Un obsequio para dos hermanos

Un obsequio para dos hermanos

¿Alguna vez te ha pasado que queriendo hacer algo por ayudar a alguien o ejercer una influencia positiva en el mundo, resulta que tus buenas intenciones fueron saboteadas por tus propios pensamientos y te convenciste de que tus esfuerzos no darían resultado?

Me pasó algo así el verano pasado cuando mi mujer y yo paramos a comer en un restaurante de comida rápida que sirve pollo frito. Después de hacer nuestro pedido llevamos las bandejas a una mesa que estaba en medio del comedor.

Me fijé en dos jóvenes —evidentemente hermanos— sentados en una mesa cercana. Noté que comían de la misma bandeja y que tenían la porción más pequeña y barata del menú. Además, a uno de ellos no se lo veía nada bien.

De repente me vino la idea: «Cómprales otro almuerzo». Me disponía a levantarme para hacer el pedido cuando me asaltó otro pensamiento que me puso en pausa: «¿Cómo vas a llevarlo a su mesa y ofrecérselo? Probablemente no aceptarán una limosna de alguien a quien no conocen, y te verás como un idiota de pie junto a su mesa con una caja de pollo en la mano».

Me volví a sentar.

Después de largos minutos de debate interno me incliné hacia mi mujer y le expliqué la situación en voz baja. Ella miró hacia los hermanos y volviéndose a mí me dijo: «Si Dios te ha inspirado el deseo de comprarles otra porción, es bueno que lo hagas».

Sus palabras de ánimo no podrían haber sido más oportunas, por lo que fui a pedir más comida para ellos. Así y todo, no me atrevía a dirigirme a su mesa para entregársela. El problema se resolvió enseguida.

El menor de los hermanos se acercó al mostrador, donde yo estaba, para pedir salsa de tomate. Yo le dije que esperara un momento, pues los cocineros estaban preparando una caja de comida para él, que era cortesía nuestra.

Los ojos se le pusieron llorosos. Me explicó que su hermano tenía una enfermedad terminal y lo habían enviado a casa para que pasara sus últimos días con su familia.

—A mi hermano le encanta el pollo frito, así que lo traje aquí para que disfrutara de una comida. Pero en este momento no tengo trabajo y tampoco mucho dinero, así que la estábamos compartiendo. ¡Te lo agradezco mucho!

Entonces se me llenaron a mí de lágrimas los ojos, pues me di cuenta de que había estado a punto de perderme la oportunidad de ayudar a aquellos hermanos. Mi temor de que no me aceptaran el obsequio estaba totalmente infundado. El caso es que al seguir esa corazonada que me inspiró Dios pude alegrarles un poco la existencia en un momento difícil. 

Michael Owens

Michael Owens y su mujer, María, son misioneros en el sur de Florida (EE. UU.), de donde son oriundos. 

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