Preparativos para recibir al bebé

Preparativos interiores

Todos los padres necesitan mucha ayuda de Dios para realizar su difícil labor. Puede que sientas cierta inseguridad ante la perspectiva de tener un niño; pero es importante que hagas todo lo posible por aceptar de buen grado su venida, aunque de entrada la idea no te agrade.

Uno de los pasos más importantes que puedes dar para recibir a tu hijo es prepararte interiormente pidiéndole a Dios que te ayude a afrontar y dilucidar las cuestiones que más te inquietan. En muchos casos los padres tienen que regirse más por lo que les dicta la fe que por los sentimientos. De todos modos, Dios siempre está presente para ayudarnos a superar nuestras inseguridades, preocupaciones, problemas personales y frustraciones. Dice la Biblia:

El que tiene misericordia se apiadará de ti; al oír la voz de tu clamor te responderá (Isaías 30:19).
Antes que clamen, responderé Yo; mientras aún hablan, Yo habré oído (Isaías 65:24).
Me invocará, y Yo le responderé; con él estaré Yo en la angustia; lo libraré y le glorificaré. Lo saciaré de larga vida, y le mostraré Mi salvación (Salmo 91:15,16).
Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno Socorro (Hebreos 4:16).
Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones (Salmo 46:1).
Echando toda vuestra ansiedad sobre Él, porque Él tiene cuidado de vosotros (1 Pedro 5:7).

Se puede aprender a mirar hacia arriba, más allá de las circunstancias, y a hallar paz en medio de la tempestad, un estado de serenidad y sosiego. Acércate a Dios por medio de Su Hijo Jesús, tal como te relacionarías con un buen amigo que te está ayudando a resolver un problema, que te toma de la mano, te habla, te consuela y te levanta la moral. Jesús te acompañará hasta el día del parto, y más allá.

Entre las muchas cosas que puedes hacer para prepararte para la llegada del bebé, nada te será más útil que averiguar el enfoque que tiene Dios de la situación. Al final de este librito encontrarás una selección temática de versículos de la Biblia. Verás que te animarán y te ayudarán a prepararte, pues acrecenterán tu fe en relación con tu hijo, con tu nuevo rol y con el maravilloso futuro que los aguarda a medida que van acercándose juntos a Dios.

Criar hijos requiere mucha fe. Ésta se fortalece y se incrementa leyendo la Palabra de Dios y reflexionando sobre ella. (En los dos tomos de Claves para descubrir la verdad, también de Aurora Production, encontrarás una selección mucho más amplia de versículos sobre una diversidad de materias relacionadas con nuestra vida cotidiana).

Preparativos físicos de la madre

Son varios los preparativos físicos que tiene que hacer una futura mamá: alimentarse debidamente, hacer ejercicio y descansar. La madre es la fuente de suministros del feto, el cual extrae de ella y de lo que ella come todo lo que necesita físicamente. Es, pues, imperativo que la madre se cuide bien y que no abuse de su organismo ni haga nada que pueda perturbar la delicada formación de las células del niño. Puede que eso requiera algunos sacrificios por parte de ella, sobre todo si tiene malos hábitos que pueden perjudicar el desarrollo del bebé. Conviene que pida a sus amigos que la ayuden y que se aferre a Jesús, el mejor Asistente de todos. Ser una buena mamá exige oración, fe y mucho sentido común.

Si la madre es una persona muy activa, puede que tenga que aprender a aminorar la marcha. Si tiene costumbres sedentarias, tal vez tenga que hacer más ejercicio. Es preciso que reduzca la cantidad de cafeína que ingiere y que se abstenga de beber alcohol, de fumar y de tomar cualquier droga potencialmente dañina. Si ha estado siguiendo una medicación que le han prescrito, debe consultar nuevamente con su doctor antes de seguir haciéndolo; y desde luego no tomar ningún remedio que se expenda sin receta sin haber leído cuidadosamente las advertencias sobre el mismo. Entregarle a otra persona el don de la vida implica darle lo mejor que se tiene. El resultado final —un niño fuerte y saludable— compensa con creces cualquier sacrificio que se haga.

El embarazo es el comienzo de un curso en el que la madre aprende a darse a otra persona. Para venir a este mundo, el niño necesita que alguien haga ciertos sacrificios por él; pero de tales sacrificios se agrada Dios. Cuando entregamos nuestra vida y nuestro amor por otro, nos volvemos más como Dios. Él nos entrega mucho de Sí mismo a fin de que nosotros vivamos, maduremos, seamos felices y gocemos de salud. Aprender a amar al niño y darle lo que necesita bien puede constituir una de las enseñanzas más valiosas de la vida.

La mujer embarazada nunca está sola

Cuando una mujer lleva un hijo en el vientre, a la vez que ella se va volviendo consciente de él, él va tomando conciencia de ella. Entre la madre y el bebé se forja un vínculo bien especial, no sólo físico, sino también emocional y espiritual. Al poco tiempo el bebé hasta percibe cómo se siente su madre. Sabiendo que el niño que se forma en su interior está pendiente de ella las veinticuatro horas del día debería instarla a esmerarse al máximo. Esa personita, ese pequeño espíritu que tiene dentro, cuenta con ella y confía en ella para incorporarse a la dimensión física. Contrariamente a lo que afirman muchas tendencias y teorías, la criatura no se está convirtiendo en alguien, sino que ya es alguien: un ser espiritual único, formado por Dios, el Padre de los espíritus (Hebreos 12:9). En un sentido muy real, ya existe en la dimensión espiritual aun antes de que su cuerpo físico esté completo. El espíritu de un bebé ya tiene los rasgos de lo que será su carácter, la marca de una personalidad única creada en el mundo espiritual por la mano de Dios.

La madre puede impartirle al niño, aun antes que nazca, un espíritu de fe y tranquilidad teniendo ella misma una actitud de serenidad y confianza. Es bueno que se acostumbre a tomarse cada día unos momentos de distensión, de reposo, en un ambiente calmado; que le ponga al bebé música tranquilizadora mientras ella disfruta de paz alzando la vista hacia su Padre celestial. El bebé, mientras está en el vientre, oye no solo los deleitosos latidos del corazón de su madre y otros sonidos del organismo de ella que le dan una sensación de seguridad, sino que a medida que se va desarrollando en la matriz también alcanza a oír y distinguir sonidos externos: música, la voz de su madre, otras voces.

El bebé percibe si su madre está tensa o relajada. La futura mamá debe tratar de acordarse de hacer una pausa de vez en cuando para alejarse del ajetreo y de la confusión cotidiana. Cuando ella esté descansando y distendida, es bueno que se tome unos momentos para confortar al bebé; que le hable, lo acaricie y haga que se sienta a gusto y amado. A fin de cuentas, va a ser su hijo de por vida. Ese fuerte vínculo de amor entre ambos puede comenzar mucho antes que nazca el bebé. Mientras el niño aún está formándose, hay que procurar comunicarse con él. Hay que creer simplemente que eso va a tener un efecto en él, ya que es posible que no se obtenga ninguna respuesta o reacción salvo los movimientos que suele hacer cuando está despierto y activo.

Desde que el bebé está en el vientre, conviene aprender a no hablar desdeñosamente ni pensar mal de él. No se debe mencionar ni pensar nada que no se le diría a un niño mayor cara a cara, pues aunque él no oiga ni entienda las palabras que se dicen, es muy posible que en el espíritu capte la intención.

La ayuda de otra persona

Es conveniente que durante los meses de gestación la futura madre tenga un amigo o una amiga que la acompañe, que la ayude, que le inspire confianza y con quien se pueda desahogar. Puede ser el esposo, un colega, una compañera, una amiga íntima, otra mujer que tenga hijos o incluso alguien a quien conoció recientemente. Habrá veces en que quizá tenga que explicarle cosas que para ella caen por su propio peso, pero que para esa otra persona quizá no sean tan obvias. Por mucho que alguien quiera ayudarnos, le puede resultar difícil hacerlo bien si no entiende cómo nos sentimos. Hay que comunicarse, dedicarse tiempo el uno al otro, reservar espacios que sean propicios para llegar a conocerse y comprenderse.

Si la futura mamá no tiene ningún compañero ni ninguna amiga que la puedan acompañar, no debe olvidar que Dios siempre está presto a escucharnos.

Invocarás, y te oirá el Señor; clamarás, y dirá Él: «Heme aquí» (Isaías 58:9).

Amoldarse al embarazo

El embarazo es un período difícil. Las hormonas alteran la composición del organismo y ocasionan una desestabilización de las emociones. Los preparativos para el parto son muchos, pero es preciso recordar que se llega a ese momento paso a paso, avanzando día a día. No hay que tratar de abarcar más de la cuenta. Se hace lo que se puede, pero sin excederse. Hay cientos de actividades que la mujer puede realizar, muchas cosas que lógicamente quiere hacer o cree que debe hacer; pero durante el embarazo hay que concentrarse en lo que se tiene que hacer como preparación para recibir al bebé.

Durante la gestación, la mujer deja de ser dueña de sí misma, pues se debe a alguien cuya vida depende de ella. También tiene que aprender muchas cosas nuevas. Tiene que evitar subirse a sillas o banquitos, no correr riesgos, no excederse en el trabajo, ni ponerse impulsivamente, por ejemplo, a desplazar muebles pesados por su cuenta. Tiene que aprender a controlar sus movimientos, cuidarse y dejar que otros la ayuden.

A las mujeres independientes eso puede resultarles un tanto incómodo. Les cuesta pedir ayuda. A otras les duele desatender ciertas cosas. Es posible que no puedan lavar, doblar y guardar la ropa con la rapidez con que lo hacían antes, o que rindan menos en cualesquiera que hayan sido los quehaceres domésticos o las actividades laborales que estaban acostumbradas a desempeñar. Su ritmo de vida necesariamente tiene que cambiar a fin de amoldarse a su estado de gravidez. El principal objetivo diario de una mujer encinta debe ser cuidar de su futuro bebé. Y todas las precauciones que tome por el bien del bebé, todo pequeño sacrificio que haga, Dios lo ve y lo recompensa.

La mujer debe ayudar al esposo a entenderla

A medida que avanza el embarazo, las necesidades de la mujer van cambiando, y eso es algo que tiene que comunicar a su esposo o compañero. La mujer interviene de primera mano en el milagro creativo por el cual se forma una persona en su interior. Puede sentir parte de lo que ocurre, aunque la mayor parte no se hace muy patente. Pero durante ese período debe tener paciencia con su marido o compañero y con las demás personas, que no participan en el proceso de un modo tan directo y que por ende no siempre entienden lo que le sucede.

A veces a la mujer le parece que su esposo simplemente no está en sintonía con la realidad. Es posible que él se comporte como si ni siquiera se diera cuenta de que, a raíz del embarazo, la vida de ella está cambiando mucho, e incluso se está volviendo difícil. Ella se está convirtiendo en una madre, y es natural que suponga que algún proceso similar lo está preparando a él para ser padre. Pero a estas alturas la realidad de él y la de ella son diferentes. Ella está embarazada; él no. Es posible que él esté ilusionado; pero sus sentimientos en muchos casos son más fríos o simplemente distintos.

Cuando la mujer atraviesa momentos tormentosos, es muy fácil que se encierre en su pequeño mundo. Si la insensibilidad de él la altera y la exaspera, en lugar de confundirlo con un arrebato de sentimientos encontrados, es preferible que le hable y le explique lo más sencillamente posible cómo se siente, qué le está pasando y cuáles son sus necesidades y frustraciones. Y si le parece que no logra hacérselo entender, lo mejor es orar y pedirle al Señor que los ayude a ambos.

Es probable que durante este período él también necesite saberse querido y anhele que ella le manifieste su afecto y su amor y lo tranquilice con su presencia. Las palabras de cariño y las caricias significarán mucho para él. Es muy posible que él se sienta igualmente un poco nervioso y que no sepa muy bien qué hacer para ayudarle o facilitarle las cosas, sobre todo si se trata del primer hijo. La perspectiva de convertirse en papá también requiere fe. Puede que sienta su responsabilidad de una forma diferente, que esté preocupado por los recursos económicos o por las cargas adicionales que tendrá que llevar. Tal vez se sienta un poco perdido o inseguro de cuál será su papel frente a la relación que tendrá ella con el bebé, pues se da cuenta de que por el bien de éste se verá privado de algunos de los preciados momentos que antes pasaba con ella.

Durante el embarazo, los papás suelen mostrarse más protectores. A muchos, de hecho, les gusta asumir ese rol. La mujer no debe tener reparos en apelar al instinto paternal de su esposo para que él la ayude y la mime un poco. A fin de cuentas, ella necesita su colaboración. A la vez que disfruta de esa temporada de sobreprotección y atenciones especiales, ella también debe cuidar de él. Por lo general no hay impedimentos para que sigan gozando juntos de estupendos ratos de amor e intimidad sexual.

Preparativos para el parto

Algunas parejas desean vivir juntas la experiencia del parto; otras no. Conviene decidirse antes que llegue el momento. Oren, analicen los detalles, conversen sobre el tema, y de ser posible comuníquense con anticipación con el médico que les asistirá en el parto. Procuren entablar una relación de confianza con él y háganle saber qué expectativas y deseos tienen. Apréstense lo mejor que puedan, pero estén preparados para cambios de último momento.

Lo más importante es que le encomienden el parto al Señor, para que Él les dé la paz y la confianza de que está todo en Sus manos. Si se aferran a algunas de las promesas que Dios nos ha hecho en la Biblia, tendrán algo firme y seguro en que basar su fe. Estos son dos versículos que pueden infundirles aliento:

Él da vigor al cansado, y multiplica las fuerzas al que no tiene ningunas. Los que esperan al Señor tendrán nuevas fuerzas (Isaías 40:29,31).
No desmayes, porque Yo [...] te esfuerzo (Isaías 41:10).

En la sección Versículos sobre los bebés, al final del libro, se encuentran otros pasajes afines.

El momento del parto es la culminación de un maravilloso proceso que se ha venido desarrollando en el organismo de la madre. Durante nueve meses, el bebé ha ido ocupando cada vez más espacio en su cuerpo y en su vida; ya es hora de que se independice. Las molestias, las incomodidades, las náuseas, los cambios que ha experimentado la madre en su interior y en su figura, todo ese tiempo en que se ha visto impedida de darse la vuelta cómodamente y acostarte boca abajo, en que se ha sentido habitada, todo eso está por llegar a su fin. Los múltiples interrogantes en torno a la salud, el sexo y el aspecto del bebé van a quedar respondidos.

El parto

Generalmente lo mejor, tanto para la mamá como para el bebé, es un parto natural en un ambiente cálido, acogedor y seguro, ya sea en casa, en presencia de un médico o una matrona, o en una clínica privada. En algunos hospitales también hay un ambiente tranquilo y distendido y permiten a un familiar estar presente en el parto. Los bebés nacidos en hospitales en los que se siguen procedimientos más impersonales y menos naturales están expuestos a una toma de contacto con el mundo más traumática. Hay quienes piensan que al niño le viene bien un nacimiento rápido, brusco, cortando por lo sano, a fin de introducirlo a la cruel realidad de la vida. Es innegable que nuestra existencia no está exenta de dificultades, altibajos y crueles realidades; pero hay mucho que se puede hacer para que eso sea la excepción y no la norma.

Nada más nacer, el bebé tiene que adaptarse a un sinfín de cosas. Pasa del entorno tranquilo, oscuro y suavemente acolchado del vientre materno a un mundo exterior de multitud de ruidos y luces en el que se lo toma en brazos y recibe estímulos constantes. Se puede propiciar que ese cambio sea menos drástico tratándolo con ternura y comprensión aun en el más pequeño de los detalles.

Si se puede realizar el parto en casa, conviene recordar que una luz natural o tenue es mejor para los sensibles ojos del bebé que una luz artificial fuerte, a menos que ésta sea necesaria por algún motivo. Y que en los primeros momentos es preferible tomarlo con suavidad, así como después a la hora de limpiarlo y vestirlo.

Vinculación afectiva con el bebé

Justo después de nacer, el bebé necesita sentir el calor de su madre y su consoladora presencia. Esa primera impresión le infunde seguridad y es muy importante, tanto para la mamá como para el bebé. En muchos casos la madre pone al recién nacido al pecho ni bien acaba de dar a luz. Así se da inicio al proceso de vinculación afectiva. Desde el nacimiento, las caricias, las sonrisas y las palabras cariñosas contribuyen a tejer un vínculo emocional con el bebé, el cual constituye la base de la comunicación y es vital para el desarrollo del niño.

Aceptación de la paternidad

Una vez que una mujer ha dado a luz a un niño, se ha convertido en madre, y la tarea de alimentarlo, vestirlo y cuidarlo recae primordialmente sobre ella. Con el paso del tiempo, va tomando conciencia del peso de dicha responsabilidad, aunque por suerte Dios promete que «pastoreará suavemente a las recién paridas» (Isaías 40:11).

Sin embargo, la vinculación del padre con el bebé sigue un curso ligeramente diferente, dependiendo de las circunstancias. Él por lo general participa menos que la madre en el cuidado físico del niño. En ocasiones hasta puede que se sienta más como un espectador que como un protagonista. (El que un papá quiera y acepte a su bebé puede verse incluso como fruto de una decisión personal más que la consecuencia automática de una realidad física.) Por tanto, es posible que haya que esforzarse un poquito más para que se produzca esa vinculación afectiva. Siempre que sea posible, conviene que procure trabajar menos horas o que deje ciertas actividades a fin de pasar más tiempo en casa y consolidar su relación con la mamá y el bebé.

Al igual que nosotros dependemos de nuestro Padre celestial y necesitamos tener la seguridad de que Él nos ama y está siempre a nuestro alcance, el niño se beneficia de contar con la presencia de un padre que lo ame y lo cuide, que se responsabilice de él, que esté dispuesto a sacrificarse para ayudarlo y guiarlo. Dios ofrece Su ayuda a todos los padres que acudan a Él en busca de orientación y tomen las medidas necesarias para proporcionarles a sus hijos un cariñoso hogar, un lugar donde se sientan aceptados, bien cuidados y seguros. Mediante sus palabras y sus actos, el padre puede darle al niño una muestra del amor y la paciencia que Dios nos manifiesta, del estímulo que Él nos da.

Naturalmente, Dios es en definitiva el verdadero Padre eterno del niño, y nunca lo defraudará. Y en las situaciones en que el padre físico no está presente —por estar temporalmente de viaje o porque la mamá sea soltera—, Dios igual cuida de los Suyos, acompaña a la madre y al niño y sostiene a ambos en Sus brazos. 

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