Altruismo

La alegría de servir

Desde hace unos años participo como voluntario en una iniciativa para dar clases a jóvenes de escasos recursos. Me crié en una típica familia india de clase media alta. La mayor parte de mi vida he residido en un vecindario de la ciudad donde vive gente pudiente y he disfrutado de una posición acomodada. Por eso, meterme en barrios marginales y experimentar la vida en un plano totalmente distinto fue un poco chocante para mí.

¿Quién es mi prójimo?

Estaba frente a un grupo de alumnos de ocho y nueve años de una escuela dominical, leyendo en una Biblia bien ilustrada estilo historieta la conocida parábola del buen samaritano1. El relato terminaba con la pregunta que planteó Jesús:

—¿Cuál de estos tres piensas que demostró ser el prójimo del que cayó en manos de los ladrones?

—El que se compadeció de él —contestó el experto en la ley.

Héroes anónimos

Sabe Dios la enorme cantidad de actos de heroísmo que se realizan todos los días. Si se premiara cada uno de ellos con una placa, habría suficientes para cubrir todos los muros del mundo. Tal vez en eso pensaba mi marido, Michael, cuando escribió esta canción en honor de muchos héroes anónimos.

Dos vidas ejemplares

Mi abuela Sabina fue una santa que tuve el privilegio de conocer personalmente. No tenía partida de nacimiento, pero fue al colegio el tiempo necesario para aprender a leer bien. Leía la Biblia todos los días, y nunca se perdía la misa del domingo. Si bien era afable y bondadosa, jamás dejaba pasar la ocasión de enseñarnos algo formativo, como una vez en que mi hermana, mis primas y yo robamos unas frutas de los vecinos. Le bastó con mirarnos cuando llegamos a casa para saber que habíamos hecho alguna travesura. Después que reconocimos nuestra fechoría, nos mandó regresar a pedir disculpas.

Lección de desinterés

Mi esposa y yo solemos ir una vez a la semana al mercado de frutas y verduras de nuestro barrio, un lugar siempre pintoresco y folclórico. Allí la gente se saluda con efusividad, se consiguen las mejores ofertas de productos frescos, se habla del clima, del gobierno, de fútbol, y sobre todo es un centro social para matar soledades.

¿Hablar o escuchar?

La pequeña cafetería de nuestro lugar de trabajo bullía de cháchara. Mis colegas estaban sentados en grupos, y las conversaciones se entrecruzaban. Aquella mañana se me ocurrió que tenía poco que aportar y opté por sentarme sola. Mirando por la ventana me dejé llevar por el penoso recuerdo de una pérdida reciente, y pensé también en algunos conflictos que habían asomado en mis relaciones laborales y en un trastorno de salud persistente. Me intrigaba cuándo llegaría al mentado final del túnel donde vuelve a brillar el sol.

Un mensaje misterioso

Cierto día en que andaba muy afanada por que mis hijos llegaran a tiempo a su clase de computación, en el último momento no encontrábamos uno de sus libros de texto ni las llaves de la casa. Más nervios de punta y carreras frenéticas. En medio de todo eso sonó mi teléfono. Era un mensaje de texto de un número desconocido. Lo que leí me tomó por sorpresa:

El secreto

Al momento de escribir su epístola a la iglesia de Filipos, Pablo languidecía en una cárcel romana. Así y todo, en la introducción a su carta el apóstol cuenta que lo que lo haría realmente feliz no sería quedar libre, sino que los cristianos de aquella ciudad macedonia se relacionaran armoniosamente entre sí y se manifestaran afecto. Enseguida describe con detalle cómo pueden hacerlo:

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