El oasis

El oasis

Hace varios años estuve dos semanas en los campamentos para refugiados saharauis que hay cerca de la ciudad-oasis de Tinduf, en el suroeste de Argelia. Éramos diez voluntarios, desde adolescentes hasta cincuentones. Salimos de Granada, donde teníamos nuestra base, y fuimos para hablar y hacer presentaciones en los centros comunitarios y colegios de los campamentos.

Los saharauis son descendientes de tribus nómadas árabes que deambulaban por los desiertos y costas de lo que fue el Sahara Occidental. Durante los cien años que estuvieron bajo el dominio español se acostumbraron a llevar una vida más sedentaria y construyeron poblaciones importantes como Smara.

Cuando España dio por terminado su régimen colonial en 1975, Marruecos y Mauritania se apresuraron a llenar el vacío. Los saharauis lucharon por una causa en la que tenían todas las de perder. Los medios internacionales, entre tanto, hicieron la vista gorda. Desde hace más de treinta años, cerca de 200.000 saharauis viven en la miseria en las hamadas, altiplanicies rocosas y áridas del desierto, donde en verano la temperatura alcanza los 55°.

Nos impresionó la humildad de los saharauis. No son fanáticos ni en política ni en religión. Pese a que el mundo en general ha cerrado los ojos a la durísima situación que han soportado durante casi ya cuatro décadas, no están resentidos. Dios los ve —dicen—, y un día los salvará.

Durante nuestra estancia convivimos con tres familias, que nos trataron a cuerpo de rey. Las condiciones de vida eran elementales —no disponen de agua potable, la electricidad se obtiene con paneles solares y baterías de 12 voltios y el calor era casi insoportable—; pero su hospitalidad y camaradería compensaron de sobra esas incomodidades. Los lazos de familia y de tribu son estrechos; la violencia, la delincuencia y la drogadicción, prácticamente inexistentes. Tampoco se oía ruido de tráfico o de construcciones como en nuestras ciudades. No había edificios altos ni alumbrado urbano que ocultaran u opacaran el fulgor de los miles y miles de estrellas que salpicaban el cielo nocturno. Habíamos vuelto al pasado, lejos de la globalización y las comodidades modernas; pero espiritualmente la experiencia fue renovadora y vigorizante.

Reímos, bailamos, cantamos, conversamos y escuchamos. Hasta de día se gozaba de tranquilidad. Una noche hicimos una parrillada en las dunas a la luz de la luna y cantamos canciones de amor, paz y fe en Dios.

Cuando regresamos a España, nuestros amigos nos elogiaron:

—¡Qué gran sacrificio habéis hecho yendo a esos campamentos de refugiados que viven en condiciones tan difíciles!

Les respondimos:

—Todo lo contrario. Para nosotros fue como un regalo.

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Dennis Edwards

Dennis Edwards es docente retirado. Trabaja en una ONG portuguesa que proporciona material didáctico a familias de escasos recursos y niños recogidos.  

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