Altruismo

Willie y los favores de cinco minutos

Ya terminábamos de distribuir cincuenta paquetes de diez kilos de ayuda a gente de bajos recursos —la mayoría viudas y discapacitados— en un salón a las afueras de uno de los barrios pobres más grandes de África Oriental.

Satisfecha por la labor realizada, yo estaba a punto de partir cuando Sally, una colega, tomó el último paquete y propuso:

Amabilidad y bondad

Cuando el apóstol Pablo escribió sobre llevar una vida que esté en armonía con Dios, enumeró lo que llamó «las obras de la carne», entre las que figuran las enemistades, los pleitos, los celos, los arranques de ira y la envidia.1 Prosiguió diciendo que el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio. No hay ley que condene estas cosas.2 El fruto del Espíritu es la acción del Espíritu Santo dentro de nosotros, que nos lleva a adquirir una mayor cercanía y devoción a Dios y una mayor semejanza con Cristo.

La bondad

La bondad es el lenguaje que los sordos oyen y los ciegos ven.
Mark Twain (1835–1910)

*

Si haces el bien para que te lo agradezcan, mercader eres, no bienhechor; codicioso, no caritativo.
Francisco de Quevedo (1580-1645)

Paso a paso

Un conocido relato describe a un hombre que deambulaba por una playa al atardecer. A cierta distancia observó que un jovencito se agachaba para recoger algo, que luego arrojaba al agua.

Acercándose, el hombre logró distinguir que el chico recogía estrellas de mar varadas en la arena y las devolvía con ímpetu al agua. El hombre preguntó al muchacho qué hacía.

Un conducto

Entré despacito a mi clase de conversación en japonés y me senté cansinamente en mi puesto habitual. La fatiga y sobrecarga mental se hacían sentir aquel último semestre lectivo. Al acercarse la graduación, interiormente me abrumaba la idea de tener que salir a buscar empleo y terminar al mismo tiempo la fase final de mis estudios. Además, de todas las materias, aquella era la peor. Me resultaba pesadísimo retorcer la lengua durante 3 horas para lograr las cadencias de conversación en un idioma distinto del mío.

El arte de animar

Mientras escribo este artículo una muy buena amiga mía enfrenta sucesivas olas de malas noticias. Su marido acaba de ser despedido de un empleo que tuvo durante 27 años, a ella le salió un mamograma sospechoso, el aire acondicionado de su casa se descompuso y tuvieron que sacrificar a una mascota de la familia. Por el momento no se trata de nada trágico, pero son noticias desalentadoras, del tipo que lo llevan a uno a preguntarse: «Dios, ¿por qué?», o «¿Estás ahí, Dios mío? ¿No ves estas cosas? ¿Acaso te importan?»

El bebé de la otra incubadora

Charity —lectora de Conéctate desde hace muchos años— tenía un empleo bien pagado en el sector bancario. Acababa de terminar su segundo doctorado en una prestigiosa universidad internacional. Había dado a luz a mellizos, un niño y una niña. Con todo, en lugar de sentirse contenta, con lágrimas observaba el pequeño bultito detrás del cristal de la incubadora, que era su hijo dormido.

No podía defraudarlo

Se cuenta que durante la Primera Guerra Mundial dos hermanos que se habían enrolado en el ejército fueron asignados a la misma unidad. Al poco tiempo los destinaron al frente, a las trincheras. En la guerra de trincheras de aquel conflicto cada bando cavaba una red de zanjas frente a las líneas enemigas; luego sitiaba las trincheras del otro bando. De tanto en tanto uno de los dos bandos lanzaba una ofensiva con el objeto de penetrar en las defensas del adversario.

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