Consejos para fomentar el buen comportamiento

Los niños necesitan —y aprecian— un patrón de conducta claramente definido. En muchos casos, el mal comportamiento es uno de los medios de que se vale el niño para exigir que se le indique el camino. A continuación reproducimos algunos métodos básicos de probada eficacia:

1. Establecer límites bien definidos

Hay que dejar claramente sentado lo que se les permite hacer a los niños en casa y fijar castigos razonables por incumplir esas pautas.

Aunque no se pueda intervenir mucho en lo que sucede fuera de casa, se pueden fijar normas de comportamiento aceptables dentro del hogar.

2. Crear una comunicación franca y sincera con los hijos

Cuando existe una comunicación abierta entre padres e hijos hay más posibilidades de saber lo que hacen cuando están fuera. Lo ideal es que se sientan con confianza para contar cualquier cosa. Aunque no siempre se esté de acuerdo con ellos ni se les permita hacer todo lo que quieran, deberían confiar con toda tranquilidad en los padres.

El secreto para establecer esa comunicación es aprender a escuchar. Uno de los mejores regalos que se pueden hacer a los hijos es demostrar un sincero interés en lo que les sucede, prestándoles toda la atención siempre que haga falta. Al escucharlos concentradamente les estamos diciendo que queremos entenderlos y ayudarlos, que consideramos que vale la pena escucharlos, que queremos que sepan que tenemos fe en ellos y que siempre pueden contarnos sus cosas porque los amamos.

Hazles preguntas. Eso no sólo da resultado con los niños, sino con cualquiera. Al hacerles preguntas los ayudas a abrirse y les demuestras que te interesas y preocupas por ellos. Hay que motivarlos a hablar, y cuando ellos hacen preguntas, hay que tener cuidado para no filosofar demasiado ni pontificar, ni aparentar ser algo que no se es. No pierdas la sencillez. Trátalos con amor y comprensión. Y evita darles consejos que tú no aplicarías. Conviene aprender a dar los consejos y respuestas de la forma que les resulte más fácil aceptarlos.

Naturalmente, antes de animar a un hijo a contarlo todo, conviene estar preparado para escucharlo sin arribar precipitadamente a conclusiones ni ponerse frenético. De otro modo probablemente se arrepentirá de haberse sincerado. Aunque el asunto amerite una amonestación o un castigo, no es conveniente aplicárselo en el momento, sino tomarse un tiempo para pensarlo. (Al fin y al cabo, de no haberlo contado, no estaría llevándose un sermón o un correctivo en ese momento.) Se le puede decir que nos tomaremos un rato para pensarlo y orar al respecto, pero no hay que dejar de elogiarlo por sincerarse. Conviene abordar la cuestión como un problema que hay que resolver juntos, o del cual pueden extraer enseñanzas los dos. Sea lo que sea, será más fácil superarlo —y más llevadero para los dos— si se logra preservar el vínculo de confianza.

Si queremos que los hijos se sinceren con nosotros, también debemos sincerarnos nosotros con ellos. A los niños les alivia mucho ver que sus padres no son perfectos. (Además, ¡con toda seguridad ya se habían dado cuenta!) Al reconocer con franqueza nuestros errores y debilidades, les damos ejemplo de humildad y franqueza, y eso no hará más que incrementar su amor por nosotros.

3. Buscar un término medio entre lo permitido y lo prohibido

Ayuda mucho pedir a Dios que nos ilumine para determinar qué actividades son inocuas, cuáles hay que vigilar y limitar, y cuáles es necesario prohibir.

Es menester buscar un término medio en cuanto a lo que se les permite hacer a los hijos, sobre todo cuando están fuera de casa. Es posible que no se consiga nada prohibiéndole totalmente cierta actividad a un niño mayor o un adolescente; eso podría motivarlo a rebelarse y hacerla a hurtadillas. Tal vez sea más conveniente acordar unos límites razonables con él y hacerlos valer.

4. No escandalizarse demasiado por las apariencias

No hay que asustarse de un comportamiento que, aunque se salga de la norma, no sea necesariamente malo o perjudicial. Si nos mostramos tolerantes con cosas que quizás no sean de nuestro gusto pero en esencia sean inocuas, es muy probable que los hijos nos obedezcan cuando nos plantemos firmes con otras que estén mal.

Aunque no nos guste la forma en que se viste nuestra hija de doce años, para ella esa no es la cuestión de fondo. Lo importante para ella es contar con la aceptación de los de su edad. Viene bien pedirle a Dios que nos ayude a ver más allá de las apariencias y nos dé paciencia y autocontrol para dejar pasar asuntos de relativamente poca monta.

5. Permitir cierto grado de experimentación

No toda la experimentación es mala; cumple una función importante en el proceso de maduración. No conviene tomárselo a la tremenda cuando los hijos mayores dicen o hacen cosas que nos parezcan impensables. Muchas veces se empeñan en escandalizar por puro gusto, para tomar el pelo. Si les demostramos que somos capaces de reaccionar sin alarmarnos, muchas cuestiones se resolverán por sí solas.

6. Hacerles saber a los hijos que uno los ama incondicionalmente

Un niño cuya necesidad de amor y atención está satisfecha en casa suele comportarse mucho mejor. Es preciso garantizar a los hijos que se los seguirá queriendo hagan lo que hagan y que siempre pueden contar con nosotros. Parte de ese cariño consiste en no dejarles hacer cosas que sabemos que son perjudiciales, pero dándoles al mismo tiempo la seguridad de que nunca dejaremos de quererlos. Cuando nos ponen a prueba y descubren que nuestro amor por ellos no mengua aunque nos contraríen, se sienten más seguros. Así es más probable que la próxima vez se planten firmes ante las presiones sociales negativas y tomen buenas decisiones.

7. Aceptar a las amistades de los hijos

Si te ganas el respeto y la amistad de los amigos de tus hijos, es posible que se aficionen a juntarse en tu casa. Tal vez se incrementen el nivel de ruido y el gasto en alimentación, pero al menos tendrás paz sabiendo dónde están tus hijos y en qué andan. Si en general aceptas a sus amigos, cuando tengas que poner límites a su relación con alguno que tenga mala influencia en ellos, se mostrarán más dispuestos a acceder a tus deseos.

8. Minimizar las influencias malsanas

Mientras tus hijos sean pequeños y seas tú quien tiene en la mano el control remoto, escoge para ellos películas, programas de TV, música y juegos de computadora que sean sanos. Es posible que más tarde se rebelen o se sientan atraídos por otros menos sanos, pero al menos les habrás dado un buen cimiento.

Se debe hablar de esas actividades recreativas con los hijos mayores y, en tanto que sea posible, tomar decisiones conjuntas. Si entienden y respetan los motivos por los que se les prohíben ciertas cosas, es más probable que los respeten cuando no estemos presentes. Lógicamente, es importante proporcionarles actividades alternativas que sean entretenidas y a la vez edificantes.

9. Enseñarles a tener convicciones firmes

Para plantarse firmes ante las influencias negativas y las presiones sociales, los hijos tienen que saber explicar y defender lo que creen, lo que consideran correcto o aceptable y por qué lo es. Aunque no siempre coincidan en todo con nosotros, si entienden nuestra postura con relación a ciertos asuntos y ven que tenemos convicciones, tenderán más a ir contra la corriente de la presión social negativa. Además les ayudará a explicar nuestras creencias a sus amigos.

Es de esperar que los hijos no siempre obren con acierto en las situaciones difíciles, pero se los debe elogiar cuando muestren la convicción para hacerlo. Hay que hacerles saber que se entiende lo difícil que resulta y se está orgulloso de ellos.

10. Enseñarles a ser considerados

A todo el mundo le agradan los niños educados y considerados. Pero muchos no se dan cuenta de la cantidad de tiempo que tienen que invertir sus padres para que sean así. El ejemplo de amabilidad y consideración que se les dé es muy importante. La forma en que tratamos a los demás, sobre todo a los hijos, influye mucho en la forma en que ellos tratan a terceros. Conviene que analices cómo te diriges a ellos. Pregúntate: «¿Cómo me sentiría si alguien me tratara o se dirigiera a mí de la forma en que yo lo estoy haciendo con mi hijo en este momento? ¿Tengo en cuenta la forma en que me dirijo a otros delante de él o donde pueda escucharme? ¿Me río de él o hago chistes acerca de él que podrían humillarlo?»

Los niños suelen discutir mucho entre ellos. Se contradicen, ridiculizan y critican unos a otros. A veces discuten por discutir o tratan de demostrar su superioridad humillándose mutuamente. Es importante enseñarles que no está bien considerarse superiores a los demás.

Es frecuente que los niños mayores menosprecien a sus hermanos más pequeños. A veces necesitan ayuda para darse cuenta de cómo hacen que se sientan los demás con lo que dicen. Hay que enseñarles qué clase de comentarios lastiman o humillan. Hay que preguntarles cómo se sentirían ellos si se volviera la tortilla y fueran objeto del mismo tratamiento, o ponerles un ejemplo para hacérserlo entender. Explícales: «Tu hermano pequeño ya piensa que no es tan bueno como tú y que tú sabes más que él. Es verdad que tú sabes más y puedes hacer las cosas mejor. Por eso, tienes que enseñarle y animarlo a mejorar y superarse». Un niño mayor no debe remedar los errores de sus hermanos menores, ya que puede avergonzarlos o agravar el problema en vez de corregirlo.

Si no se los instruye y corrige, los niños pueden ser muy hirientes con personas que tienen impedimentos físicos notorios, sobre todo otros niños. Es muy importante que aprendan desde pequeños qué cosas no hay que decir y en qué casos es preferible hacer caso omiso del defecto.

Hay que enseñar a los hijos a tratar a los demás como les gustaría que los trataran a ellos si padecieran el mismo problema o se vieran en la misma situación embarazosa. En general, cuando un niño se da cuenta de que sus actos duellen a los demás, tiene más cuidado con lo que dice y hace y los trata con más consideración.

Cuando no se sabe qué hacer…

Cuando un niño exhibe una conducta gravemente errónea, por lo general hay una causa subyacente. Tal vez se siente inseguro y por eso obra mal para llamarnos la atención y conseguir que le reafirmemos nuestro cariño. Puede que esté molesto por algo que le pasó en el colegio. Quizás está poniendo a prueba los límites que hemos fijado para ver si vamos a exigir que los respete. Tal vez sea hora de cambiar algunas reglas a fin de darle más espacio para madurar. En todo caso, es importante averiguar por qué se porta mal y cómo podemos ayudarlo a encarrilarse. La mayoría de los malos hábitos no se corrigen por sí solos, y no es muy común que un niño sea capaz de hacerles frente por su cuenta. En muchos casos ni él mismo sabe lo que le pasa. Necesita el amor y orientación de sus padres.

Es deber nuestro darle la formación que necesita. Nuestra labor abarca mucho más que consolarlo cuando se cae y encargarnos de que esté bien alimentado y se lave los dientes. Tenemos la obligación de impartirle también formación espiritual. La piedra angular de dicha labor es una disciplina impartida con amor y constancia, gracias a la cual aprenda a tener temor de Dios y respeto por Su Palabra y Sus instrucciones y a amar al prójimo.

La mejor forma —en realidad la única— de saber lo que necesita un niño y cómo ayudarlo es preguntárselo al Señor. La clave para realizar bien nuestra labor, aparte de estar llenos del amor de Dios, es aprender a pedirle las soluciones a nuestros problemas. Jesús siempre conoce el remedio idóneo. El hecho de contar con Su asistencia alivia enormemente nuestra carga. Sabemos que siempre podemos acudir a Él en oración y que nos dará la orientación que necesitemos.

Si un hijo tuyo está pasando por una etapa difícil desde hace semanas, meses o incluso años y estás empezando a perder la paciencia —o incluso si ya la perdiste al cabo de dos minutos—, puedes pedirle ayuda a Jesús. Comparte con Él tu carga; Él tiene mucha paciencia. Y como es muy paciente con nuestras faltas y errores, nos ayuda a tener paciencia con los de nuestros hijos. Cuando estamos a punto de perder los estribos, podemos pedirle paciencia y amor. Si recurrimos a Él, Su Espíritu nos serenará, nos dará soluciones y nos ayudará a capear todo temporal de dificultades que surja. Puede llenar nuestro corazón y nuestros pensamientos de Su amor, y así ayudarnos a tener una paciencia que supere nuestra capacidad natural.

Lo que aprende un niño
Si un niño convive con las críticas
aprende a condenar.
Si convive con la hostilidad
aprende a pelear.
Si convive con el escarnio
aprende a ser tímido.
Si convive con la vergüenza
aprende a sentirse culpable.
Si convive con la tolerancia
aprende a tener paciencia.
Si convive con el estímulo
aprende a tener confianza.
Si convive con el elogio
aprende a apreciar.
Si convive con la equidad
aprende el concepto de justicia.
Si convive con la aprobación
aprende a tener autoestima.
Si convive con la aceptación y la amistad
aprende a encontrar amor en el mundo.
Dorothy Law Nolte
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