Generosidad

¿Por qué no das algo?

Cuando lo vi venir caminando por la calle me tenté a mirar para otro lado. Era feo, estaba mugriento y evidentemente venía pidiendo dinero. Tal vez si miraba para otro lado no me abordaría y no me vería obligado a interactuar con él.

Mi jornada no había sido muy buena que digamos. En aquella época vivía en Francia y me encontraba reuniendo fondos para una labor misionera vendiendo libros en un puesto de mercado. Hasta ese momento, sin embargo, al cabo de varias horas bajo un sol arrasador, apenas si había logrado unas pocas ventas. Claramente era uno de aquellos días.

Cuando las arcas están vacías

Cierta mañana leí un pasaje de los Hechos, en que Pablo, en su charla de despedida a la iglesia de Éfeso, habla acerca de vivir una vida generosa y trabajar arduamente para asegurarse de tener siempre algo que dar a los pobres, y que es más bienaventurado dar que recibir.1 Yo no tenía la menor idea de que pocas horas después iba a ser probada en esos mismos principios.

Alguien está mirando

Mientras me apresuraba para acudir a una cita pasé junto a una mujer desgreñada que pedía limosna con un bebé en brazos. Escenas así son muy comunes en Caracas.

—Dale algo —reconocí la voz de Jesús que me hablaba en mi interior.

Tu pequeña luz

Me encanta leer narraciones vibrantes de personas que fundaron ONG, orfanatos, que adoptaron niños, crearon organizaciones de defensa de la libre competencia o algún otro portento de esos que cambian el mundo. Con todo —y por mucha inspiración que obtenemos de esos ejemplos—, la mayoría no tenemos vocación para ese tipo de misión. Estamos establecidos en un lugar, con una familia y lazos comunitarios, llevando una vida de perfil bastante bajo.

Dar o no dar

Mahatma Gandhi dijo en cierta ocasión: «El mundo tiene suficiente para cubrir las necesidades de todos los hombres, pero no para saciar su avaricia». Resulta fácil decir: «Los ricos debieran ser ampliamente generosos con los pobres y paliar así el hambre en el mundo». Sin embargo, cuando la necesidad nos toca el bolsillo, satisfacerla puede resultar más difícil de lo que nos imaginamos.

Cadena de favores

Últimamente he estado leyendo acerca del movimiento Pay It Forward (Cadena de favores)1. Lo que más me llama la atención de su filosofía es su sencillez. Aun así, no es fácil ser altruista y ayudar a una persona simplemente porque alguien hizo algo por nosotros o porque queremos que el ciclo continúe.

Los dos hermanos

Reza la leyend aque había un monasterio cuyo abad era muy generoso. Jamás negaba alojamiento a un mendigo, y siempre daba todo lo que podía a los menesterosos. Lo extraño del caso es que, cuanto más daba, más próspero se tornaba el monasterio.

Al morir el viejo abad, fue sustituido por otro de carácter totalmente opuesto. Un día llegó un anciano al monasterio pidiendo alojamiento. Adujo que años antes le habían dado resguardo una noche.

Dando se sale ganando

Cuesta mucho menos hablar de la generosidad que practicarla, sobre todo cuando exige algún sacrificio. Por otra parte, la Biblia dice que Dios la tiene en gran estima.

«Jesús se sentó frente al lugar donde se depositaban las ofrendas, y estuvo observando cómo la gente echaba sus monedas en las alcancías del templo. Muchos ricos echaban grandes cantidades. Pero una viuda pobre llegó y echó dos moneditas de muy poco valor. Jesús llamó a Sus discípulos y les dijo: “Les aseguro que esta viuda pobre ha echado en el tesoro más que todos los demás. Estos dieron de lo que les sobraba; pero ella, de su pobreza, echó todo lo que tenía, todo su sustento”»1.

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