Altruismo

Amor desinteresado

Cuando le preguntaron a Jesús cuál era el mayor de los mandamientos, respondió: «“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente”. Este es el primero y grande mandamiento.

»Y el segundo es semejante: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”» (Mateo 22:37-39). Desde el punto de vista de Dios, el amor es la virtud suprema. Prevalece sobre todas las demás. Dios no nos exige perfección; no nos pide que jamás cometamos un error ni que acometamos grandes empresas de las que se entere todo el mundo. Solo nos pide que amemos al prójimo.—Shannon Shayler

Los zapatos de los pobres

Dicen que no se debe juzgar a nadie sin haberse puesto en su lugar. Eso probablemente lo sabía muy bien la Madre Teresa. Tras haber vivido casi treinta años entre los más pobres de los pobres de Calcuta —algo que siguió haciendo durante otros veinte años—, en 1979 se le concedió el Premio Nobel de la Paz. En su discurso de aceptación del premio explicó que toda persona, sea quien sea, es única y tiene gran valor, y sólo cuando aprendemos a respetar esa unicidad podemos empezar a ayudarla a mejorar su vida.

Construye puentes, no muros

Se dice que la gente se siente sola porque construye muros en vez de puentes. ¡Es una gran verdad!

La mayoría de la gente tiende a ser un poco egoísta. Es parte de la naturaleza humana darse prioridad a uno mismo, anteponer las propias necesidades y deseos a los ajenos. Es fácil enfrascarse cada uno en su propia vida y sus propios problemas. Sin embargo, cuando haces eso te complicas la existencia, pues te cierras a muchas de las cosas bellas de la vida y te pierdes la oportunidad de conocer a gente muy valiosa.

El amor en acción

Si tienes  amor de verdad, no puedes presenciar impasiblemente una situación de necesidad. No puedes pasar con indiferencia junto al pobre hombre del camino de Jericó. Te sientes impulsado a actuar, como hizo el buen samaritano.

No basta con decir: «¡Lo siento mucho, qué pena!» La compasión debe manifestarse en hechos. Esa es la diferencia entre la lástima y la compasión: la lástima es pasiva, un sentimiento de pena nada más; la compasión, en cambio, es activa y traduce esa pena en una acción.

Dedica tiempo a los demás

Es fácil que, aun siendo una buena persona, te encierres en tu propio mundo. Al fin y al cabo, te da la impresión de que no das abasto con el trabajo y las obligaciones que tienes. Lógicamente, pues, dispones de muy poco tiempo para los demás.

Cuando estuve en la Tierra, también tenía mucho que hacer, particularmente durante la época en que llevé a cabo Mi ministerio público. Apenas contaba con tres años y medio para cumplir Mi misión. Sin embargo, me entregaba a las personas, aun a las que, según algunos, no se lo merecían. 

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