Epílogo: La fuente de la fortaleza

¡Niños! Niños encantadores, niños estupendos, niños traviesos, niños felices. Si tienes hijos, seguramente te habrán cambiado la vida. Ello obedece entre otras cosas a la gran necesidad que tienen de ti. De pequeños son muy desvalidos y dependen enteramente de nosotros. Poco a poco van creciendo, pero de todos modos, nos necesitan y acuden a nosotros en busca de ayuda y de respuestas, al menos hasta que se hacen más mayores y se van independizando.

La Palabra de Dios dice que debemos ser como niños para entrar en el Reino de los Cielos. Viendo cuánto dependen los niños de sus padres cuando son pequeños, comprendemos un poco mejor a qué se refiere Dios y cómo quiere que nos relacionemos con Él. Nuestros pequeños creen en nosotros y nos aceptan; confían y dependen ciegamente de nosotros para que les proporcionemos ayuda y orientación. Acuden a nosotros para todo. A medida que crecen, se hacen más independientes y se muestran menos dispuestos a aceptar nuestra ayuda. Más bien tratan de resolverlo todo por su cuenta. En muchos casos quieren ver todo lo que son capaces de hacer sin nosotros, aun antes de estar en condiciones de hacerlo. En momentos así, uno desearía que vinieran a pedirle ayuda y consejos, que se dieran cuenta de que no tiene nada de malo necesitar y pedir ayuda, que es normal no saberlo todo ni ser capaz de hacerlo todo por cuenta propia.

Nuestro Padre celestial anhela lo mismo de nosotros: que tomemos conciencia de nuestras limitaciones y de que necesitamos Su ayuda y consejos. Por eso nos envió a Su Hijo Jesús. Quiere que en lugar de seguir a trompicones, tratando de resolverlo todo por nuestra cuenta, sin ayuda de nadie, acudamos a Jesús, que seamos como niños que acuden a sus padres para que les brinden la ayuda y las soluciones que necesitan. Y Jesús puede hacer mucho más por nosotros que nosotros por nuestros hijos. Puede darnos luz y amor, la salvación y la promesa del Cielo, Su Reino eterno de gozo y felicidad, donde formaremos parte de Su familia celestial para siempre.

La asistencia más grande que puedes brindar a tus hijos es la de convertirte en un niño tú mismo, aprender a confiar en Jesús y dejar que Él te tome de la mano y te lleve hacia la vida eterna. A medida que aprendas a confiar en el Señor, seguirlo, abrirle tu corazón y tu vida y recibir Sus consejos y Su Palabra, tu vida se verá transformada. Jesús no solo te dará la vida eterna, sino que velará por ti y te proveerá lo que necesites, incluso lo que te haga falta para cuidar y orientar debidamente a tus hijos.

Si aún no has aceptado a Jesús en tu vida, es muy fácil. Basta con que acudas a Él ahora mismo y como un niño pequeño le pidas que te tienda la mano, entre en tu corazón y te ayude a hacer frente a las dificultades. A continuación reproducimos una breve oración que puedes rezar por tu cuenta o con tus hijos:

Jesús, te ruego que me perdones por las veces en que no trato a los demás con mucho amor ni mucha consideración. Perdóname los errores que he cometido y dame el don de la vida eterna. Quiero compartir mi vida contigo. Haz morada en mi corazón para que pueda ser más como Tú en todo lo que piense, diga y haga. Ayúdame a desempeñar lo mejor posible la misión que me has encomendado de cuidar y formar a mis hijos. Amén.

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