Cadena de favores

Cadena de favores

Últimamente he estado leyendo acerca del movimiento Pay It Forward (Cadena de favores)1. Lo que más me llama la atención de su filosofía es su sencillez. Aun así, no es fácil ser altruista y ayudar a una persona simplemente porque alguien hizo algo por nosotros o porque queremos que el ciclo continúe.

Tantas veces en la vida me he visto en apuros, he necesitado ayuda, y alguien me tendió la mano. A los 19 años me fui de la India, donde había hecho dos años de voluntariado. Estaba destrozada, pues me encantaba participar en actividades para niños desfavorecidos y personas sordas y repartir ayuda humanitaria. Tampoco me resultó fácil hacer la maleta. Durante mi estadía había acumulado cantidad de cosas, pero la línea aérea no me permitía llevar más de cierto peso. Tuve, pues, que reducir mis pertenencias a una maleta grande, un bolso de mano y mi guitarra.

Llegué al aeropuerto de Nueva Delhi con tres horas de anticipación. Sentía mucho pesar. Dejar un país del que me había encariñado me entristecía.

Al llamar previamente me habían dicho que tenía derecho a 32 kilos y que la guitarra se consideraba equipaje de mano adicional. Nada que ver: la señora que me atendió en el aeropuerto me informó que tenía derecho a 23 kilos únicamente y que la guitarra no podía considerarse equipaje de mano. Además me dijo que mi bolso de mano se pasaba del peso permitido.

No sabía qué hacer. No tenía dinero para pagar el sobrepeso y no podía creer que me estuvieran diciendo algo distinto de lo que me habían comunicado al llamar antes a la oficina.

Pedí para hablar con el supervisor. Mientras esperaba noté que el señor parecía muy enojado: hablaba acaloradamente con tres personas a la vez. Enseguida me di cuenta de que aquel no era un buen momento para hablar con él. Me puse a orar fervorosamente y le pedí a Dios que interviniera. Los amigos que me habían llevado al aeropuerto ya se habían marchado, y yo no sabía qué hacer con la ropa y con la guitarra si los tenía que dejar atrás.

El supervisor me preguntó rápidamente qué deseaba. Le expliqué la situación lo mejor que pude y le pregunté si sería posible que no me cobraran el exceso de equipaje, pues no estaba en condiciones de pagarlo. Él se negó de plano a hacer una excepción y me dijo que, si no pagaba, mis opciones eran perder el vuelo —el tiquete no era reembolsable— o tirar a la basura lo que me sobraba.

Ya te imaginarás cómo me sentí: anonadada, indignada, irritada. No entendía por qué me estaba pasando algo así. No era culpa mía que la oficina de la aerolínea me hubiera informado mal. Al supervisor no le habría costado nada —pensé— aceptar mi petición, especialmente después de enterarse de que había consagrado dos años de mi vida a ayudar a la gente de su país.

En esas alguien me preguntó qué pasaba. Se lo expliqué todo de principio a fin, desde la razón por la que había ido a la India hasta el aprieto en que me encontraba en ese momento. Además le comenté que había pedido ayuda al supervisor, y que este no estaba de humor para ayudar.

Resultó que el caballero era empleado de otra línea aérea y conocía al supervisor, así que se le acercó para pedirle que me dejara abordar a pesar del sobrepeso. El hombre le respondió que tenía problemas más importantes que resolver.

El caballero, luego de cavilar profundamente, me dijo:

—Yo mismo pagaré la tarifa del sobrepeso. Yo también voy a tomar ese vuelo, ¡y después de todo lo que has hecho por mi país sería una lástima que te lo perdieras!

Yo me quedé pasmada. Estaba aliviada y muy agradecida.

Durante el largo vuelo me senté junto al caballero. Me contó que cuando era más joven, más o menos de mi edad, se había encontrado en una situación similar. En esa ocasión, alguien se le acercó para preguntarle si necesitaba ayuda, él le describió la encrucijada en que se hallaba, y el hombre le pagó el boleto de tren y le pidió que devolviera el favor ayudando a otra persona.

Me dijo que al verme caminar de un lado a otro por el aeropuerto había sentido lástima, pues él tenía tres hijas. Una de ellas viajaba al Reino Unido ese mismo día, y se imaginó cómo ella se habría sentido si hubiera estado en un apuro. Por eso había decidido ayudarme.

Se sentía satisfecho de haberme auxiliado, no solo porque a él, cuando era joven, también le habían tendido una mano y consideraba que ahora le correspondía retribuir el favor, sino también porque entendía que era lo que había que hacer. Agregó que era consciente de que Dios todo lo ve y que sabía que si alguna de sus hijas alguna vez se encontraba en un aprieto, de alguna manera Él les echaría una mano.

El gesto de aquel señor al sacarme de aquel apuro tuvo un gran efecto en mí. Desde ese día siempre he hecho lo que he podido por ayudar y ser generosa. Considero que es lo que se debe hacer, y al mismo tiempo lo hago porque alguien lo hizo por mí. Lo que damos lo damos de corazón, y tratamos a los demás con la misma gentileza con que hemos sido tratados.

Michele Roys

Michele Roys es emprendedora social y madre de dos hijos. Vive en Irlanda.

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