Aprender a ser padres

¿Qué significa ser padre o ser madre? Y ¿cómo se puede desempeñar apropiadamente dicha función? Uno se convierte en padre o madre en el momento en que tiene un hijo; pero ¿cómo y cuándo adquiere la capacidad para realizar dicha labor? Si bien se trata de una función vital en la sociedad, son muy contados los casos en que se le otorga la importancia debida o se incluye siquiera en el plan de estudios de la gente joven. Lamentablemente, son pocos los hogares en que se le da la importancia necesaria, pues en muchas familias ambos cónyuges se ven obligados a trabajar. En consecuencia, pasan poco tiempo con sus hijos. ¿Cómo van a aprender entonces a realizar su cometido los jóvenes que esperan con ilusión la llegada de un hijo? ¿Qué pueden hacer para saber cuál es la mejor forma de orientar a sus pequeños?

A pesar de que tantas pautas y valores tradicionales van cayendo en desuso en la acelerada sociedad de hoy en día, las claves más importantes para ser padres siguen siendo las mismas desde hace milenios:

• amar
• dar buen ejemplo
• disciplinar e instruir (con un patrón muy claro de lo que está bien y lo que está mal)
• aceptar a cada niño tal como es
• tener fe en que cada niño puede alcanzar todo su potencial como ser humano
• orar
• mucha ayuda de Dios
• más amor

De principio a fin, el ingrediente más importante es el AMOR. Aprender a realizar bien la labor de padres es un proceso que toma tiempo y entraña mucha comprensión, experiencia, diversión, lágrimas, oración, paciencia y grandes dosis de amor. Los niños tienen necesidad de saber que los queremos, que siempre los amaremos y que pueden contar con nuestro apoyo. Y también necesitan saber que Dios los ama y siempre está presto a perdonarles sus errores y pecados. Con ese cimiento de amor —confianza en el amor de Dios y en el de sus padres— nuestros hijos pueden adquirir la fortaleza necesaria para sobrellevar muchas dificultades que les surjan en la vida.

Aunque no se te quede grabado nada más al terminar de leer este librito, recuerda que la clave es el amor. El amor es lo único que nunca falla. Proviene directamente de Dios, porque Dios es amor. Aunque uno se considere una nulidad como padre, y por muy difícil que se le ponga la situación, no debe dejar de manifestar a sus hijos un amor incondicional y confiar en que Dios los sacará adelante (v. Versículos sobre la crianza y formación de los hijos en ¿De dónde sacar fuerzas?, publicado en esta misma colección).

Los elogios y el estímulo son muy beneficiosos

A veces los niños se portan mal porque quieren que se les preste atención. Así es como ponen a prueba el amor de sus padres. Y tienen que estar seguros de él porque se trata del principal medio por el que determinan su valía como personas. Dudar de nuestro amor puede llevarlos a dudar de su propia valía. Aun cuando un niño haya obrado mal y sea necesario corregirlo, conviene elogiarlo sinceramente por alguna otra cosa que haya hecho bien. «Sé que estás arrepentido y que quieres portarte mejor, y sé que puedes. ¡Creo en ti!» Necesita saber cuánto se lo quiere y se lo apoya.

Eso no significa, claro está, que debamos pasar por alto su mal comportamiento. Por ser sus padres, seguimos teniendo el deber de meterlo en vereda. Eso es también una manifestación del amor y la seguridad que pide. Pero si nos sentimos decepcionados porque vemos que en algunos aspectos no anda bien o nos damos cuenta que lo corregimos más de lo que lo elogiamos, es hora de replantearse las cosas. En vez de poner de manifiesto nuestra decepción o impaciencia (o peor aún, humillar al niño), debemos pedir a Jesús que nos indique en qué aspectos se desempeña bien y elogiarlo por ellos. El efecto positivo de hacer esto es sorprendente. Todos los niños tienen sus puntos fuertes. Siempre hay algo de bueno que elogiar y apreciar. Por ejemplo, si un hijo ha sacado una mala nota en el colegio, igual se puede dar con algo por lo cual elogiarlo; quizás su buena letra o su actitud alegre y lo servicial que sea en casa.

Los elogios deben ser sinceros. Los niños suelen ser muy sinceros y se dan cuenta cuando los demás no lo son. Sobre todo los más mayorcitos, se sienten tratados de forma paternalista cuando se les prodigan elogios frívolos y fingidos. Es importante que el niño pueda entender fácilmente nuestros elogios. Por ejemplo, si una hija de doce años nos parece muy bonita, pero ella cree que en comparación con otras de su edad no lo es, podría pensar que no somos sinceros o que la estamos adulando al decirle que lo es. Sería preferible ponderarla haciendo referencia a algo más específico que sea particularmente notorio. Quizá no sea lo que se suele considerar una belleza despampanante, pero tal vez tenga unos ojos muy bellos. Puede que tenga el cabello largo y abundante. O quizás una sonrisa impactante. Al ser específicos desviamos su atención de otros rasgos físicos que tal vez considere defectos o imperfecciones, y la inducimos a pensar en las estupendas características que sin duda tiene. Otra posibilidad es elogiarla por alguna otra aptitud en la que destaque, por ejemplo su elocuencia, sus buenas notas o su carácter afable y amoroso, que según la Biblia es lo que hace a la verdadera belleza. «El incorruptible ornato de un espíritu afable y apacible, que es de grande estima delante de Dios» (1 Pedro 3:4).

Naturalmente todos queremos a nuestros hijos, pero es de suma importancia que lo sepan. Necesitan que se lo digamos y demostremos. No hay que escatimar elogios.

Por experiencia sé que a los niños que se sienten admirados y apreciados por sus padres les resulta fácil mostrar aprecio a los demás. A mí me parece que esta es una de las enseñanzas más importantes que podemos impartir a nuestros hijos: manifestar en todo momento una sentida gratitud. No solo porque las personas agradecidas hacen felices a los demás, sino porque también se hacen felices a sí mismas.
Yo diría que ese es uno de los motivos por los que en la Biblia se nos recomienda innumerables veces que seamos agradecidos, alabemos a Dios y reconozcamos los beneficios que nos otorga. Él sabe que cuando aprendemos a manifestar gratitud, aprendemos también a pensar más en nuestras experiencias positivas que en las negativas.
Amy Vanderbilt
De niño, Sir Walter Scott estaba conceptuado como un alumno de mediocre para abajo, y en muchos casos lo mandaban a un rincón con ignominiosas orejas de  burro. Cuando tenía unos doce o catorce años, un día coincidió en una casa con el poeta escocés Robert Burns y otros invitados. Burns se hallaba admirando un cuadro debajo del cual figuraban un par de versos de una poesía. Preguntó quién era el autor, pero nadie lo sabía. Tímidamente, un chiquillo se acercó a su lado, nombró al autor y recitó el resto del poema. Burns se mostró gratamente sorprendido. Apoyando la mano sobre la cabeza del muchacho, le dijo: «Mocito, algún día serás célebre en Escocia». Aquel día la vida de Walter Scott dio un giro. Una palabra de aliento lo había encaminado hacia la grandeza literaria.
Anónimo
Un chico de diez años que trabajaba en una fábrica de Nápoles soñaba con ser cantante; pero su primer maestro lo desanimó. «No has nacido para cantar —le dijo—. No tienes buena voz. Suenas peor que una rana».
De todos modos su madre, una campesina humilde, lo consoló y le dijo que estaba segura de que podía cantar bien y de que estaba haciendo progresos. Andaba descalza para ahorrar dinero y pagarle las clases de música. El ánimo de aquella campesina transformó la vida de su hijo. Se llamaba Enrico Caruso, y llegó a ser uno de los más célebres tenores de su época.
Dale Carnegie

La mejor inversión: dedicarles tiempo

La mejor herencia que un padre o una madre pueden dejar a sus hijos es dedicarles unos minutos cada día.
Orlando Battista

Los hijos nunca olvidan los momentos que pasan con sus progenitores. ¿Acaso no son esos los recuerdos de la niñez que evocamos con más cariño, cuando nuestros padres nos manifestaban amor dedicándonos tiempo y atención?

Los niños aprenden y maduran gracias al amor, la atención, el desvelo y la consideración, y si no se les dan esos elementos —o si les parece que no se les dan—, al igual que todos nosotros, se consideran desdeñados y poco importantes, y al cabo de un tiempo se sienten rechazados. No siempre es necesario pasar mucho tiempo con un niño para que comprenda que se lo quiere y aprecia, pero sí es imprescindible pasar algo de tiempo con él. Y que ese tiempo sea provechoso es tan importante como dedicarle suficiente tiempo.

Lo mejor que podemos invertir en nuestros hijos es tiempo. Y ese es también el mejor regalo que les podemos hacer. Ninguna otra cosa tendrá un efecto tan duradero en su vida. Alguien dijo sabiamente: «Nuestros hijos necesitan más nuestra presencia que nuestros presentes». Juega con ellos, lee con ellos, abrázalos, anímalos, disfruta de ellos. Sal a pasear con ellos y simplemente pasa tiempo con ellos charlando. Hazles preguntas y escucha sus respuestas. Presta atención a lo que dicen.

La mayoría de los padres tienen tanto que hacer que nunca dan abasto. Cuando surgen imprevistos, el tiempo que se pasa con los hijos queda relegado al último lugar. Solemos razonar que ya tendremos tiempo mañana. Pero nuestros hijos nos necesitan hoy.

¡Se ha perdido un muchacho! No lo han secuestrado, no piden recompensa por él mientras la nación entera se embarca en una búsqueda frenética. No. Lo perdió su padre, que estaba muy ocupado para atender a sus preguntas triviales o percatarse de su presencia. En esos años en que el padre es el héroe más querido de un niño, su padre se desentendió. La madre también lo perdió. Enfrascada en su vida profesional y sus actividades sociales, dejó que la niñera escuchara las oraciones del pequeño y le cedió a ella la influencia que habría debido ejercer en él.
Tómate tiempo para apreciar a tus hijos. Es una inversión muy provechosa.
Anónimo

Conviene que determines cuánto tiempo a la semana debes pasar con cada hijo y que busques espacios para ello. Considera que esos ratos son compromisos ineludibles y tienen prioridad sobre todo lo demás. Si surge una emergencia, puede que sea necesario que reprogrames el tiempo que vas a pasar con ellos, pero no lo canceles del todo. Si ves que postergas con frecuencia el tiempo que deberías dedicarles, es necesario que reevalúes tu escala de prioridades y tu plan y que elabores uno que dé resultado.

Un joven abogado que gozaba de éxito profesional dijo: «El mejor regalo que me han hecho en la vida vino en un paquete muy pequeño que pesaba menos que una pluma. Dentro de la caja había una nota que decía: “Hijo, este año te obsequiaré 365 horas. Todos los días después de cenar te dedicaré una hora. Hablaremos de lo que tú quieras, iremos a donde tú quieras y jugaremos a lo que tú quieras. Será tú hora”. Mi padre no sólo cumplió esa promesa, sino que la renovó todos los años. Fue el regalo más valioso que me han hecho jamás. Yo soy el fruto del tiempo que pasó conmigo».
Citado en Moody Monthly

Cuando un niño mayor atraviesa conflictos necesita aún más que se le dedique tiempo, y se hace preciso escucharlo con más atención. No hay que apresurarse a ofrecerle soluciones o consejos, y no conviene sermonearlo, sino escuchar todo lo que quiera decir antes de responderle nada. De ser posible, hay que ayudarlo a arribar por su cuenta a la conclusión acertada. Luego, hay que tomarse el tiempo para orar y escuchar la apacible voz de Dios en el corazón y la mente. Él siempre está presto a responder nuestros interrogantes, y da unas soluciones sorprendentes. (V. los apartados El mejor amigo de los padres y Ratos para escuchar a Jesús del libro Preescolares, de la misma colección. También Escucha palabras del Cielo, de la colección Actívate.)

Además del tiempo que se pasa con los hijos, hay que tomarse tiempo para orar por ellos. Esa es otra de esas cosas para las que no se encuentra tiempo si no se la considera prioritaria. Hay que hacerse el tiempo. Orar por los hijos es una excelente manera de llegar a comprenderlos mejor. Dios puede revelarnos cosas acerca de ellos que no podríamos descubrir de ningún otro modo. Además, nos permitirá saber cuánto los ama, y ello nos motivará a amarlos aún más. Nos llenará de Su amor, el cual nos capacitará tanto a ellos como a nosotros para salir adelante en toda situación.

Muchos padres con hijos ya crecidos dicen que una de las cosas que más les pesan es no haber pasado más tiempo con ellos cuando eran pequeños. Ello conlleva ciertos sacrificios, y al principio puede parecer que no se está aprovechando el tiempo de la mejor manera; pero vale la pena perseverar. Cada momento que se dedica a los hijos es una inversión a futuro. Las recompensas perdurarán por la eternidad.

Para los hijos es fundamental saber que pueden contar con nosotros, aun cuando nos parezca que no estamos haciendo gran cosa por ellos ni logrando nada de mucha importancia.

Hacia la independencia por el camino de la dependencia

Uno de los mitos más extendidos de la educación moderna es que darle a un niño todo lo que quiere y dejarle obrar a su antojo lo hace feliz, y a la larga le enseña a tomar buenas decisiones. Según los defensores de esta doctrina, el niño al que se consiente de tal forma se convertirá en un adulto feliz, productivo, de espíritu libre e independiente.

En realidad es al contrario. Los niños necesitan límites. Es preciso definirles claramente el comportamiento que se les exige. Es menester impartirles principios morales que diferencien entre el bien y el mal. Un niño consentido y caprichoso se convierte en un adulto exigente y malcriado.

Si bien es cierto que se debe dar a los niños la libertad de elegir lo que quieren en muchas esferas, también se les debe enseñar a responsabilizarse de sus decisiones. Cuando los padres son capaces de combinar la libertad y las restricciones de forma equilibrada, los hijos aprenden a escoger bien. Aprenden a ser independientes por el camino de la dependencia guiada.

Se hace de la siguiente manera: En primer lugar, hay que enseñar al niño ciertos principios fundamentales de obediencia, la diferencia entre el bien y el mal y que sus decisiones afectan a los demás y pueden tener buenas o malas consecuencias. Luego, poco a poco, a medida que demuestra que es capaz de asumir responsabilidad en cuestiones de poca monta, se le puede dar más independencia y permitir que tome decisiones más importantes, observando en todo momento cómo va madurando, y ayudándolo a entender y aceptar las repercusiones de lo que decida. Así, adquiere la independencia que quiere y necesita, pero no sin antes haber aprendido a hacer uso de ella con buen criterio.

Una vez que los hijos demuestran que son responsables, tenemos que manifestar fe en ellos evitando supervisarlos muy estrechamente o repetirles a cada rato las instrucciones, o retomar las riendas cuando nos parece que deberían haber actuado de otra manera.

Una transición gradual y asistida de la dependencia a la independencia da como resultado un adulto más equilibrado y competente, que ni depende excesivamente de los demás ni es tan independiente que no pueda relacionarse y llevarse bien con sus semejantes. Si desde temprana edad se le enseña a ser responsable y se lo ayuda con amor a atenerse a las consecuencias de sus actos, madurará rápidamente y adquirirá un cimiento firme que le permitirá hacer frente a las turbulencias típicas de la adolescencia y a toda una vida de decisiones, algunas de las cuales no son nada fáciles de tomar acertadamente.

Cuando pensabas que no te miraba
Cuando pensabas que no te miraba
colocaste mi primera pintura en la puerta del frigorífico, y me entraron ganas de hacer otra.
Cuando pensabas que no te miraba
diste de comer a un gato abandonado, y entendí que hay que tratar bien a los animales.
Cuando pensabas que no te miraba
preparaste un pastel de cumpleaños para mí, y me di cuenta de que los detalles así pueden significar mucho.
Cuando pensabas que no te miraba
hiciste una oración, y supe que hay un Dios con el que siempre puedo hablar.
Cuando pensabas que no te miraba
me diste un beso de buenas noches, y me sentí amada.
Cuando pensabas que no te miraba
vi lágrimas en tus ojos, y aprendí que a veces hay cosas que duelen, pero que llorar no es malo.
Cuando pensabas que no te miraba
observé tus desvelos por mí, y decidí llegar lo más lejos posible en esta vida.
Cuando pensabas que no te miraba
miré… y quise darte las gracias por todo lo que había visto cuando pensabas que no te miraba.
Mary Rita Shilke Korazan

Cómo criar hijos buenos en un mundo malo

El mundo actual abunda en mensajes confusos e imágenes perturbadoras para el niño. A medida que los hijos crecen uno puede llegar a preguntarse cómo puede enseñarles a ser amorosos, obedientes, respetuosos y positivos cuando viven inmersos en un mundo que es todo lo contrario. Las películas, la televisión, los videos, los juegos de computador, la publicidad, la música, la Internet y las malas compañias contribuyen a extender el desbarajuste moral que afecta tan negativamente a los pequeños. Muchas de las influencias a las que se ven sometidos no solo no les enseñan valores acordes con los preceptos divinos, sino que fomentan en ellos actitudes y patrones de conducta erróneos.

No es de extrañar que los noticieros den cada vez más cuenta de casos de menores que han cometido delitos horripilantes, en muchos casos sin el menor remordimiento. Paralelamente, cada vez se culpa más —y en algunos casos se hace legalmente responsables— a los padres de las fechorías de sus hijos. Paradójicamente, aunque se responsabiliza más a los padres, al mismo tiempo se les socavan los derechos y potestades tradicionales para corregir a sus hijos y ejercer autoridad sobre ellos. Después del trágico incidente ocurrido en un colegio secundario de Littleton (Colorado, EE.UU.) en abril de 1999, en el que dos alumnos mataron a tiros a doce compañeros y una profesora y luego se suicidaron, el columnista Don Feder escribió:

A excepción de la Asociación Nacional de Tiro, ninguna otra institución ha sido más objeto de críticas que la familia a raíz de la matanza de Littleton. «¿Dónde estaban los padres?», claman muchos a voz en grito. Los consejos liberales sobre la educación de los hijos constituyen una mezcolanza de contradicciones: Vigile a su hijo, pero no se meta en su vida privada. Críelo de forma que se conduzca decentemente y respete los derechos ajenos, pero no lo discipline. Mientras nos sermonea sobre nuestras obligaciones, la élite ha creado una cloaca cultural en la que los jóvenes tienen que mantenerse a flote como puedan, si es que pueden. […] Cuando la preocupación de los padres los lleva a tratar de proteger a sus hijos de los aspectos más insidiosos de la juventud, se los tilda de censores y autoritarios, y se les dice que sus métodos represivos suscitarán una reacción por parte de los jóvenes. […] Los padres tienen la batalla perdida. Se les pide lo imposible: que encaucen a sus hijos sin disciplinarlos, que ejerzan vigilancia y control sin pisotear los derechos de un hijo de 12 años, todo ello en el contexto de una cultura que socava la autoridad paterna y seduce a los hijos apelando a sus más bajos instintos («A los padres se les pide lo imposible», Jewish World Review, abril de 1999).

¿Qué pueden hacer los padres para conducir a sus hijos a un terreno moral seguro? La Biblia nos da muchas pautas al respecto. Dios promete que si inculcamos a nuestros hijos valores cristianos desde que son pequeños, cuando crezcan y se hagan cargo de su vida continuarán por la buena senda. ¿Por dónde se comienza? Enséñales a amar a Dios y al prójimo para que aprendan a tomar decisiones acertadas y se conviertan en hijos que te enorgullezcan.

Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él (Proverbios 22:6).

La Biblia dice también que el niño al que no se corrige ni instruye termina por avergonzar a sus padres (Proverbios 29:15). Dios ha encomendado a los padres el deber de participar activamente en el proceso de aprendizaje de sus hijos y de corregirlos sobre la marcha. A veces no sabemos bien cómo corregir e instruir a nuestros hijos. Si ese es tu caso, sigue leyendo.

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