Principios generales

El desplume

Me crié en una granja de Pleasant Hill, en el estado de Nueva York. Siempre estábamos rodeados de gallinas que correteaban en busca de gusanos e insectos y escarbaban la tierra para ver si encontraban alguna semilla. En general llevaban una vida despreocupada y feliz. Esa es una de las razones por las que, a pesar de disponer de un modesto presupuesto para alimentos, compro siempre huevos de gallinas camperas. Estoy convencida de que las gallinas felices ponen mejores huevos.

Algo que noté desde que era pequeña fue que existe un claro orden jerárquico entre las gallinas. La mayoría son animales sociables y humildes que no se meten en lo ajeno. Sin embargo, algunas van por ahí hinchando el pecho, alardeando de tener señorío sobre las demás… y arrancándoles las plumas de la cola.

Juzga bien

La vida es una sucesión de juicios de valor, grandes y pequeños. «¿Mi colega me estará diciendo la verdad?» «¿Puedo fiarme de ese aviso publicitario?» Casi todos los días tienes que juzgar alguna situación, y tus opiniones y decisiones suelen tener consecuencias para otras personas. Al igual que los juicios de un magistrado, los tuyos también pesan, por más que lo que esté en juego no sea tan trascendental como lo que se resuelve en un proceso judicial.

Procuremos ver lo mejor en los demás

Si te empeñas en cerrar tu círculo y hacerlo exclusivamente tuyo, no se amplía mucho. Los únicos círculos capaces de contener magia auténtica son los que disponen de mucho espacio para incluir a cualquiera que lo necesite.

Zilpha Keatley Snyder (1927– ), escritora estadounidense de cuentos para niños

No demos a nadie por perdido

Es fácil juzgar a la gente con ligereza o con poca o ninguna fe en su capacidad de superación. Dicen, sin embargo, que si queremos ver cambios positivos en una persona de nuestro entorno la debemos tratar como si ya poseyera la cualidad o el rasgo de carácter que deseamos que exhiba. Solo eso ya es un poderoso agente de cambio. Lamentablemente muchas veces pecamos de intolerancia, de excesivo rigor o de negatividad hacia nuestros semejantes. Sospechamos lo peor y hacemos predicciones pesimistas que llevan en sí el germen negativo de su cumplimiento.

La regla de oro

En cierta oportunidad dije a Mis seguidores: «Traten a los demás como quisieran que los trataran a ustedes»(Paráfrasis de Mateo 7:12). Muchos conflictos se resolverían si la gente se rigiera por ese sencillo principio. No solo es el modo indicado de actuar, sino además el más inteligente. Cuando lo practicas, por más que inicialmente sufras un perjuicio, a la larga se te compensa con demostraciones de amor y otras cosas buenas. Si edificas tu vida y tu carácter sobre la base de tratar a los demás como quisieras que te trataran a ti, es inevitable que te devuelvan el favor siendo respetuosos y amables contigo. Pero recuerda que de ti debe partir la iniciativa.

Claves para la buena comunicación

La buena comunicación depende de unos pocos principios cardinales. Si aprendemos a aplicarlos, tenemos grandes posibilidades de labrar relaciones felices y productivas.

Sinceridad. Para empezar una relación con buen pie hay que ser sincero y franco.

Tacto. Aunque es imperativo ser sincero, también es importante expresarse con gentileza y consideración, sobre todo con personas susceptibles y cuando se traten temas delicados.

Lo más importante es el amor

A todos nos vendría bien mejorar nuestras relaciones con quienes nos rodean. La Biblia ofrece numerosos consejos muy útiles sobre el tema. Nos indica cómo trabajar con otras personas, cómo tratarlas, etc. La Escritura habla de la paciencia, la benignidad, el desinterés y la generosidad; pero luego dice que lo más importante es el amor. «El mayor de ellos es el amor»(1 Corintios 13:13). El amor es el ingrediente fundamental en nuestras relaciones con los demás.

Ayudar a los demás a alcanzar su pleno potencial

El gerente de un banco siempre echaba una moneda en la taza de un mendigo al que le faltaban las dos piernas y que solía sentarse en la calle a la salida de la entidad. Sin embargo, a diferencia de la mayoría de las personas, el gerente siempre insistía en recibir a cambio uno de los lápices que vendía el pordiosero.

—Usted es un comerciante —le decía—. Siempre espero obtener buenos artículos cuando hago negocios con un comerciante.

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