El Señor es tu ayudador

Si alguna vez te sientes incapaz de educar bien a tus hijos, recuerda que, si Dios te los dio, es porque te escogió para que les manifestaras Su amor. Es inevitable que metas la pata, que te quedes corto y que no les demuestres suficiente amor y paciencia en algún momento particularmente difícil; nos pasa a todos. Seguramente los malinterpretarás y los juzgarás mal en más de una ocasión. Pero Dios no te pide que seas perfecto ni tampoco espera que cargues por tu cuenta todo el peso de la labor de criarlos. En el amor de Su Hijo, Jesús, te ofrece una ayuda que compensa tus fallas y tus errores.

Si conoces a Jesús personalmente y le has abierto tu corazón y tu vida, tienes a tu disposición en todo momento un infalible ayudador. Puede que falles, ¡pero Jesús nunca falla! Si aprendes a trabajar codo a codo con Él en la formación de tus pequeños, siempre podrás contar con Él, con que compensará tus falencias. Juntos criarán niños felices con una personalidad equilibrada.

Eso no significa que jamás volverás a tener dificultades en la crianza de tus hijos, sino que siempre y cuando acudas a Dios en busca de fuerzas y las soluciones a los problemas que se te presenten, lo tendrás a tu lado; Él hará lo que esté fuera de tu alcance. Te ayudará a ser el mejor padre o la mejor madre posible, el padre o la madre que tus hijos necesitan.

Si aún no tienes a Jesús contigo, puedes invitarle ahora mismo rezando esta sencilla oración: «Jesús, creo en que eres el Hijo de Dios y que moriste por mí. Necesito que Tu amor me purifique de mis errores y malas acciones. Te abro en este momento la puerta de mi corazón y te pido que entres en mi vida y me des el don de la vida eterna. Te ruego también que me llenes de Tu Espíritu Santo y me ayudes a amar a los demás como Tú me amas a mí. Amén».

Acercarlos a Jesús desde chiquitos

Hoy en día las librerías están repletas de libros para los padres de familia. Muchos contienen consejos muy sensatos e ideas interesantes. Ahora bien, si no incluyen a Dios y Sus enseñanzas y orientación, la ayuda que ofrecen es relativa. Dios, por medio de Su Hijo, Jesús, es la fuente de todas las cosas buenas que tus hijos necesitan: amor, seguridad, valores, propósito en la vida. Es además la fuente del amor, la sabiduría, las fuerzas y la paciencia que necesitamos para ser un buen padre o una buena madre. Él anhela ser el mejor amigo de tus pequeños y a la vez colaborar en su crianza.

Jesús es el cimiento sólido por excelencia sobre el cual edificar tu relación con tus hijos. Por mucho que queramos a nuestros pequeños y por mucho que ansiemos que sean felices y tengan todo lo que necesitan, por mucho que queramos brindarles todas las oportunidades posibles en la vida, nuestros recursos humanos no bastan. Los niños no solo necesitan todo el amor, el afecto, la seguridad y la orientación que nosotros podamos brindarles, sino también todo lo que les ofrece Jesús.

Dicen que Dios no tiene nietos. La fe no es hereditaria. Creer en Dios y amarlo no una decisión que nosotros podamos tomar por nuestros hijos. Tendrán que tomarla por sí solos. Pero sí podemos echar los cimientos mostrándoles el camino con nuestras palabras y ejemplo, y orando con ellos.

Es de suma importancia transmitir a los hijos que Dios los ama inmensamente. Conviene que aprendan que Él les tiene un cariño especial, que hagan lo que hagan, sea cual sea el giro que tome su vida, Él siempre estará a su lado, porque los ama. Dado que nuestros hijos ponen sus ojos en nosotros como nosotros los ponemos en Dios, para ayudarlos a comprender el amor de Dios es importante manifestarles de continuo nuestro amor incondicional. Nosotros somos para ellos la prueba más fehaciente de que Dios los ama. Con nuestro amor y nuestro ejemplo de amar a Jesús y hablar de Él, podemos acercar a nuestros hijos al Señor desde el momento de su nacimiento. Cuando una persona ni se acuerda de cuando no conocía al Señor, pues ha vivido con Él toda la vida, es una maravilla.

Desde chicos los niños pueden rezar para aceptar la salvación eterna que Dios les ofrece y abrirle a Jesús la puerta de su corazón. Es tan sencillo que hasta muchos pequeños de dos años pueden hacerlo. Difícilmente puede encontrarse a alguien más sincero y dispuesto a creer que un chiquitín. Por eso dijo Jesús que debemos hacernos como niños para ir al Cielo (Mateo 18:3). Si un niño es capaz de hacer una oración sencilla —incluso a los dos años— ya está en condiciones de recibir a Jesús.

Cuando le hayas enseñado quién es Jesús —para ello es ideal una biblia infantil ilustrada—, explícale: «Jesús quiere vivir en tu corazón. Él te quiere mucho. Quiere ser tu mejor amigo y estar siempre contigo. Si le pides que entre en tu corazón, entrará. ¡Y ya nunca te dejará! ¿Quieres que entre en tu corazón?»

Luego haz una pequeña oración para que el niño la repita como buenamente pueda. Aunque no consiga decir más que la última palabra de cada frase, es suficiente, porque para Jesús lo que cuenta es la intención. La oración puede ser algo así como: «Jesús, entra en mi corazón. Creo en Ti y quiero amarte como Tú me amas. Perdona mis faltas y dame vida eterna. Amén». Con eso, Jesús entrará en el corazón de tu hijo, y será salvo para siempre. Dios lo promete (Apocalipsis 3:20; Romanos 10:13). ¡Es así de sencillo!

Oración de un padre
¿Cómo indicaré yo el camino
día tras día a mis hijitos
si a menudo me descarrío?
Les transmito conocimientos,
mas sé bien que el proceso es lento
y muy parco mi entendimiento.
Quiero que sean decididos;
pero ¿cómo?, porque yo mismo
peco bastante de indeciso.
Les enseño a tener ternura,
a amar a toda criatura,
mas no tengo mucha dulzura.
Esta será, pues, mi oración:
Que vean a su instructor
sacando fuerzas del Señor.
Leslie Pinckney Hill

El mejor amigo de los niños

«Dejad que los niños vengan a Mí, y no se lo impidáis —dijo Jesús—; porque de los tales es el Reino de Dios» (Marcos 10:14). Una forma de ayudar a los niños a ver la vida con un enfoque positivo es inculcarles el buen hábito de alabar a Dios y darle gracias desde temprana edad. Hacer eso (entre otras cosas) es echar los cimientos de la fe y el amor al Señor, que son dos de los principios más valiosos que hay en la vida. Manifiesta abiertamente tu gratitud y cariño por Él diciendo sin tapujos: «Gracias, Jesús», «Te alabo», o: «Te amo, Jesús», cuando veas a tus niños contentos, cuando hayan aprendido algo nuevo o alguna de sus oraciones haya sido respondida. La alabanza entusiasta es contagiosa. Pronto estarán haciendo lo mismo por su cuenta.

Las canciones acerca de cuánto los ama Jesús también refuerzan una actitud positiva de alabanza y gratitud y edifican la fe de los niños, pues les recuerdan el amor incondicional que les tiene el Señor.

Busca constantemente formas de asegurarles que Jesús los ama. Cuanto más ores, alabes y hables de Jesús con tus hijos, más se volverá Él parte integral de sus vidas.

Las imágenes de Jesús ayudan a los niños a visualizarlo y les recuerdan Su presencia. Se puede colgar un cuadro de Jesús junto a la cama del niño, o bien darle uno pequeño que pueda tener en las manos. A algunos chiquillos les encanta incluso besar una estampa o cuadro de Jesús cuando rezan o le dan las gracias por algo. Otra idea consiste en colocar un cuadro o póster de Jesús en una silla cuando nos sentamos a leerles o contarles relatos de la historia sagrada. De esa forma se les ilustra que Él está ahí mismo con nosotros en espíritu.

A los niños pequeñitos conviene recordarles que Jesús se pone muy contento cuando actúan amorosamente y se portan bien. También es bueno que entiendan que cuando son desconsiderados o egoístas o hacen daño, Él se pone triste. De todos modos, hay que recalcarles sin falta que, aun cuando se portan mal, Jesús los ama y está presto a perdonarlos.

Aunque a Jesús le disguste y desagrade el mal comportamiento, la Biblia nos dice que es «lento para la ira, y grande en misericordia» (Salmo 103:8). Si recordamos lo paciente que es con nosotros, es mucho menos probable que nos enojemos más de la cuenta con nuestros hijos por sus fallos y defectos. Dado que los niños pequeños se forman su idea de cómo es Dios a partir de cómo somos nosotros, es preciso que les demos buen ejemplo de Su amor y no los llevemos a pensar que Dios los ha dejado por imposibles o les echa en cara continuamente sus errores.

Una vez que les has ayudado a ver el error de su proceder, ora con ellos y dales una dosis adicional de amor y comprensión. Tienen que sentirse seguros del amor del Señor. Tenemos que transmitirles que Él los ama siempre.

Niños pequeños que aman a su Redentor,
Sus hijitos amados, puros y radiantes,
bellas gemas en la corona del Señor
que deslumbran con su belleza rutilante.
Anónimo

El mejor amigo de los padres

Jesús quiere ser tu mejor amigo también, aparte de tu mentor, tu entrenador y tu colaborador en la crianza de los hijos. De la misma forma que conviene transmitir a los niños la seguridad de que pueden contar con el amor infalible y la presencia del Señor, tú también puedes establecer una relación estrecha y tierna con Jesús. No solo puedes hablarle tú a Él, sino que Él también quiere hablarte a ti directamente. ¡Desea comunicarte incluso instrucciones detalladas, específicas y actualizadas para ayudarte a educar a tus hijos! La Biblia dice: «Fíate del Señor de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, y Él enderezará tus veredas» (Proverbios 3:5,6). Cada vez son más los padres que han descubierto que pueden acudir a Dios en oración para plantearle sus interrogantes y problemas y recibir respuestas ellos mismos, pues aprenden a reconocer la voz del Señor cuando les habla al espíritu o les trae a la mente ciertos pensamientos.

Obtener respuestas de Dios no es tan difícil como pudiera parecer. Y, no te preocupes, que no hay que ser un santo inmaculado ni una persona superespiritual. Es sólo cuestión de preguntarle, escucharle y tener fe. Puede hacerlo todo el que haya aceptado a Jesús en su vida, haga un esfuerzo por escuchar y esté sinceramente dispuesto a aceptar lo que Él tenga que decirle. Tenemos la siguiente promesa: «Clama a Mí, y Yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces» (Jeremías 33:3). «Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá» (Mateo 7:7). ¡Basta con pedirlo!

El Señor nos habla de formas diversas. Algunos ven visiones, otros tienen sueños reveladores y unos pocos hasta llegan a escuchar una voz audible. Pero en la mayoría de los casos el Señor se comunica con nosotros por medio de susurros que oímos sólo espiritualmente, o en forma de pensamientos. A veces es tan claro como un mensaje hablado que uno escucha palabra por palabra. En otras ocasiones es apenas una impresión de que tal o cual cosa es la solución a determinado problema o el curso de acción apropiado que uno debe tomar.

Lo único que hace falta es desear Su orientación y pedírsela, despejar la mente de los propios pensamientos y deseos, y luego creer que las palabras o ideas que a uno le vengan provienen del Señor. Requiere fe y un poco de práctica, pero cuando anhelamos que el Señor nos guíe y nos dé soluciones, Él lo hace. Todas las respuestas son sencillas para el Señor y todas las soluciones son fáciles para Él. Así pues, aprovechemos esa fuente inagotable de sabiduría. Él está deseoso de darnos acceso a ella, tal como expresa la Biblia: «Si alguno tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente [...], y le será dada» (Santiago 1:5). Mejorará ciento por ciento la forma en que te relacionas con tus hijos, en que interactúas con ellos y los educas. (El librito Escucha palabras del Cielo, de la colección Actívate, también de Aurora Production, da una explicación más detallada de cómo se puede escuchar la voz de Dios.)

La Biblia
La primera vez que a un niño
le regalan una biblia
se le iluminan los ojos
y se llena de alegría.
Mas observando a mi hijito
me asalta el pensamiento:
«Su devoción a la Biblia,
¿dependerá de mi ejemplo?»
Veo cómo le gusta
y hago una oración:
«Que la siga disfrutando
siempre tanto como hoy».
Oigo luego en mi interior
estas palabras solemnes:
«El que la valore o no
sin duda de ti depende».
Ahora aprecio más la Biblia
tras haber sido testigo
de la tremenda alegría
que le ha aportado a mi hijo.
Me esforzaré por leerla
con fruición todos los días,
pues la afición que él le tome
será un reflejo de la mía.
Anónimo

Enseñanza de la Palabra de Dios a niños pequeños

La Palabra de Dios fascina a los niños chicos cuando se les enseña de un modo entretenido. La clave está en amar la Palabra uno mismo. Si a ti te encanta, a ellos les encantará. Si tú la abordas con entusiasmo, ellos también lo harán.

A veces viene bien establecer una hora fija para leerles o contarles relatos de la Biblia a los niños. Así no se pasa por alto esta actividad en medio del ajetreo cotidiano. Pero, que no se vaya a convertir en una rutina árida y tediosa. Haz que sea algo animado, emocionante y variado.

Una forma divertida de impartir la Palabra a un niño pequeñito es ayudarlo a visualizar lo que dices. Representa el relato —o haz que lo represente él, o háganlo entre los dos—, o bien ilústralo mientras se lo vas contando, dibujando figuras sencillas de palitos. Prácticamente todo sirve para ayudar a un niño a visualizar un relato: juguetes, piedras, palos, hojas, muñequitos de legos o figuras hechas con los bloques, monigotes de papel, utensilios de la casa... cualquier cosa que se tenga a mano. Los niños tienen una imaginación prodigiosa. Una vez que les ayudas a ver lo que les estás contando, asimilan mejor la enseñanza. Hay muchos libros de relatos bíblicos ilustrados de muy buena factura. La mayoría tienen dibujos coloridos que captan y retienen la atención de los pequeños. Otro medio excelente de enseñar son los franelógrafos.

Los cuatros evangelios contienen relatos estupendos para los niños: el nacimiento de Jesús, Su niñez, los milagros que hizo, las parábolas que enseñó y las aventuras que vivió con Sus discípulos. (En el siguiente capítulo hay una lista de relatos de la Biblia para niños pequeños.)

Otra forma de recalcar las enseñanzas extraídas de relatos de la Biblia es con canciones animadas basadas en las Escrituras. (Por ejemplo, las de los dos discos compactos de Grandes aventuras, que hacen un repaso de toda la historia sagrada para niños; y las de la colección Canciones de vida, que consisten en musicalizaciones de algunos de los versículos más básicos e importantes, con pegadizas melodías, a fin de que tanto a chicos como a grandes les resulte fácil aprendérselos de memoria.)

Naturalmente, es importante enseñar al niño la diferencia entre la realidad —los relatos de la Biblia y otros hechos verídicos que les leas— y lo imaginario. Tienen que aprender que,  aunque gran parte de lo que ven en las películas y la TV o leen en otros libros de cuentos es ficción, lo que dice la Biblia es verdad.

Memorización de las Escrituras

Para un niño pequeñito es muy fácil memorizar versículos de las Escrituras si se le enseñan de forma entretenida. Si has leído Disfruta de tu bebé (otro librito de la colección Soluciones para padres), es posible que ya hayas empezado con los Versículos y lemas para chiquitines. En el último capítulo de este libro encontrarás una lista de versículos que puede memorizar un preescolar, tomada de Apacienta Mis corderos.

Puede que te sorprendan los cambios conductuales que observarás en tus hijos cuando se aprendan aunque sólo sean unos cuantos versículos de la Biblia. Conviene que los ayudes a tomar conciencia de que están estudiando la Palabra de Dios, que es verdad, y de que cada vez que la aprendemos y la ponemos en práctica, hacemos feliz a Jesús. Cuando uno de ellos no obre con amor, recuérdale: «Eso no fue muy amoroso de tu parte. ¿Te acuerdas de lo que dijo Jesús?» Entonces te pueden ayudar a citar el versículo: «Amémonos unos a otros». Y cuando uno parezca preocupado o asustado, tranquilízalo diciéndole: «No tengas miedo. Jesús cuida de ti. Eres Su corderito. ¿Recuerdas? “El Señor es mi pastor”». Sin duda no te faltarán oportunidades de emplear los versículos que hayan memorizado.

Para los que no estén muy seguros de poder enseñar versículos de la Biblia a sus pequeños, reproducimos a continuación algunos consejos aportados por una joven que cuidaba de una niña de dos años:

Cuando Techi tenía apenas dos años, aprendió los primeros versículos del Salmo 23. Más tarde nos regalaron un librito ilustrado de ese salmo. Fotocopié las páginas y las pegué en tarjetas. Eso la ayudó a entender mejor cada versículo. Le hacía mucha ilusión que le diera una nueva tarjeta cada vez que se iba a aprender un versículo nuevo. A los niños mayores les gustó colorearle las tarjetas.

A mí me ha servido mucho establecer una hora fija para la memorización (generalmente por la mañana).

Como ahora mismo no tiene más que dos años y medio, nuestras sesiones de memorización no son nada largas. Conviene no estirarlas mucho. Cuando me dispongo a enseñarle un versículo nuevo, procuro que me preste toda su atención. Normalmente me la siento en la falda, de cara a mí, para evitar distracciones. Dejamos los juguetes y apagamos la casetera. Luego le digo el versículo, que por lo general requiere alguna explicación. Algo que me parece vital es presentar la Palabra de Dios con alegría. Suelo decirle el versículo dos veces. Si es largo, lo estudiamos por partes, y la animo a repetir cada una. Me gusta que escuche bien una parte y luego la repita, en lugar de que trate de decir el versículo conmigo enseguida, con lo que a menudo no se lo aprende bien. Como es muy inquieta, le suelo tomar las manos mientras se lo digo y le pido que me mire. Así la ayudo a concentrarse. Terminamos con un beso y un abrazo, y se queda con un versículo más en el corazón y en la cabeza.

Como con cualquier relato o poesía, viene bien enfatizar algunas palabras empleando un tono agudo o grave, o diciéndolas con voz más fuerte o más suave. De esa manera se subraya el sentido y se facilita la comprensión. Otra técnica de memorización consiste en recitarlo con una cadencia determinada, siempre igual, y a veces incluso dar palmas a ese ritmo. A veces marchamos en círculo diciendo el versículo. Si éste habla de algo loable, movemos la cabeza de arriba abajo; si se trata de algo censurable, la meneamos de lado a lado, o hacemos un gesto de reprensión con el índice. Cuando se menciona a Jesús, a Dios o el Cielo, señalamos arriba, o a nuestro corazón. Todos esos gestos contribuyen a que entienda el versículo y se le quede bien grabado.

Una de las formas más divertidas y fáciles de aprenderse versículos es musicalizarlos. Lo más sencillo es aprovechar melodías que los niños ya conozcan. Se puede, por ejemplo, cantar Hebreos 13:5 al son de En la granja de Pepito:

No te desampararé, ni te dejaré.

Versículos sobre enseñar a los niños la Biblia

Deuteronomio 6:6,7 (DHH)  Grábate en la mente todas las cosas [las palabras de Dios] que hoy te he dicho, y enséñaselas continuamente a tus hijos; háblales de ellas, tanto en tu casa como en el camino, y cuando te acuestes y cuando te levantes.

Deuteronomio 11:18,19  Pondréis estas Mis palabras en vuestro corazón y en vuestra alma [...]. Y las enseñaréis a vuestros hijos, hablando de ellas cuando te sientes en tu casa, cuando andes por el camino, cuando te acuestes, y cuando te levantes.

Isaías 38:19 (NVI)  Todo padre hablará a sus hijos acerca de Tu fidelidad.

Joel 1:3  De esto contaréis a vuestros hijos, y vuestros hijos a sus hijos, y sus hijos a la otra generación.

Juan 21:15  «Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que éstos?» Le respondió: «Sí, Señor; Tú sabes que te amo». Él le dijo: «Apacienta Mis corderos».

2 Timoteo 3:15  Desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús.

Enseñarles a orar y alabar

A los niños pequeñitos les encanta rezar. Les encanta explicar todas sus vicisitudes y saber que Jesús los escucha. Puede que otras personas a veces estén muy ocupadas para prestarles atención, pero a Jesús nunca le pasa eso. Siempre los comprende y es capaz de ver el mundo a través de sus ojos.

Vale la pena inculcar a los hijos la costumbre de orar, ayudarles a empezar y guiarlos de a poco, pero evitando imponerles una formalidad o solemnidad propia de la adultez. Los niños se sienten muy a gusto haciendo algo que les parece de lo más natural: actuar espontáneamente con un Amigo con quien lo pasan muy bien y que es en cualquier momento precisamente lo que ellos necesitan que sea.

Es posible enseñar a un niño a rezar aun antes de que haya aprendido a hablar. Basta con mantener las oraciones muy simples, a su nivel. Se le puede tomar de las manos, o hacer que junte sus dos manitas. Si se le enseña a cerrar los ojos mientras reza, se distraerá menos; pero no se puede esperar que los mantenga cerrados por mucho tiempo. Las oraciones deben ser muy breves y animadas: «Jesús, bendice la comida. Gracias por dárnosla». «Jesús, bendice a papi, que va a trabajar». «Gracias, Jesús, por este buen día. Acompáñanos mientras jugamos». Reza con tu pequeño cuando se raspe una rodilla, cuando pierda su juguete predilecto, y sentirá el consuelo y el amor del Señor junto con los tuyos.

Evita orar con él si eso implica postergar algo que quiere hacer enseguida. No lo fuerces a hacer una oración antes de tomarse una merienda que ya ha visto y prácticamente está degustando. Hay que enseñarle a tener paciencia y a rezar, pero no combines ambas cosas, porque solo conseguirás que se le quite el gusto por la oración. Debe ser algo entretenido para él. Denle gracias a Dios juntos mientras disfruta de su merienda: «¡Gracias, Jesús, por esta comida tan rica!»

Los niños pequeños tienen mucha fe. No necesitan conocer todas las razones y principios por los cuales debemos orar, dar gracias a Dios y alabarlo, o por qué es tan importante Su Palabra. Les basta con saber que necesitan la ayuda de Jesús, que Él los ama y que Su Palabra es verdad. Lo único que tienen que aprender es que la fe en Jesús da resultado. Nada más. ¡Y al Señor le encanta responder sus oraciones! Es perfectamente capaz de hacer cualquier cosa que le pidan, pero no siempre responde enseguida ni exactamente de la forma en que ellos quieren.

Ese es precisamente el motivo de que algunos padres de familia se resistan a enseñar a sus hijos a orar. No quieren que se decepcionen o pierdan la fe cuando llegue el caso de que pareciera que Dios no respondió, ni quieren verse en una situación comprometida si los niños les plantean preguntas que no saben si podrán responder. La solución no es dejar de orar en tales situaciones, sino prepararse con algunas explicaciones. A continuación damos algunas:

• Normalmente Dios espera a que cumplamos nuestra parte del trato antes de cumplir Él la Suya. Por ejemplo, si al niño se le ha perdido un juguete, hay que orar con él y luego ayudarlo a buscarlo.
• Algunas respuestas toman tiempo. Por ejemplo, llevará algún tiempo para que un raspón en la rodilla sane del todo, aunque el niño le pida a Dios que se lo cure.
• Otros de los motivos por los que da la impresión de que Dios no responde a nuestras oraciones son más difíciles de explicar: Tal vez no sea el momento propicio; puede que Dios esté tratando de enseñar al niño a tener paciencia o alguna otra cualidad; quizás lo que el niño pida no sea bueno para él; es posible que el Señor se haya autolimitado en Su accionar a causa de las decisiones que hayan tomado otras personas... Puede que haya incluso otros factores que desconocemos.
• A veces Jesús responde que sí, otras que no, y otras más dice: «Espera». Pero de uno u otro modo, siempre responde cada oración. Si enseñas al niño a confiar en el Señor a pesar de las aparentes decepciones o demoras, le habrás comunicado una de las cosas más importantes en su preparación para afrontar la vida.

Una de las mejores formas de infundir fe a los niños es hablarles de ocasiones en que Dios respondió inequívocamente una oración, ya sea mediante ejemplos tomados de las Escrituras, de su vida personal o de la vida de otras personas a quienes conocen bien. ¿Pidieron por un hermano o hermana mayor que estaba enfermo y ahora está sano? ¿El Señor hizo que el bebito parara de llorar después que oraron por él? ¿Pudieron ir al circo o hacer otra cosa por la que habían rezado? Una idea para que la oración resulte amena y para que los niños vean que el Señor responde consiste en ir anotando las cosas por las que rezan y la fecha en que lo hacen, y luego ir marcando la fecha en que el Señor contesta cada petición. (En la lista de relatos de la Biblia que figura al final del libro se enumeran algunas oraciones respondidas que están registradas en las Escrituras para nuestra edificación.)

Ratos para escuchar a Jesús

Además de dar a los niños el fundamento sólido de la Palabra escrita —la Biblia—, es importante enseñarles que es muy importante recibir la Palabra viva directamente de Dios (v. El mejor amigo de los padres).

Se puede empezar a enseñarle este principio a un niño desde muy pequeño. Siéntate con él y pídanle juntos al Señor que responda a algún interrogante que tenga uno de los dos. Oren juntos y rueguen que les despeje el corazón y la mente de toda idea propia que puedan tener, a fin de poder captar Sus consejos. Luego no queda más que confiar en la promesa divina de que si pedimos, recibiremos (Mateo 7:7). Seguramente Sus respuestas no serán largas ni complicadas. Cuando de niños se trata, el Señor se ciñe a lo sencillo.

Una joven que cuidaba de dos niños de familias misioneras —ambos de dos años y medio de edad— les enseñó a pedir ayuda al Señor para resolver los problemas de orden práctico que se les presentaban. Aquí nos cuenta su experiencia:

Un día Trévor y Olivia empezaron a pelearse por un almohadón que ambos querían tener, así que hicimos un alto para orar. Les dije que íbamos a preguntarle a Jesús qué debían hacer. Tenía lápiz y papel en la mano y le pedí en voz alta al Señor que les dijera a cada uno lo que tenía que hacer. Enseguida, al sentir la voz del Señor en mi corazón, anoté lo que me dijo y les leí a los niños las instrucciones que me había dado para ellos.

El versículo que Jesús me recordó para Trévor fue: «Aguarda al Señor». Conversamos brevemente sobre eso y lo que significaba en aquella situación. Luego, cuando le pregunté qué debía hacer Olivia, Jesús me dijo: «Sé amable, y no te quedes con él todo el tiempo». Entonces hablamos de eso. Olivia estaba dispuesta a darle el almohadón a Trévor enseguida, pero se puso muy contenta al oír que Jesús había dicho que lo podía tener un rato más. Trévor esperó pacientemente, y al cabo de un rato le tocó a él.

Podría parecer que esa sencilla solución se me ocurrió a mí. Sin embargo, tengo que reconocer con toda franqueza que no se me había pasado por la cabeza esa idea. ¡Yo no sabía qué hacer! Ambos niños lo entendieron con toda claridad, y me resultó mucho más fácil convencerlos que cuando he tratado de resolver situaciones similares por mi cuenta. ¡Jesús nos lo hizo fácil a todos!

Otro día, mientras los niños tomaban la merienda, se me ocurrió preguntarle al Señor si había algo que quería decirles, así que les expliqué que iba a hacer precisamente eso. Se quedaron sentados quietitos mientras yo anotaba lo que el Señor me decía, y luego se lo leí. Jesús les dirigió unas palabras de lo más tiernas, que les hicieron sonreír.

A Trévor le dijo: «Deja que alumbre tu luz. Deja que en ti brille Jesús. En todo lo que hagas, que brille Jesús». Le gustó mucho porque rimaba.

A Olivia le dijo: «Alégrate porque te quiero. No te preocupes ni llores, porque eres Mi cariñito». Le gustó que Jesús la llamara «Mi cariñito».

Díganles a los niños y niñas que las verdades que sienten en lo profundo de su corazón son las auténticas verdades. El amor de Dios nos habla al corazón y procura obrar por medio de nosotros en el mundo. Debemos prestar oído a esa voz. Debemos escucharla cual una melodía pura y distante que distinguimos a pesar de la bulla del mundo. Algunos dicen: «Cuando crezcamos, escucharemos. Ahora, mientras somos jóvenes, preferimos pensar en otras cosas». Sin embargo, con la voz del amor —que es la que Él emplea para dirigirse a nosotros en lo secreto de nuestro corazón—, Dios nos habla cuando somos jóvenes, para que nuestra juventud sea auténtica juventud, y para que nos convirtamos en hijos de Dios. Dichosos quienes le prestan atención.
Dr. Albert Schweitzer (1875-1965), filósofo y médico alemán que realizó una gran obra misionera en el África ecuatorial y ganó el Premio Nobel de la Paz en 1952.
Copyright 2019 © Activated. All rights reserved.