Ama a quien tienes a tu lado

Ama a quien tienes a tu lado

Las letras de algunas canciones me han causado honda impresión. Por ejemplo, la de la canción Love the One You're With, de Stephen Stills. El estribillo dice: «Si no puedes estar con la persona que amas, ama a quien tienes a tu lado».

Corría el año 1974. Mi novio y yo nos habíamos separado, y yo estaba con el corazón destrozado. Me pasé varias semanas titubeando entre procurar evitarlo y tratar de llamar su atención. Asistir al mismo colegio que él era una tortura. En aquel tiempo esa canción me ayudó a no encerrarme en mi mundo, a proyectarme hacia los demás. Media vida más tarde tuvo el mismo efecto. 

Me encontraba en un autobús cuando una joven madre con una niña de dos o tres años de edad se sentó justo delante de mí. Lo primero que noté fue que las dos estaban bien vestidas y peinadas. Seguidamente deduje que debían de ser extranjeras. Las observé un rato tratando de determinar de dónde eran. Aunque la niña jugaba feliz con un juguete, el rostro de la madre denotaba fatiga y preocupaciones.

Mientras las miraba, no podía dejar de pensar en mis cuatro nietas, que viven al otro lado del mundo. Aunque puedo chatear con ellas por Internet y ver con regularidad sus últimas fotos, echo de menos sostenerlas en mis brazos.

—Esos aros son muy lindos —le dije a la niña señalando sus pendientes de oro.

Los ojos de la madre se iluminaron, y al instante se produjo una conexión entre ella y yo.

Pronto me enteré de que había llegado a Italia unos meses antes por invitación de sus familiares y que su marido todavía se encontraba en su país a la espera de novedades sobre un posible empleo para él. Mientras tanto, ella también había estado buscando trabajo, aunque no se había concretado nada. Era difícil encontrar un puesto de trabajo estable con una niña pequeña y sin tener a nadie que pudiera cuidar de ella durante la jornada laboral. La madre apenas tenía 20 años, la misma edad que yo cuando tuve mi primer hijo.

El autobús se detuvo en mi paradero, que resultó ser también el suyo. Yo necesitaba llegar a la estación de tren, pero no conocía muy bien esa parte de la ciudad. Mi nueva amiga se ofreció a mostrarme el camino; se lo acepté con gratitud. Mientras caminábamos charlamos un poco más. Le hablé de mi vida, mis hijos y mis nietas. Me miró comprensivamente cuando le dije que no los había visto en mucho tiempo. Entonces la niña me dirigió una sonrisa, como diciendo, «Aquí estoy yo».

Me acordé de las dificultades que yo misma tuve cuando era una madre joven e inexperta y traté de animar a aquella chica. Le aseguré que los sacrificios que estaba haciendo para que su familia tuviera una buena situación valdrían la pena. También le conté mis experiencias recientes como voluntaria y le expliqué que cuando entrego mi tiempo y energías a quienes lo necesitan, no me angustio tanto por las cosas que me faltan en la vida.

En aquel momento me vino a la memoria esa vieja canción. Esta vez no se me aplicaba porque hubiera sufrido la pérdida de un novio, sino por mi intenso deseo de estar más con mis hijos y mis nietas. «Si no puedes estar con la persona que amas, ama a quien tienes a tu lado».

Al despedirnos, le puse un poco de dinero en la mano. No tenía mucho, pero sabía que incluso un poco la ayudaría, dada su difícil situación. Aunque no me lo había pedido, sentí la necesidad de manifestarle a ella y a su hija el mismo amor e interés que les habría mostrado a mis propias hijas y nietas de haber estado con ellas en el autobús aquel día.

Jesús nos enseñó: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo»

(Mateo 22:39). Creo que de haber ampliado el concepto, Jesús habría dicho también: «Amarás a los demás tanto como amas a tus propios hijos».

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