El arte de corregir a los chiquitines

Reglas, razones y repercusiones

Cuando se amonesta a un niño pequeño que se propone hacer algo que podría resultar peligroso, hay que procurar no asustarlo mucho, sino señalarle el peligro y explicarle lo que podría ocurrir; y de ser posible, mostrarle cómo abordar el asunto en forma correcta y segura.

Al corregir a un niño por romper algo, es importante no menoscabar su confianza en que, por muy valioso que fuera el objeto dañado, para sus padres él es mucho más valioso aún. Los niños necesitan esa seguridad; necesitan saber que —pase lo que pase— los queremos un montón y significan mucho para nosotros. Se les debe explicar lo más claramente posible por qué uno está dolido o disgustado. «Mi madre me regaló esto cuando yo tenía tu edad y por eso le tengo mucho cariño. Me pone muy triste que lo hayas roto».

Los niños necesitan pautas claras. Un ejemplo: solo deben gritar en caso de emergencia, cuando se encuentran en verdadero peligro o se hayan hecho mucho daño. Hay que corregirlos cuando chillan por pura frustración, disgusto o enfado.

No hay que pensar mucho para justificar la regla de que no se debe gritar: Cualquiera que escuche gritos tiene que saber que no son producto de una rabieta sino una señal de emergencia, y que ameritan dejar de inmediato todo lo que se esté haciendo para acudir en auxilio del niño. Además, conviene que desde chicos aprendan a controlarse para que puedan vivir en armonía con su familia y con sus compañeritos durante su infancia, y con el resto del mundo cuando crezcan.

Los adultos comprendemos enseguida los fundamentos de las reglas, pero es posible que los pequeñines no. ¿Qué han de hacer, pues, los padres cuando un niño no obedece reglas que se han establecido por un buen motivo? Aquí es donde entra a desempeñar un papel importante una disciplina constante, amorosa y conforme a los preceptos divinos.

Según la Biblia, Dios ha encomendado a todo el que tiene hijos el deber de ejercer una autoridad firme pero tranquila y amorosa sobre sus niños, de establecer límites y pautas de conducta y de administrarles el castigo o correctivo correspondiente cuando traspasen dichos límites.

Cuando no hay límites ni disciplina los problemas se multiplican y agravan rápidamente. De modo que los padres que no tienen claro qué les quieren exigir a sus niños se crean dificultades a ellos mismos y se las crean a sus hijos. El establecer pautas específicas le facilita la vida a todo el mundo.

Los niños tienden a oír sólo lo que les interesa; cuando lo que uno les dice no concuerda con lo que ellos preferirían hacer, no oyen. En casos así, da la impresión de que no escuchan o no entienden, ni responden cuando les hablamos. A veces sucede que están muy enfrascados en lo que están haciendo y de verdad parece que no oyen, o bien que no quieren que se les moleste en ese momento. Conviene manifestar respeto por ellos cuando se les interrumpe, pero si hay algo que deben hacer, no es bueno permitir que hagan oídos sordos.

A veces los padres se preguntan si el niño tiene algún defecto auditivo. Conviene verificarlo con el médico, pero otra forma de evaluar la capacidad auditiva del niño es observar su comportamiento a lo largo del día, cómo se conduce y reacciona en otras situaciones. Eso permite saber hasta qué punto emplea su conocida capacidad de responder si quiere hacerlo. ¡El paso siguiente es conseguir que quiera hacerlo!

Si a un pequeño se le permite no responder a lo que le decimos y nos habituamos a repetir las cosas una y otra vez en lugar de exigirle que nos responda a la primera, es fácil que desarrolle el mal hábito de oír sólo lo que le interesa. No siempre es fácil captar la atención de un niño y conseguir que nos responda, sobre todo cuando le pedimos que efectúe un cambio en su comportamiento. Tiene que aprender que lo que dices es en serio, que es importante para ti y para él, de otro modo no estarías diciéndoselo. Ayúdale a constatar que cuentas con que te va a responder y que,  si después de advertirle y darle un tiempo razonable para obedecer continúa ignorándote, tomarás medidas.

Que le resulte fácil portarse bien

Es responsabilidad de los padres mantener al mínimo aquellas situaciones que ameriten una medida disciplinaria. Para ello hay propiciar que les resulte fácil a los niños cumplir las reglas. Por ejemplo, a los niños pequeños no deben jugar con fósforos, pero los mayores no deben dejar fósforos a su alcance.

Con un poco de sentido común y adaptando la casa a la edad de los niños se evita tener que aplicar muchas medidas disciplinarias, se alejan peligros y se promueve la calma, pues no hay que estar constantemente diciéndoles: «No toques esto, no toques aquello», y no hace falta imponer tantas reglas.

Alguien dijo una vez que la mejor forma de evitar accidentes es hacer imposible que ocurran. Naturalmente, en el caso de niños chicos que no paran de moverse es prácticamente imposible retirar todo con lo que pudieran hacerse daño, pero debemos hacer lo posible, como por ejemplo mantener fuera de su alcance los objetos frágiles o peligrosos, y no dejarlos solos en situaciones que pudieran entrañar algún peligro.

Como en cualquier otro aspecto de la educación, una vez que hemos hecho nuestra parte, podemos enseñarle al niño unas reglas básicas y hacerlas cumplir. Es muy importante hacer que las cumpla, por el propio bien del niño y para nuestra propia tranquilidad. Hay diversidad de opiniones —y en algunos países hasta leyes— sobre cuáles son los métodos beneficiosos y aceptables de corregir a un niño. La forma de hacer cumplir las reglas a los hijos depende de cada familia y de las convicciones de los padres.

Cuando los niños son chicos suele dar resultado hacerles quedarse sentados un ratito (entre 2 y 5 minutos) en un lugar tranquilo, teniendo que abandonar temporalmente la actividad en que estaban enfrascados. Otra alternativa es que se pierdan una merienda, juego o entretención. Una palmada correctiva o dos en la mano o el trasero también sirve para recalcar la importancia de cumplir las reglas, sobre todo en lo que atañe a su seguridad, como por ejemplo, en el caso de salir a la calle o tocar la cocina. Cuando los niños son pequeños, cualquiera que sea el método que se emplee, generalmente hay que aplicarlo enseguida para que entiendan claramente que la medida es consecuencia directa de su desobediencia. Una vez que el niño entienda las reglas y las consecuencias de desobedecerlas, tendrá menos ganas de violarlas.

Cómo corregir a un preescolar, paso a paso

A un niño pequeño le encanta hacer cosas con sus padres. Procura ayudarlo a resolver sus dificultades.

1. Detén su actividad y explícale el problema.

2. Propón una solución.

3. Procura obtener su colaboración.

4. Ayúdale a hacer lo que sea necesario para corregir el problema.

5. Elógialo y anímalo por desempeñarse bien. Resúmele en una frase lo que aprendió y señálale que a partir de ahora podrá evitar ese error, así como ayudar a otros que lo puedan cometer.

Situaciones más graves

Un niño pequeño no está en condiciones de determinar cuán grave o peligrosa puede ser para él cierta situación. No ve el peligro del auto que se acerca; solo ve la pelota que ha ido a parar al otro lado de la calle. No se da cuenta del peligro de correr con un objeto filoso en la mano o de jugar demasiado cerca del agua, de asomarse por la ventana a varios pisos de altura, de probar unas píldoras de un frasco o meter objetos en un tomacorriente. Habrá ocasiones en que obedecer al instante lo salvará de lesiones graves e incluso de la muerte.

A veces se le puede dar al niño bastante independencia, dejarlo conducirse a su propio ritmo y descubrir las cosas a su tiempo y manera, pero también hay que enseñarle que en otras situaciones tiene que cooperar con el adulto, quedarse pegado a él o ella y obedecerle.

Muchas veces hay que ayudar a los niños a darse cuenta de que en una situación determinada hay que dejarse de juegos y tomarse las cosas muy en serio, sobre todo si están habituados a que uno se ocupe de todos los detalles logísticos de la vida cotidiana. Cuando una familia se ve enfrentada a una situación muy grave, de ser posible conviene detenerse unos minutos para explicar a los niños lo que ocurre, orar con ellos y distribuirse entre todos las diversas tareas que haya que llevar a cabo. Conviene decirles claramente lo que se espera de ellos y, si es necesario, cuáles podrían ser las consecuencias de no seguir puntillosamente las instrucciones.

Si los niños ya son mayorcitos, se puede convenir en una palabra o frase para cuando suceda algo grave que les ataña. Si se presenta la ocasión, se les puede decir, por ejemplo: «Niños, ¡atención! Hagan silencio y escuchen atentamente. Esto es una emergencia. Ahora mismo tenemos que orar, obedecer y trabajar en equipo; no podemos jugar. Lo que ocurre es que…» La vida tiene sus momentos serios, y los niños tienen que aprender a prestar atención en tiempos de peligro y colaborar con los grandes para sacar adelante al equipo. Aunque parezca que los chicos no pueden hacer gran cosa por ayudar en el plano físico, siempre pueden colaborar orando juntos e intercediendo por sus padres o las personas que estén manejando la crisis.

Algunos aspectos requieren pautas muy claras

Los niños respetan a sus padres cuando éstos encaran con firmeza aquellas cosas que consideran importantes. Puestos en una situación en que deben evaluar si algo es bueno o malo, si está bien o mal, muchas veces los niños se guían por los padres. Desde chiquitos nos ponen a prueba constantemente por medio de sus palabras y acciones para ver qué hacemos nosotros al respecto. Quieren que les hagamos saber lo que nos parecen. Si no reaccionamos, dan por sentado que lo que hacen está bien. Cuando observan un cambio repentino, que de pronto nos ponemos serios —por nuestro espíritu, nuestro semblante, nuestra mirada o el tono de nuestra voz—, se dan cuenta enseguida de que algo no anda bien o entraña algún peligro y debe evitarse, siempre y cuando les hayamos enseñado a respetarnos y seguir nuestras indicaciones, a tener sensibilidad para captar nuestra actitud, y estén acostumbrados a acudir a nosotros en busca de orientación.

Cuando hagan algo que está mal o es peligroso, hay que tomarse el tiempo necesario para explicarles por qué está mal. Por ejemplo, nunca se deben permitir manifestaciones de crueldad; ni para con animales, con el bebé, ni con nadie. Simplemente, no se tolera.

Cuando queremos a nuestros hijos y nos tomamos la molestia de corregirlos, les enseñamos no solamente a ser más sensibles y compasivos, sino que los ayudamos a ser más estables emocionalmente y mejor adaptados socialmente. Se llevarán mejor con sus semejantes, porque se acostumbran a ser considerados, a tener en cuenta las necesidades y deseos de las personas con quienes conviven.

Trabajar codo a codo con el pequeño

A los chiquitines les ayuda mucho trabajar codo a codo con un adulto o un niño mayor. Les hace madurar más rápido, además de enseñarles a apreciar la capacidad y talentos de los demás y la contribución que ellos mismos pueden hacer. Ya sea que se trate de construir un castillo de arena o de bajar un gatito que se subió a un árbol, es muy beneficioso para ellos aprender a colaborar con otras personas. La madurez y la integridad moral se adquieren aprendiendo a compartir, a ser considerados, a dejar de lado los propios deseos y antojos en favor del bien ajeno.

El hecho de realizar diversos quehaceres junto a su papá o mamá incrementa su capacidad de observación y le transmite que el adulto lo quiere y confía en él. Desde que es bebito se le puede enseñar a trabajar en equipo, pidiéndole que:

• haga favores («Por favor, tenme esto mientras te cepillo el pelo»).
• tenga paciencia con los demás («Enseguida te traigo un vaso de jugo, pero primero tengo que apagar el fuego»).
• comparta sus juguetes («Tienes dos autitos, ¿por qué no le prestas uno a Pedrito para que juegue con él»).
• coopere («Pueden jugar a empujar la pelota para que vaya rodando del uno al otro»).
• tenga en cuenta cómo afecta a los demás lo que hace («La abuela está durmiendo, así que tenemos que estar callados para que pueda descansar bien. Hagamos algo que sea entretenido pero que no haga ruido»).

Los niños necesitan orientación, corrección, explicaciones y recordatorios constantes para saber cuándo y cómo manifestar consideración por los demás. A algunos chiquitines, por ejemplo, les cuesta mucho aprender a hablar bajito cuando hay alguien descansando, trabajando o conversando, pero lo pueden lograr. Para ayudarlos a cultivar mejores hábitos se puede confeccionar una tabla en la que se señalen sus progresos con estrellitas o con algún tipo de marca. Conviene concentrarse en un solo aspecto, como puede ser pedir las cosas por favor y luego dar las gracias.

Un poco de humor
Es fácil conseguir que un niño nos haga un mandado. Solo hay que pedírselo a la hora de acostarse.
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Mi esposa tiene particular debilidad por la pintura. Es capaz de quedarse sin habla al ver un cuadro de gran belleza. Sin embargo, no había llegado a desmayarse ante ninguno ¡hasta que vio la obra de Juanito en las paredes de nuestra sala!
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