Prefacio

«La tarea de criar hijos no es nada fácil —nos dijo alguien con experiencia—. Se necesita la fuerza de Sansón, la sabiduría de Salomón, la paciencia de Job, la percepción de Daniel, el valor, la determinación y las dotes de mando del rey David, la fe de Abraham y, por sobre todas las cosas, el amor de Dios».

La labor de los padres nunca ha sido fácil; pero en el acelerado, complejo y cambiante mundo de hoy es todavía más difícil. Sin embargo, la clave para educar bien a los niños sigue siendo la misma de siempre: el amor. El amor que tenemos por nuestros hijos, el que tienen ellos por nosotros y el que aprenderán a su vez a brindar a otras personas son facetas del milagoso amor divino. El amor es lo que los motivará a tomar buenas decisiones y elegir acertadamente en las encrucijadas de la vida. Es lo que los ayudará a salir adelante pese a los altibajos propios de la etapa de desarrollo, el antídoto frente a las influencias negativas a las que se verán expuestos a lo largo de la vida. El amor les dará una razón de vivir y motivos para hacerlo con entusiasmo.

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