apartará de ti: te guiará, te consolará y te animará.

Criaturas eternas, pedacitos de Cielo

Cada bebito es singular, un ser como ningún otro que se incorpora a tu vida, que tiene una misión importante que cumplir, que por la fe traspasará el umbral de la eternidad y estará siempre contigo. Tener un hijo es el comienzo de una relación y de una bendición que trasciende los límites de nuestra vida actual.

Aunque ahora tengas altibajos, si amas a Dios, al final vivirás en paz y armonía con todos Sus hijos fieles en el divino y eterno reino de amor que ha de venir. Los niños son una muestra de ese reino celestial, de su belleza, su inocencia, su amor sencillo. Si vuelves su corazón hacia Dios, se convertirán en una gran bendición Suya. En cambio, si los alejas de Él, te ocasionarán grandes pesares.

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