Cómo enseñar a niños de edad preescolar

Importancia del aprendizaje temprano

El segundo y el tercer año de la vida de un niño constituyen probablemente una de las etapas más difíciles para los padres y puericultores. El bebito ha crecido y tiene mayor capacidad para explorar el mundo que lo rodea. Como es natural, cuando un chiquillo alcanza ya los 3 ó 4 años su desarrollo motor está mucho más avanzado, pero también suele aceptar encantado toda la atención y enseñanza que se le dispense.

Huelga mencionar la importancia que tiene la educación temprana. Actualmente se ha llegado al consenso de que, para cuando un niño cumple cinco años, ya ha aprendido más de la mitad de lo que aprenderá en toda su vida. Por eso es fundamental empezar a enseñarles cosas pronto, así como enseñarles las cosas apropiadas en esos primeros años tan formativos.

Todos los días son importantes, porque el aprender cosas nuevas todos los días es la principal ocupación de los niños pequeños. Normalmente aprenden mucho más si cuentan con la guía de una persona mayor que si se los deja descifrar las cosas totalmente por su cuenta. Los aspectos principales en los que conviene concentrarse son el desarrollo motor, el del lenguaje y una gran variedad de destrezas de índole práctica.

No se trata de sobrecargar a los niños pequeños con tediosas sesiones a fin de prepararlos para cuando comiencen a ir a la escuela. Sin embargo, es sorprendente la base que se puede cimentar en esos primeros años. Nunca se debe obligarlos a aprender algo que no quieran aprender, pero en seguida se descubre que son muy pocas las cosas en las que no muestran interés. Por lo general se los ve de lo más felices y contentos cuando están aprendiendo algo. Es más, suelen ser tan entusiastas por aprender que agotan a sus tutores.

Conviene buscarse ayuda si es necesario

Un niñito es capaz de absorber todo el tiempo y la atención que uno le ofrezca. Si a los padres les resulta difícil satisfacer todas las necesidades pedagógicas de sus hijos pequeños, conviene que se consigan ayuda, no solo por su propio bien, sino también por el de los niños. Lo ideal es que la persona que los cuide no solo les enseñe cosas prácticas, sino que también refuerce la formación moral y espiritual que les dan los progenitores. Por muy ocupados que éstos estén, deben tomarse el tiempo necesario para establecer una comunicación sincera con el niñero o la niñera de sus hijos. Deben asegurarse de que sea una persona que entienda la necesidad de enseñar a los niños diligentemente y velar por su cuidado físico, y que sobre todo comparta su amor a Dios y tenga el deseo de inculcar ese amor a los niños.

Si alguien se ve obligado a dejar a su hijo al cuidado de otras personas durante el día, lo más recomendable no es ponerlo en una de esas guarderías en las que reina la confusión y se limitan a plantar a los niños frente al televisor o unos cuantos juguetes. Las personas de edad cuyos hijos ya han crecido y que todavía se mantienen activas están en muchos casos en mejores condiciones de prestarle atención al niño y enseñarle. Si se trata de un matrimonio, entre los dos probablemente tendrán paciencia para responder con el tino que les ha dado la experiencia a la multitud de preguntas que les haga el niño.

No debemos olvidarnos de rezar por los niñeros o maestros de nuestros hijos y pedirle al Señor que los ayude a desempeñar bien su labor. También debemos manifestarles sin falta nuestra estima y aprecio por la ayuda que nos prestan. Si los tratamos con amor y les brindamos apoyo, les facilitamos la tarea y hacemos que se sientan motivados a tratar a nuestros hijos y a los demás niños con más amor y desvelo.

Ayudarlos a pasarlo bien, ¡con dinamismo!

Para conseguir que un niño te preste atención tienes que meterte de lleno en lo que estés haciendo. Los mejores docentes son aquellos que hacen del aprendizaje una actividad entretenida. Lo que los chiquillos disfrutan aprendiendo es lo que aprenden mejor y más rápidamente. Un maestro eficaz es una persona que tiene muchas ideas y es capaz de infundirles a los niños deseos de aprender, que sabe convertir toda situación en una actividad didáctica tan placentera y agradable que los niños se mueren de ganas de aprender.

No todos somos así de dotados, pero hay mucho que podemos hacer. A los niños les gusta que los mantengan ocupados. Les encanta hacer cosas, pero a veces no se les ocurre qué hacer. De modo que continuamente hay que crear nuevas formas de canalizar sus energías hacia iniciativas productivas. Tiene que haber animación, entusiasmo, mucha acción, mucho movimiento y efectos de sonido. Hay que ilustrar patentemente lo que se les está enseñando y darle mucho sentido, ¡demostrarles que a uno le parece interesante! Cada uno lo puede llamar como quiera: inspiración, carisma, talento, personalidad o el Espíritu Santo de Dios. El hecho es que hay que tener esa chispa y comunicarles el entusiasmo a los niños. Pídele a Dios que te inspire, y Él lo hará.

En cierta oportunidad una profesora de un jardín infantil pidió a una madre de una familia particularmente numerosa y feliz que observara una de sus clases y le diera algún consejo.
Durante cincuenta minutos la mamá observó los esfuerzos de la profesora con su grupo de niños. Por fin sonó el timbre y la docente lanzó un suspiro de alivio.
Al preguntarle a la madre qué le había parecido la clase, ésta le respondió:
—¿Se te ha ocurrido pensar alguna vez que lo que tú haces es competir con el Espíritu Santo?
—Claro que no, jamás he pretendido tal cosa.
—Es que fíjate —le explicó la señora—. Dios ha dado a estos niños un período de concentración de unos cuatro o cinco minutos. Tú estabas todo el rato diciendo: «¡Quédense quietos! ¡No hablen!», pero al mismo tiempo Dios les decía: «¡Menéense!» Y ¿qué hacían los niños? ¡Siempre obedecían al Señor!

Ponerse en su lugar

Para entender a un niño, hay que ponerse en su lugar, pensar cómo nos sentiríamos si fuéramos él. Es beneficioso adoptar la costumbre de procurar ver las cosas con sus ojos y entenderlas con su mente, preguntarnos: «Si yo estuviera en su piel, ¿cómo me gustaría que me trataran en estas circunstancias? ¿Cómo me sentiría yo si tuviera cuatro años y los mayores se estuvieran riendo de mí?» A veces algo que a nosotros nos parece simpático o gracioso, al niño le resulta muy humillante o embarazoso. Casi todos sabemos lo que es sentirnos abochornados u ofendidos por lo que dice otra persona. El darnos cuenta de que esas situaciones desagradables pueden ser aun más traumáticas y dolorosas para un niño pequeño carente de experiencia debe motivarnos a hacer todo lo posible por evitar tales incidentes.

Procuremos ver el mundo desde la perspectiva de nuestros pequeños. Naturalmente, la mejor forma de lograrlo es pedirle al Señor que nos haga ver las cosas desde el punto de vista del niño. Dios conoce a nuestros hijos al revés y al derecho. Sabe exactamente lo que sienten y lo que pasa en su interior y, si se lo pedimos, nos lo comunicará.

En el caso de los niños pequeños, a veces conviene situarnos físicamente a su altura cuando les hablamos. Podemos ponernos de cuclillas, arrodillarnos o sentarnos en el suelo a su lado. Si nos ubicamos a la altura de sus ojos, a ellos ya no les parecemos tan distantes. El hecho de ver el mundo desde la perspectiva de los chiquitines también nos ayuda a entender por qué a veces se sienten intimidados cuando los demás son mucho más altos y la mayor parte de la acción ocurre fuera de su alcance. Para ellos unos estantes altos bien son algo así como cornisas en una pared rocosa; los adultos, titanes de doble altura que llenan sus casas de muebles igualmente gigantescos e instalaciones que les resultan completamente inaccesibles. Una casa desconocida puede darle a un niño la impresión de encontrarse en tierra de colosos. Es buena idea procurar que la mayor parte posible de las pertenencias de nuestros chiquitines estén a su alcance. Tal vez no podamos tener una habitación y muebles a escala infantil, pero al menos proporcionémosles banquetas (o cajas firmes) a las que puedan subirse para llegar al lavabo o a otros accesorios.

Tomar conciencia de que su experiencia es limitada

Aun los incidentes de poca monta a menudo se ven exageradamente grandes desde el punto de vista de un niño. La experiencia contribuye a poner las cosas en perspectiva. Todos hemos aprendido por experiencia que no vale la pena alterarse por ciertas cosas. Sabemos que cuando nos hacemos un raspón, enseguida dejará de sangrar y de doler; que el pesar que nos causa una decepción o el haber perdido algo importante pasa relativamente pronto, y en su lugar descubriremos nuevas alegrías; que el mal tiempo no dura para siempre.

Pero los niños pequeños no tienen esa confianza en que los problemas generalmente se solucionan. No cuentan con ese marco de referencia porque aún no han acumulado suficientes experiencias en la vida. Necesitan que los tranquilicemos. Necesitan que les expliquemos las cosas y los consolemos.

El hecho de comprender esta sencilla carencia que tienen los niños nos ayuda a tener más paciencia y compasión; será menos probable, por ejemplo, que le hablemos con brusquedad al pequeño cada vez que llore porque salimos sin él, o porque se le rompió la galleta, o alguien le derrumbó la torre de bloques.

Los niños pequeños viven en el presente. Para ellos todo sucede ahora. El presente es lo único que les importa. A medida que crecen van entendiendo el concepto del tiempo y de palabras como «mañana», «después», «más tarde», etc. A base de tiempo y experiencia, y a veces de sufrimiento, aprenden a superar las decepciones, muchas de ellas provocadas por cuestiones cotidianas que a nosotros nos parecen nimias. En ocasiones el proceso resulta doloroso para los padres también. Nos duele ver a nuestros hijos tristes, inseguros o desilusionados cuando no se cumplen sus expectativas. De todos modos se puede acelerar el proceso de cicatrización mostrándose comprensivos y rezando con ellos. Es igualmente importante animarlos y recompensarlos cuando manifiestan fe y confianza en que las cosas se van a resolver.

Cuando sabemos que algo le va a resultar difícil de aceptar a un niño, conviene prepararlo un poco de antemano para que no le tome por sorpresa. Muchas veces se pueden prever las crisis y procurar evitarlas: «Pronto mamá tendrá que apagar el video porque ya casi es la hora de la siesta. Puedes verlo un ratito más, y luego tendremos que apagarlo».

Cumplir nuestra palabra refuerza su confianza en nosotros

Los niños pequeños son por naturaleza confiados, de modo que es muy importante cumplir lo que se les dice. No debemos hacerles promesas que no vayamos a poder cumplir. Si luego se produce una alteración en los planes por causa de fuerza mayor, hay que darles una buena explicación y, más tarde, compensarlos, si es posible.

«La esperanza que se demora es tormento del corazón; pero árbol de vida es el deseo cumplido» (Proverbios 13:12).

Como más enseñas es con tu ejemplo

Por mucho que los padres hablen,
sólo enseñan con lo que hacen.

Los niños son imitadores natos. La mayoría de las cosas las aprenden así: por imitación. Casi nunca se olvidan de lo que ven. Se dejan llevar más por lo que ven que por lo que escuchan. Prestan más atención a nuestras acciones y actitudes que a nuestras palabras. Nuestros hijos son un reflejo de nosotros. Nuestra actitud y ejemplo de fe son el modelo que ellos siguen, y sus actos y reacciones dependen en gran medida de los nuestros.

Muy pocas personas tendrán mayor impacto en la vida de nuestros hijos que nosotros mismos. Sin embargo, el ejemplo de otros puede ejercer una gran influencia. Ver televisión puede tener un marcado efecto en los niños. En la actualidad la TV es la nana más práctica y económica, la más socorrida, pero eso no quiere decir ni mucho menos que sea la más confiable e idónea. Muchos de los malos hábitos y actitudes poco sanas que preocupan a los padres de hoy son el resultado de que los pequeños imitan los ejemplos negativos que ven en televisión. Conviene restringir la influencia televisiva y prestar atención a lo que los niños ven y a lo que nosotros mismos vemos en presencia de ellos, ciñéndonos a los programas que conocemos y que no son perjudiciales para ellos. Esto requiere cierto esfuerzo y una inversión de tiempo por nuestra parte, pero a la larga, el no hacerlo nos obligará a dedicar más tiempo todavía a corregir las malas actitudes que adopten. Lo que los niños ven por televisión y los malos ejemplos que ven en la gente que los rodea —sobre todo en niños de su propia edad o en niños mayores a quienes admiran— son capaces de echar por tierra todos los buenos hábitos y conductas que tanto trabajo ha llevado inculcarles. Hay que estar alerta.

El pequeño imitador
Hay ojitos que se fijan,
de día y de noche en ti
y oídos siempre pendientes
de lo que puedas decir.
Hay dos manitas que quieren
copiarte con prontitud.
Hay un niñito que sueña
con hacerse como tú.
El chiquillo te idolatra.
Para él, nadie sabe más.
Sobre ti, nunca sospechas
se le ocurre albergar.
Cree en ti devotamente.
Siempre observa tu actitud.
Lo hará todo a tu manera
cuando se haga como tú.
En su cabecita piensa
que en todo tienes razón.
Está atento a tus palabras,
te mira con atención.
Le das ejemplo a diario
de algún vicio o virtud
a ese muchacho que espera
ser de mayor como tú.
Leslie Hale
«Lo que aprendisteis y recibisteis y oísteis y visteis en mí, esto haced; y el Dios de paz estará con vosotros» (Filipenses 4:9).

Los elogios

A los niños les sientan de maravilla los elogios. Es mucho más importante alabar a un pequeño por su buen comportamiento que regañarlo cuando se porta mal. Hay que procurar hace hincapié en lo positivo. Elogiar a los niños por sus buenas cualidades es la mejor forma de conseguir que se esfuercen por portarse bien. Cuando les expresamos qué nos agrada de su comportamiento, hacen casi cualquier cosa con tal de seguir complaciéndonos. Además, los elogios sinceros y específicos contribuyen a elevar su autoestima, que es crucial para que se desarrollen felices y equilibrados.

Cada niño necesita saber que tiene algo de especial para sus padres, que es único en algún sentido.
En realidad, todos necesitamos sentirnos muy queridos por alguien. Ése es el motivo por el que la gente se casa y por el que tenemos amigos íntimos: porque a todos nos gusta sentirnos queridos y apreciados. Los niños también necesitan sentir esa estima especial por parte de alguien. Igual que los demás, necesitan saber que son importantes, que son amados y admirados por alguien.
Hay veces en que tenemos que manifestarle a cada niño que es especial; no siempre se debe hacer exactamente lo mismo con todos. Aunque tengas varios hijos, puedes tratar a cada uno con cierta singularidad. A cada uno puedes proporcionarle algo particular. ¡Cada uno de ellos debe sentir que de algún modo es especial para ti!
María David
A un niña le preguntaron cuál de los tres niños de su familia era el preferido de su madre. Su respuesta fue la siguiente: «Mamá quiere mucho a Jaime porque es el mayor. Y quiere mucho a Jorge porque es el más chico. Y me quiere mucho a mí porque soy la única niña». Estaba completamente en lo cierto.
En realidad, así es como nos quiere nuestro Padre celestial. Él ve algo especial y único en cada uno de nosotros, que lo motiva a amarnos y valorarnos de un modo singular, como nunca ha amado a nadie.
Anónimo
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