Principios generales

El fruto encantador: la mansedumbre

Un espíritu afable es esencial para relacionarse armoniosamente con la gente. Puede ser determinante para que los demás se muestren abiertos a nuestras opiniones e ideas.

La Biblia retrata a Jesús como un cordero1, una gallina2 y un tierno y atento pastor3. Él dijo de Sí mismo: «Soy manso y humilde de corazón»4. No obligó a nadie a creer en Él ni a seguirlo. Se mostró compasivo y atrajo mansamente a la gente a Su reino celestial.

Cambia el mundo

Pregunta: Quiero poner más de mi parte para ejercer una influencia positiva en mi entorno, pero me da la impresión de que bien poco puedo hacer. Cambiar el mundo me parece una tarea monumental. No sabría por dónde empezar.

Respuesta: La buena noticia es que para dejar huella no hace falta ser una persona de mucha influencia o recursos. Cada cambio favorable que tiene lugar, por grande o pequeño que sea, contribuye a labrar un mundo mejor. Podemos mejorar la vida de las personas que nos rodean con nuestros actos de bondad y consideración, y también manifestando fe en ellas. A continuación, algunas fórmulas prácticas para empezar a cambiar, de persona en persona, nuestro rincón del mundo:

El desplume

Me crié en una granja de Pleasant Hill, en el estado de Nueva York. Siempre estábamos rodeados de gallinas que correteaban en busca de gusanos e insectos y escarbaban la tierra para ver si encontraban alguna semilla. En general llevaban una vida despreocupada y feliz. Esa es una de las razones por las que, a pesar de disponer de un modesto presupuesto para alimentos, compro siempre huevos de gallinas camperas. Estoy convencida de que las gallinas felices ponen mejores huevos.

Algo que noté desde que era pequeña fue que existe un claro orden jerárquico entre las gallinas. La mayoría son animales sociables y humildes que no se meten en lo ajeno. Sin embargo, algunas van por ahí hinchando el pecho, alardeando de tener señorío sobre las demás… y arrancándoles las plumas de la cola.

Juzga bien

La vida es una sucesión de juicios de valor, grandes y pequeños. «¿Mi colega me estará diciendo la verdad?» «¿Puedo fiarme de ese aviso publicitario?» Casi todos los días tienes que juzgar alguna situación, y tus opiniones y decisiones suelen tener consecuencias para otras personas. Al igual que los juicios de un magistrado, los tuyos también pesan, por más que lo que esté en juego no sea tan trascendental como lo que se resuelve en un proceso judicial.

Procuremos ver lo mejor en los demás

Si te empeñas en cerrar tu círculo y hacerlo exclusivamente tuyo, no se amplía mucho. Los únicos círculos capaces de contener magia auténtica son los que disponen de mucho espacio para incluir a cualquiera que lo necesite.

Zilpha Keatley Snyder (1927– ), escritora estadounidense de cuentos para niños

No demos a nadie por perdido

Es fácil juzgar a la gente con ligereza o con poca o ninguna fe en su capacidad de superación. Dicen, sin embargo, que si queremos ver cambios positivos en una persona de nuestro entorno la debemos tratar como si ya poseyera la cualidad o el rasgo de carácter que deseamos que exhiba. Solo eso ya es un poderoso agente de cambio. Lamentablemente muchas veces pecamos de intolerancia, de excesivo rigor o de negatividad hacia nuestros semejantes. Sospechamos lo peor y hacemos predicciones pesimistas que llevan en sí el germen negativo de su cumplimiento.

La regla de oro

En cierta oportunidad dije a Mis seguidores: «Traten a los demás como quisieran que los trataran a ustedes»(Paráfrasis de Mateo 7:12). Muchos conflictos se resolverían si la gente se rigiera por ese sencillo principio. No solo es el modo indicado de actuar, sino además el más inteligente. Cuando lo practicas, por más que inicialmente sufras un perjuicio, a la larga se te compensa con demostraciones de amor y otras cosas buenas. Si edificas tu vida y tu carácter sobre la base de tratar a los demás como quisieras que te trataran a ti, es inevitable que te devuelvan el favor siendo respetuosos y amables contigo. Pero recuerda que de ti debe partir la iniciativa.

Claves para la buena comunicación

La buena comunicación depende de unos pocos principios cardinales. Si aprendemos a aplicarlos, tenemos grandes posibilidades de labrar relaciones felices y productivas.

Sinceridad. Para empezar una relación con buen pie hay que ser sincero y franco.

Tacto. Aunque es imperativo ser sincero, también es importante expresarse con gentileza y consideración, sobre todo con personas susceptibles y cuando se traten temas delicados.

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