Cuando las arcas están vacías

Cuando las arcas están vacías

Cierta mañana leí un pasaje de los Hechos, en que Pablo, en su charla de despedida a la iglesia de Éfeso, habla acerca de vivir una vida generosa y trabajar arduamente para asegurarse de tener siempre algo que dar a los pobres, y que es más bienaventurado dar que recibir.1 Yo no tenía la menor idea de que pocas horas después iba a ser probada en esos mismos principios.

Mi amiga y yo estábamos en el balcón disfrutando de una cálida tarde primaveral, tomando un jugo de frutas frío. Habíamos estado conversando sobre los logros de la semana y los planes para el mes entrante. Antes de irse, mi amiga, que es trabajadora social en un vecindario pobre, trajo a colación una situación urgente que se había presentado hacía poco.

—Mercy ha sido huérfana la mayor parte de su vida y lamentablemente a la temprana edad de 25 años le han diagnosticado cáncer. Se gana la vida lavando ropa y la mayoría de los meses ni siquiera llega al sueldo mínimo. Por falta de medios para costearse un seguro médico, está ahora desamparada y tiene que financiar por su cuenta el urgente tratamiento que necesita. Ha solicitado la ayuda de personas simpatizantes, pero todavía le falta dinero para los medicamentos.

Con mirada expectante, mi amiga hizo una pausa. Hubo un momento de silencio entre las dos. Sentí compunción y ganas de ayudar, pero era fin de mes y había cuentas que pagar. Me alegré cuando sonó su celular y se puso a hablar con alguien. Eso me dio un momento para resolver el conflicto que acuciosamente se gestaba dentro de mí.

—¿Por qué ahora? —pensé.

Mentalmente me respondí con otra pregunta: ¿No hemos dado ya todo lo que podíamos este mes? Además, luego de pagar las cuentas, teníamos planificado por fin ponernos a ahorrar para algunas de las necesidades de nuestra numerosa familia.

Entonces intervino mi conciencia: ¿Acaso no ha provisto Dios cada vez que extremaste tus recursos para socorrer a algún necesitado?

Mi mente: Es cierto, pero… ¿y el plan de ahorros?

Mi conciencia volvió a intervenir: ¿Por qué no pensar en los principios que enseñó Jesús, de dar a quien te pida y hacer con los demás como quieras que hagan contigo?2

Mi mente: Es cierto, pero necesito urgentemente dar con un justo medio entre la generosidad y el ahorro.

Mi conciencia no se daba por vencida: «De gracia recibiste, da de gracia».3

Mi mente replicó: ¡No se trata de un vaso de agua! Estamos hablando de dinero, que en este momento escasea.

Mi conciencia: Piensa en otro principio que enseñó Jesús: «Lo que ustedes hicieron para ayudar a una de las personas menos importantes de este mundo, a quienes yo considero hermanos, es como si lo hubieran hecho para mí».4

Suspirando, alcé la vista y nuevamente me encontré con la mirada expectante de mi amiga.

—Yo puedo aportar —le dije.

Mi conciencia había ganado. Con una inesperada sensación de paz rebusqué en mi reserva monetaria y di lo que hacía falta, confiando en que Dios llenaría el vacío que yo acababa de crear.

Casi había olvidado ese episodio cuando estando de compras un par de días después, me encontré con un viejo conocido. Antes de despedirnos, metió la mano en su maletín, me entregó un sobre sellado y me dijo:

—Dios puso en mi corazón que te diera esto por todo lo que has hecho por mí. Estoy seguro de que una persona generosa como tú le dará buen uso.

Cuando llegué a casa, encontré una jugosa cantidad de dinero en el sobre, que redondeó el ciclo mensual de dar y recibir.

Cuando creamos un vacío dando y compartiendo, este no solo atrae bendiciones económicas sino también felicidad y una sensación de realización. Fomenta amistades y camaradería. Nos vacuna contra el mal del acaparamiento y nos enseña el ciclo de dar y recibir. «De gracia han recibido; den de gracia.»5

* * *

¿Qué es lo que una persona da a otra? Da de sí misma, de lo más preciado que tiene, su propia vida. Eso no necesariamente significa que sacrifica su vida por la otra, sino que da de lo que vive en ella; da de su alegría, de su interés, de su comprensión, de sus conocimientos, de su humor, de su tristeza. […] No da para recibir algo a cambio; dar es de por sí una alegría exquisita. Al dar, sin embargo, no puede menos que vivificar algo en la otra persona, y eso que cobra vida vuelve a reflejarse sobre quien la dio. Erich Fromm (1900–1980)

1. V. Hechos 20:32–35
2. Mateo 5:42; Lucas 6:30,31
3. Mateo 10:8
4. Mateo 25:40 TLA
5. Mateo 10:8

Iris Richard

Iris Richard

Iris Richard tiene siete hijos y seis nietos. Vive con su marido en Kenia, donde participa, desde hace 25 años, en labores misioneras y programas de ayuda humanitaria. Es enfermera y consejera. 

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