Altruismo

Ver a Jesús

Hace unos años se realizó una serie de experimentos con unos perros a los que se les había enseñado a dar la mano. Los canes obedecían con gusto, así recibieran o no un premio. No obstante, los investigadores descubrieron que si los perros veían que se premiaba a uno de sus compañeros y a ellos no, a partir de ese momento vacilaban cuando se les daba la orden, y a la postre desistían de cooperar. Los animales se daban cuenta de que recibían un trato injusto y se disgustaban1. Si hasta los perros se percatan cuando algo no es justo, ¡cuánto más las personas cuando no se las trata con imparcialidad!

Aunque no sean ángeles

Hebreos 13:21 dice: «No se olviden de practicar la hospitalidad, pues gracias a ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles».

De pequeña ya conocía ese versículo. Hasta recuerdo imaginarme que las personas con las que interactuaba eran ángeles de incógnito, lo que me motivaba, en la mayoría de los casos, a tratarlas con cortesía y amabilidad. Por desgracia, conforme me fui haciendo grande cada vez me resultaba más fácil adoptar una actitud dura y mantener las distancias.

Como vela en candelero

La esencia de la vida cristiana es manifestar el amor de Dios a las personas que Él a diario pone en nuestro camino. Refiriéndose a ello, el apóstol Pablo llegó a decir: «Es el amor de Cristo el que nos apremia»1. Sean cuales sean las vías concretas que Dios nos indique para transmitir Su amor en nuestra parte del planeta, Él nos ha llamado a ser «la luz del mundo» y dice que «ha de lucir [nuestra] luz ante los hombres, para que, viendo [nuestras] buenas obras, glorifiquen [al] Padre, que está en los cielos»2.

Recuerdos de Marta

Marta, mi vecina, pasó a mejor vida esta semana tras una larga lucha con un enfisema. La extrañaré. De hecho, en los últimos días he pensado mucho en ella.

Cuando mi marido, Dan, y yo nos mudamos al vecindario, Marta nos invitó a su casa a tomar un té con galletas. Nos sentamos en la sala, que mantenía inmaculada, y hablamos de nuestra familia y de la obra voluntaria que habíamos llevado a cabo en México. Nos sentimos muy a gusto, y yo muy agradecida de contar con una vecina como ella, que se preocupó de comunicarnos que éramos bien recibidos.

El buen revisor

El escritor inglés Bernard Hare cuenta1 un incidente que cambió su vida y lo transformó de «hedonista egocéntrico y potencialmente violento en ser humano decente», según sus propias palabras.

En 1982, cuando era estudiante y vivía en Londres, le informaron que su madre había sido hospitalizada y era poco probable que sobreviviera a la noche. Él partió de inmediato rumbo al norte del país.

Una amiga de verdad

Cuando era adolescente estaba convencida de que me las sabía todas. Aunque me sentía muy insegura, tenía opiniones sobre todo, opiniones tajantes. En retrospectiva, me da pena por mis padres. No me cabe duda de que les di mucha guerra, sobre todo durante la adolescencia. No me gustaba que fueran más estrictos que los de otros jóvenes. Eso me llevó a alejarme de ellos, como hacen muchos chicos a esa edad. Estaba segura de que no me entendían, y en realidad así era. Ninguno de mis hermanos mayores se había sentido como yo. Yo lo cuestionaba todo, y me costaba acatar las reglas. Sin embargo, por fuerte que fuera mi carácter, lo único que deseaba era encontrar a alguien que realmente me comprendiera.

El trasfondo de un susurro

Entró en la tienda acompañado de otro joven de más o menos su misma edad. Iba bien vestido y andaba con ese aire de aplomo tan característico de muchos jóvenes de hoy en día, ese caparazón de autoconfianza que suele ocultar un sentimiento de inseguridad y en ocasiones una cicatriz dejada por una profunda herida emocional.

Me gusta observar a la gente. ¿Qué puede ser más fascinante, misterioso y cautivador que una vida humana? ¿Qué se esconde detrás de esa expresión de aparente normalidad, esa ropa pulcra y ese corte de pelo impecable?

Entrega

Tener siempre en cuenta a los demás y procurar satisfacer sus necesidades, sobre todo cuando ello implica cierto sacrificio, no es nada fácil. Lo más cómodo es ser perezosos, egoístas y egocéntricos, y la mayoría somos así por naturaleza. Nuestra primera reacción generalmente está motivada por nuestros propios intereses, lo que deseamos y lo que nos hace felices. No obstante, con la ayuda de Jesús podemos adquirir nuevos hábitos y reacciones automáticas que con el tiempo contribuyan a que seamos más amorosos, amables y abnegados.

<Page 7 of 11>
Copyright 2021 © Activated. All rights reserved.