Valió la pena

Valió la pena

Hace poco hicimos nuestra primera función de títeres para los niños que visitan a sus padres en la penitenciaría más brava de Ciudad de México. A esa cárcel van a parar los presos que han perdido todas sus apelaciones, incluida la de no ser trasladados a ese recinto. En ese lugar no les queda nada más que cumplir su condena. También están allí los reclusos más contumaces que han resultado incontrolables en otras cárceles. 

En promedio, las sentencias que se cumplen allí son de 30 años. El 98% de la población penal es supremamente pobre. Más de la mitad no reciben nunca visitas, lo que significa que no tienen ningún apoyo externo y les urge ganar dinero como sea para sobrevivir, ya que ellos mismos tienen que costearse sus necesidades básicas.

Al ingresar al recinto me encuentro con grupos de hombres muy flacos, todos vestidos con ropa vieja, sucia, de tonos azul oscuro; con el rostro consumido y la mirada perdida, triste y desconsolada. Nos sorprende un olor acre que impregna el ambiente por donde sea que pasamos, un olor a basura, putrefacción y alcantarilla. Es el olor de la angustia y la desesperación. El sentimiento de desolación que palpo a mi alrededor me supera.

A lo largo del callejón principal se extiende una hilera de tiendecitas y pequeños puestos de venta de artesanías y de comida, todos ellos administrados por los mismos presos. Las visitas compran allí cuando van. Muchos hombres están de pie contra las paredes, solos, con la mirada vacía. Así viven y dejan transcurrir el tiempo de su condena. Su tristeza y depresión son patentes.

Algunos nos ofrecen ayuda para llevar nuestros bultos.  Quieren hacer algo, prestar un servicio, tener sentido de pertenencia y quizá recibir una propina. Muchos lo hacen con espíritu quebrantado.

Otros disfrutan de la agridulce experiencia de la visita de sus familiares.

Los edificios están viejos, en mal estado, sucios. La pintura se descascara, y el mobiliario está desgastado. Todo el universo de esos reclusos se tiñe de tonos sucios de azul marino, gris y negro.

Llegamos al auditorio ya listos para la función de marionetas y exhibimos los libros y lápices de cera que repartiremos entre los niños. La función empieza. Además de los 50 niños que asisten en compañía de sus madres —que han venido de visita— y sus padres —que están encarcelados—, hay otros presos. Poco a poco todos sacan el niño que llevan dentro, se ríen y por un momento se olvidan de su realidad.

Al marcharnos nos ponemos nostálgicos. Lo que hicimos parece insignificante frente a tanta necesidad, pero les llevó unas cuantas risas, alegría y amor.

Isabelle de Rive

Isabelle de Rive es fundadora y directora de una entidad sin ánimo de lucro que ayuda en Ciudad de México a niños y mujeres vulnerables y personas encarceladas.

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