¿Ya no sabes qué hacer?

Pregunta: Siempre había pensado que trabajar con adolescentes era mi vocación, pero ya no estoy tan segura. Con este nuevo grupo de alumnos —y con algunos en particular— me dan ganas de darme por vencida. ¿Qué puedo hacer?

Nota de los editores: La persona que planteó esta pregunta no tiene hijos adolescentes. De todos modos, como es profesora de jóvenes, a los padres les resultará fácil identificarse con ella y poner en práctica la respuesta que le da Dios.

El fruto de la perseverancia

Soy consciente de lo difícil que es dar clase a un grupo de jóvenes y de la preocupación y la frustración que sientes. ¡A veces los chicos son capaces de hacerle perder la paciencia a un santo! Con todo, sigue intentando comunicarte y relacionarte con ellos. Trata de identificarte con ellos y pensar como ellos. Si logras crear un vínculo con ellos, una conexión, lo que les dices empezará a entrarles, y a partir de ahí podrás hacer progresos concretos.

Uno de los gajes del oficio de profesora de gente joven es la frustración. Así son las cosas a veces. Así es la vida.

Los conocimientos y la experiencia que tienes tú son el fruto de años de altibajos, de triunfos y fracasos, de superar situaciones bastante difíciles; los jóvenes, en cambio, apenas están comenzando. Si tienes eso presente, no se te agotará tan pronto la paciencia. Evita también hacer comparaciones entre este grupo y otros chicos a los que has enseñado. Hay adolescentes que no tienen prisa por hacerse mayores; otros maduran más rápido. No puedes desanimarte tanto por eso.

Deja que rompan el molde

A medida que los jóvenes van desarrollándose, por lo general necesitan más libertad para tomar decisiones independientes sin que los obliguen a encajar en cierto molde. Algunos no encajan ni quieren encajar en el molde en el que se los quiere meter. Tú tienes tu molde, te has hecho una idea de cómo deben ser y actuar; pero ni siquiera a los hijos se les puede exigir que sean así, que sean iguales a uno y se ajusten en todo a sus ideales.

Es posible que tengas que empezar a cambiar de mentalidad. Quizá debas ver a esos jóvenes de otra manera y buscar en ellos rasgos dignos de admiración; por ejemplo, el hecho de que se porten tan bien a pesar de las presiones y las dificultades con que se topan.

No tengas miedo de ensuciarte las manos

¡No desistas! Pon manos a la obra, y no te preocupes si te las ensucias. Esto es algo así como la jardinería: uno no puede hacer nada en un jardín si no está dispuesto a llenarse las manos de tierra. Las plantas no medran ni crecen si el jardinero no está dispuesto a hacer algo más que mirarlas y regarlas. A veces es necesario trasplantarlas a otra maceta porque las raíces han crecido mucho, o porque la tierra de la maceta ha perdido nutrientes o se está enmoheciendo.

Con los jóvenes pasa lo mismo: es posible que precisen la atención concentrada de alguien que no tenga miedo de ayudarlos a buscar la forma de resolver sus problemas. A veces se enredan y no pueden desenmarañarse solos; les hace falta ayuda del jardinero. Está atenta a ellos del mismo modo que el jardinero examina las plantas para descubrir síntomas peligrosos como hojas que amarillean, que se manchan o se marchitan, tierra mohosa, o plantas mustias por falta de agua. Hay plantas que tienen que estar a la sombra, y otras que quieren sol. Las hay que necesitan mucho riego, y las hay que apenas si requieren agua. A algunas les hacen falta muchos cuidados y hay que rociarlas todos los días; otras, como los cactos, casi no necesitan nada.

Tu misión consiste en ser una jardinera diligente, afectuosa, preocupada de sus plantas, que no las pierde de vista y se esmera en atenderlas y cuidarlas. El jardinero averigua lo que puede hacer y se esfuerza por que sus plantas estén bien. Y como cualquier jardinero, después que hayas hecho todo lo que podías, deja lo demás en Mis manos.

Procura ver a las personas tal como las ve Dios
Yo paso por alto las faltas y las imperfecciones. Veo el corazón. Conozco el corazón de cada persona. Veo lo más profundo del alma y todo lo bueno. No busco lacras; no miro la carne, sino el espíritu. Yo he creado cada alma, cada espíritu. Todos proceden de Mí; cada uno es obra Mía, hechura de Mis manos. ¿No conozco Yo a cada uno íntimamente? ¿No conozco lo más recóndito de cada corazón, hasta la última fibra de una persona?
Pero tú no siempre percibes esa belleza oculta. No puedes saber con precisión lo que el otro alberga en su interior. Lo tienes que creer por fe. Lo que Yo conozco y veo claramente, el esplendor que percibo, tú lo tienes que aceptar por fe. Comprendo que es posible que haya un pila de escombros encima. Hay fallos y detalles que mejorar. Pero si miras a través del lente de la fe, si miras más allá de las apariencias, de los actos visibles y de las palabras audibles, comenzarás a ver a las personas tal como las veo Yo.
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