No podía defraudarlo

No podía defraudarlo

Se cuenta que durante la Primera Guerra Mundial dos hermanos que se habían enrolado en el ejército fueron asignados a la misma unidad. Al poco tiempo los destinaron al frente, a las trincheras. En la guerra de trincheras de aquel conflicto cada bando cavaba una red de zanjas frente a las líneas enemigas; luego sitiaba las trincheras del otro bando. De tanto en tanto uno de los dos bandos lanzaba una ofensiva con el objeto de penetrar en las defensas del adversario.

En una de esas ofensivas el hermano menor cayó malherido en tierra de nadie, la peligrosa franja de terreno situada entre las trincheras de uno y otro bando.

Cuando el mayor, que seguía atrincherado, vio la crítica situación en que se encontraba su hermano, comprendió instintivamente lo que debía hacer. Se desplazó por la trinchera, abriéndose paso entre los soldados hasta dar con su teniente.

—¡Tengo que rescatarlo! —le dijo, haciéndose oír por sobre el estruendo de la batalla.

El oficial le respondió:

—¡Imposible! ¡Lo matarán en cuanto asome la cabeza!

Pero el muchacho se zafó de las manos del oficial, que lo tenía sujeto, salió a gatas de la trinchera y se lanzó a tierra de nadie en busca de su hermano menor, desafiando el incesante fuego enemigo.

Cuando este lo vio llegar, casi impedido de hablar, le susurró:

—¡Sabía que vendrías!

El hermano mayor, que para entonces también había sido alcanzado por las balas, a duras penas consiguió arrastrar a su hermano hasta la trinchera, donde ambos cayeron agonizantes.

—¿Por qué lo hizo? —le reclamó el teniente—. ¡Le advertí que a usted también lo matarían!

A lo que el soldado respondió esbozando una última sonrisa:

—Él contaba conmigo. No podía defraudarlo.

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Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos. Jesús, en Juan 15:13

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Cuando preguntaron a Jesús cuál era el mayor de los mandamientos, respondió: «“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente”. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”»1

Desde el punto de vista de Dios, el amor es la virtud suprema. Prevalece sobre todo lo demás. Dios no nos exige perfección; no nos pide que estemos exentos de errores ni que acometamos grandes empresas que hagan eco por todo el mundo. Simplemente nos pide que amemos al prójimo. Shannon Shayler

1. Mateo 22:37–39

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