Pautas de disciplina

Disciplina significa: «Instrucción de una persona, especialmente en lo moral» (D.R.A.E.). En otras palabras, es la formación con la que se procura modelar el carácter o la conducta. A la luz de esto, la mejor disciplina es la que ayuda al niño a aprender y evita que caiga otra vez en los mismos errores. Esto no implica severos castigos corporales. Hay muchas formas de corregir a un niño sin maltratarlo ni hacerle daño. Se le pueden asignar más tareas, prohibirle que salga, castigarlo privándolo de ciertas actividades o exigirle que haga algo para remediar el perjuicio causado por su mala acción. La disciplina aplicada con amor y buen criterio le transmite al niño un mensaje sin hacerle daño, ni física ni emocionalmente.

Con todo, en el momento de administrarse, la disciplina es difícil, tanto para el niño como para sus padres. Exige convicción por parte de estos; pero si se administra con buen tino, a la larga tanto padres como hijos son más felices y se benefician de una relación más estable y gratificante (Hebreos 12:11). Conviene reducir al mínimo las situaciones que ameriten una medida disciplinaria haciendo que les resulte lo más fácil posible a los niños cumplir las reglas.

Dice la Biblia que la necedad está ligada en el corazón del muchacho; pero cuando lo corregimos lo ayudamos a adquirir autocontrol y a evitar caer en otras actividades imprudentes que podrían ser aún más graves o peligrosas (Proverbios 22:15).

Para disciplinar eficazmente a un niño, tenemos que estar firmemente convencidos nosotros mismos de lo que está bien. La Palabra de Dios es un patrón confiable por el que nos podemos guiar. Ha soportado la prueba del tiempo con mejores resultados que las opiniones de presuntos expertos de la actualidad y que los criterios personales de muchos. El nivel de obediencia que exijamos a nuestros hijos debe ser un patrón que nosotros mismos respetemos, una meta que nos esforcemos por alcanzar y nos conduzca a una vida más feliz, fructífera y armoniosa. (Para familiarizarse con lo que dicen las Escrituras sobre el particular, se puede leer el apartado Versículos sobre la crianza y formación de los hijos del libro ¿De dónde sacar fuerzas?, de esta misma colección.)

A continuación damos unas pautas generales que conviene tener en cuenta al disciplinar a los niños.

1. No saques conclusiones precipitadas

«Es muy tonto y vergonzoso responder antes de escuchar» (Proverbios 18:13 TLA). Cuando surge un problema, es importante escuchar las versiones de todos los afectados antes de aplicar un correctivo o castigo. Siempre hay como mínimo dos versiones, y no todo es siempre como parece a simple vista. El hecho de que nos molestemos en escuchar a nuestros hijos, además de ayudarnos a averiguar lo que pasó, aumenta el respeto que nos tienen y nos ayuda a tomarnos las cosas con calma y orar para ver la situación con los ojos del Señor.

2. La disciplina debe ser proporcional a la falta y a la edad del niño

Las reglas muy permisivas casi nunca se obedecen, y las que se pasan de estrictas casi nunca se aplican. No se deben imponer reglas tan estrictas que los hijos no las puedan cumplir. En ese caso, es probable que se vuelvan rebeldes y las rechacen por completo.

Tampoco es justo exigirle lo mismo a un niño pequeño que a uno mayor. Por ejemplo, si instituyes una regla según la cual a la hora de cenar hay que quedarse sentado en silencio hasta que todos hayan terminado, sería ilógico esperar que Tomás, de dos años, la cumpla al pie de la letra en la misma medida que María, que tiene 10. O si María se porta mal en público contigo, es probable que te respete más y que acepte mejor la corrección si esperas a hablar con ella en privado. En cambio, en el caso de Tomás, si esperas a llegar a casa probablemente habrá olvidado el asunto, no entenderá por qué lo castigas y pensará que es una injusticia.

Otro ejemplo: Un gráfico fijado a la pared con estrellas para premiar el buen comportamiento y caritas tristes para reprobar el malo daría buen resultado con Tomás. Un niño más pequeño no lo entendería, y a María le parecería muy infantil.

3. Establece reglas y castigos

Hay que establecer reglas y los correspondientes castigos por su incumplimiento. Así los niños saben a qué atenerse y es menos probable que reaccionemos exageradamente cuando se portan mal.

Los niños necesitan límites y tienen que saber qué les pasará si los traspasan. Si tales consecuencias están claramente definidas, es más fácil reaccionar con calma y ecuanimidad, lo cual redunda en beneficio de todos.

Pongamos por caso que les prohíbas a los niños correr en la casa y les expliques que si lo hacen les harás quedarse tres minutos sentados. Tomás, de dos años, está emocionado por algo, pasa por la sala corriendo, tropieza y tumba tu planta preferida. Tú te enojas y tienes ganas de aplicarle un castigo que nunca olvide. Pero ¿se lo merece? Si sabes que el castigo son tres minutos sentado, es menos probable que tengas una reacción de la que después te arrepientas.

El mejor momento para fijarles límites a los niños es cuando ninguno de ellos haya cometido una fechoría y estemos tranquilos. Conviene escoger un sitio cómodo, tal vez hasta servir una merienda para que el clima sea más relajado, y conversar sobre las normas que han de regir en la casa. Si se tienen niños de edades bastante dispares, probablemente convenga hablar por separado con los pequeños y con los grandes.

Naturalmente, lo ideal es que los niños entiendan la necesidad de cada regla y acepten el castigo correspondiente por infringirla. Primero se pueden enumerar las reglas, y luego decidir los castigos. Eso ayuda a ver las cosas objetivamente y a reservar los castigos más severos para las faltas graves.

Es preferible que los propios niños confeccionen la lista, o al menos un bosquejo de ella. Puede que sorprenda descubrir que cuando se encomienda a los hijos la misión de ser sus propios jueces se fijan a veces niveles de exigencia más altos y estrictos que los que uno les impondría. No obstante, si se ve que son demasiado estrictos, conviene moderar sus exigencias.

Hijo, voy a decirte esto mientras duermes con una manita bajo la mejilla.
Hace unos minutos, mientras leía el diario, me asaltó el remordimiento y decidí venir a verte.
Esto es lo que pensaba, hijo: He estado enojado contigo. Te regañé cuando te vestías para ir a la escuela porque apenas te mojaste la cara con la toalla. Te llamé la atención por no limpiarte los zapatos. Te grité porque tiraste algo al suelo.
Durante el desayuno también te reñí. Manchaste el mantel. Engulliste la comida. Pusiste los codos en la mesa.
Cuando salías a jugar y yo me iba a trabajar, te diste la vuelta y me saludaste con la mano diciendo:
—¡Adiós, papito!
—¡Ponte bien derecho! —te respondí.
Por la tarde pasó lo mismo. Al acercarme a casa te vi de rodillas jugando a las canicas. Tenías los pantalones agujereados. Te humillé ante tus amiguitos al hacerte entrar en casa.
—Los pantalones son caros, y si tuvieras que comprártelos tú, no gastarías las rodillas arrastrándote por el suelo.
¿Cómo puede un padre decirle eso a su hijo?
Más tarde, mientras yo leía, entraste tímidamente en el cuarto con una expresión dolida, ¿te acuerdas? Cuando levanté la vista, molesto por la interrupción, te quedaste vacilando en la puerta.
—¿Qué quieres? —te dije bruscamente.
 No me respondiste, pero cruzaste corriendo la habitación y en un gesto apasionado me echaste los brazos al cuello y me diste un beso.  Me estrechaste entre tus bracitos con un cariño que Dios ha hecho florecer en tu corazón y que ni aun mi abandono ha logrado marchitar. Luego desapareciste escaleras arriba.
Pues bien, hijo, poco después se me cayó el periódico de las manos y me sentí fatal. Me di cuenta de que he adquirido la terrible costumbre de censurarte, de desaprobar lo que haces. Así te premio por ser niño. No es que no te quiera; es que te exijo demasiado por la edad que tienes. Te juzgo como si tuvieras los mismos años que yo.
Por otra parte, tu amor por mí es tan grande, tan intenso y tan imparable como el amanecer. Me lo demostraste con tu besito espontáneo de buenas noches.
Así que he venido a arrodillarme al lado de tu camita en la oscuridad, lleno de vergüenza. Es lo único que se me ocurre hacer como desagravio.
Mañana seré un buen papá. Jugaré contigo y me enteraré de tus alegrías y tus tristezas. Me morderé la lengua cuando afloren a mis labios palabras impacientes. Me acordaré de que eres un niño pequeño, y no te exigiré demasiado.
Adaptación de un texto de W. Livingston Larned

4. Que las reglas sean pocas, sencillas y claras

Cuantas menos reglas estrictas haya, mejor. Eso es lo que ha hecho el Señor con nosotros. Lo simplificó muchísimo diciendo: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, toda tu alma y toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas» (Mateo 22:37-40). En realidad es una sola regla: «Amarás». Si enseñamos a nuestros hijos a regirse por el amor, prácticamente no hará falta ninguna otra regla.

Es conveniente pedirle a Dios buen tino para saber qué reglas son necesarias y cuáles no (Santiago 1:5). Es mucho mejor contar con unas pocas reglas importantes y adherirse a ellas que tener una extensa lista de normas detalladas que ni los padres ni los hijos son capaces de observar.

5. Cumple lo estipulado

Debes enseñarles a tus hijos que lo que dices va en serio. Es mejor no prometer un castigo que prometerlo y no cumplirlo. Si les adviertes a los niños que no hagan tal o cual cosa y les explicas que si desobedecen los castigarás, puede que desobedezcan para ponerte a prueba. Y si no cumples el castigo, lo intentarán otra vez. Si les permites que se salgan con la suya una y otra vez, tu autoridad sobre ellos se verá menoscabada.

Naturalmente, eso no significa que no vayan a desobedecer si aplicas las consecuencias previamente acordadas. Algunos niños necesitan aprender un concepto varias veces para que se les grabe la enseñanza. Pero al ponerles límites firmes, se consigue que aun esas pruebas se conviertan en oportunidades de madurar en vez de que el niño simplemente averigüe hasta dónde y con frecuencia pueda salirse con la suya. Una vez que se dé cuenta de que, en efecto, tendrá que afrontar las consecuencias de sus acciones, lo más probable será que mejore su comportamiento.

6. Sé constante

No hay peor disciplina que una disciplina irregular. ¡Eso no es disciplina ni es nada! Debes ser fiel a tu palabra y ejecutar la sentencia con amor, paciencia y oración. Sé franco, justo, amoroso, firme y constante.

Que se esté de buen o de mal humor no debe afectar en absoluto la corrección que se les imparta a los hijos. Si no, en vez de aprender buenos principios, solo aprenderán a andarse con cuidado en nuestra presencia. Se aprovecharán de nosotros cuando estemos de buen humor y evitarán nuestra presencia cuando estemos de mal humor.

En circunstancias excepcionales, el Señor puede indicarte que no apliques un castigo acordado previamente con tus hijos. Eso probablemente solo ocurrirá muy de vez en cuando, pero puede suceder, así que es importante pedirle al Señor que te ayude a decidir atinadamente en cada caso.

7. Obra con justicia

Pocas cosas socavan más la relación entre padres e hijos que el resentimiento y la desconfianza que alberga un niño injustamente castigado. Lo que convierte esto en algo tan riesgoso es que, dependiendo de su madurez, su concepto de justicia puede diferir sustancialmente del de sus padres. Pero es igual de fuerte y, a su modo de ver, igual de válido. ¿Qué hacer entonces?

No hay que sacar conclusiones precipitadas. Hay que darle al niño oportunidad de explicar su postura y procurar ver el asunto desde su punto de vista. Si nos tomamos un tiempo para evaluar su versión, estaremos en mejor situación para juzgar el asunto con equidad. Y al ver que nos esforzamos por ser comprensivos y justos, nos tendrá más respeto y valorará más nuestro discernimiento.

Una forma de ayudarlo a entender tu punto de vista es tomarte un rato —antes o después de aplicarle la medida disciplinaria— para explicar qué fue lo que salió mal. A veces los niños se enfrascan tanto en algo que no se dan cuenta de lo que hacen. Un niño entusiasmado con una idea es capaz de pisar la alfombra nueva de la sala con las botas llenas de barro y no darse cuenta. El hecho de que te tomes unos momentos para explicarle su error y el motivo por el que tienes que castigarlo según lo acordado, verificando que ha comprendido bien lo que pasó, contribuirá mucho a que sienta que se lo ha tratado con justicia.

Una debilidad humana en la que caen a veces los padres y cuidadores de niños es mostrar favoritismo hacia algunos. Es fácil ser más indolente con la niña chiquita y bonita que con el niño travieso. Las reglas pueden servir para constatar si se obra con equidad. ¿Cómo reaccionamos al aplicar correctivos a diversos niños? Lógicamente, también hay que tener en cuenta que cada niño tiene una personalidad y un temperamento distinto. Algunos son tozudos y se resisten a la disciplina; otros son más dóciles. A algunos se los puede tratar con mano blanda; otros requieren una mano firme. Hay que procurar apartarse un poco de la situación y serenarse respirando hondo. Tómate unos momentos de tranquilidad y pídele al Señor que te ayude a ver las cosas con ecuanimidad.

8. No conviene disciplinar cuando se está alterado

Uno de los errores más graves que se pueden cometer es aplicar un castigo más severo del que amerita la falta.

Aunque es normal enojarse con un niño cuando se ha portado mal, hay que darse un poco de tiempo para calmarse antes de aplicar una medida disciplinaria. Si es muy pequeño y necesita un correctivo de inmediato, pero no te sientes capaz de reaccionar con paciencia y objetividad, pídele a tu cónyuge que le aplique el castigo. Si no hay nadie que lo pueda hacer por ti, puedes pedir al niño que se quede un rato en silencio para reflexionar sobre su conducta. Durante ese tiempo procura serenarte y pregúntale al Señor qué debes hacer.

Disciplinar con ira generalmente es injusto para con el niño y puede invalidar los efectos beneficiosos del correctivo. Él piensa que sus padres lo han castigado porque están enojados y no porque haya incurrido en una falta. Para él, la cuestión de fondo termina siendo la reacción de sus padres. No entiende la enseñanza derivada del error cometido, y en consecuencia es muy posible que se resienta del castigo.

9. Reitérales a tus hijos tu amor y tu confianza en ellos

Los niños necesitan amor, y más cuando no parecen merecerlo. Necesitan saber que se los ama incondicionalmente, y que aunque se hayan portado mal sus padres siguen siendo sus padres y no pierden la fe en ellos.

Nunca hay que olvidarse de manifestarles una medida mayor de amor y dirigirles palabras de aliento después de corregirlos o de aplicarles una medida disciplinaria. Hay que abrazarlos, hacer algo interesante con ellos o decirles lo mucho que los apreciamos y lo orgullosos que estamos de ellos cuando se esfuerzan por obrar bien. Por último, diles que tienes la seguridad de que la próxima vez actuarán con más acierto. Ese puede ser el factor que determine si se quedan desalentados y resentidos, o bien contentos, motivados y deseosos de complacer.

Manifestar fe en el niño y animarlo constituye una parte importante de la disciplina, porque es un aspecto muy importante del amor. Los hijos serán más felices y se apegarán más a las reglas si los motiva más el amor que el miedo al castigo. Ese debe ser el objetivo. De otro modo, si solo se portan bien por temor al correctivo, es posible que en cuanto estemos fuera de vista sigan haciendo lo que les dé la gana.

Al manifestarles amor y fe los motivamos a comportarse y a hacer el bien porque tienen una noción interior del bien y del mal y porque quieren retribuir el amor que les hemos demostrado, y también el amor de Dios. Esa es en realidad la mejor motivación que pueden tener en la vida: el deseo de complacer al Señor.

10. Concluye la acción disciplinaria con una oración

Hay que animar a los niños a pedir perdón cuando se portan mal, tanto a Jesús como a sus padres. Nunca hay que dejar de hacer una breve oración con ellos después del correctivo, decirles que los perdonas y recordarles que Jesús también los perdona. «Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides ninguno de Sus beneficios. Él es quien perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus dolencias» (Salmo 103:2,3).

¿Cuándo queremos a los hijos?
Cuando los hijos son muy buenos
amarlos es normal;
pero no los queremos menos
cuando se portan mal.
Los queremos cuando persiguen
nuestro afecto sincero,
y aún más cuando se resisten
a que se lo expresemos.
Los queremos si nos ofenden.
La razón, ¿cuál será?
Es algo que sólo comprende
quien también es papá.
Richard Armour
Oración de una madre
Padre celestial, te pido que hagas de mí una mejor madre. Ayúdame a entender a mis hijos, a escucharlos con paciencia y responder a todas sus preguntas con amabilidad. Que no los interrumpa ni contradiga. Ayúdame a actuar con ellos con la misma consideración que les exijo. No permitas que me ría jamás de sus errores, ni que me burle de ellos o los ponga en ridículo cuando me disgusten. Que no los castigue nunca por motivos egoístas ni para demostrarles mi autoridad.
Ayúdame a no tentarlos a robar ni a mentir. Y guíame hora tras hora para que les demuestre con todas mis palabras y acciones que la sinceridad es el origen de la felicidad.
Te pido que atenúes mi mal carácter, y que cuando esté de mal humor me ayudes a refrenar la lengua.
Que no olvide jamás que son niños y que no debo esperar que tengan el sentido común de las personas adultas.
Que no les prive de la oportunidad de tomar decisiones por su cuenta.
Bendíceme con grandeza para acceder a todos sus pedidos razonables, y con valor para negarles los privilegios que en mi opinión les resultarían perjudiciales.
Hazme imparcial, justa y bondadosa. Y hazme digna de ser amada, respetada e imitada por ellos. Amén.
Abigail Van Buren
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