El arte de la comunicación

El arte de la comunicación

Si en el curso de una conversación no estás seguro de haber captado lo que tu interlocutor te quiere expresar, o cómo se siente, conviene preguntárselo. Te puede parecer que eso es algo que cae por su propio peso, pero ¡no te imaginas cuánta gente no lo hace! Normalmente es porque le parece que debería entender las cosas y le da vergüenza reconocer que no es así, o porque teme poner en evidencia al otro si pregunta. Pero es muy importante preguntar, porque a algunas personas les cuesta sincerarse de buenas a primeras y expresar cómo se sienten.

En mi primer año de universidad aprendí algo muy valioso en ese sentido. Yo siempre había sido muy tímida, pero en aquella época fui teniendo más contacto social con gente de mi edad y empecé a salir con un muchacho que se llamaba Wayne. Él era muy simpático, íbamos juntos a diferentes lugares y lo pasábamos en grande. En aquel tiempo no se me habría ocurrido pensar que no nos comunicábamos bien o que nunca hablábamos de nuestros sentimientos. Él me gustaba mucho, y creo que yo a él también; pero me veo obligada a decir que creo que le atraía bastante porque en ningún momento llegamos a expresarnos con palabras lo que sentíamos el uno por el otro.

No me percaté de que algo andaba mal hasta que comencé a interesarme seriamente en él. Él también era tímido, y es probable que tuviera miedo de que nuestra relación llegara demasiado lejos; así que comenzó a tratarme más fríamente y con eso me partió el corazón. Luego me puse a pensar y a orar para entender qué habíamos hecho mal, y por fin caí en la cuenta de que yo en realidad no sabía lo que él pensaba, ni él lo que yo pensaba. Tomé conciencia de que nuestra comunicación había sido muy superficial.

Pensé: «¿Por qué no se lo pregunté? ¿Por qué no llegamos a hablar de lo que sentíamos y pensábamos?» Habría sido muy sencillo, y así yo me habría enterado. Si hubiéramos tenido conversaciones francas, nos habríamos evitado el problema de que yo no entendía cómo se sentía él. Era muy callado, casi nunca hablaba; pero se habría podido expresar si yo le hubiera ayudado y animado. Dialogando un poquito y haciendo un pequeño esfuerzo por sincerarnos, habríamos podido resolver el problema, o al menos habríamos sabido cuáles eran los sentimientos del otro.

A las personas muy introvertidas normalmente se las puede ayudar a ser más comunicativas. La mayoría no quieren ser así; pero necesitan ayuda. Como les cuesta abrir su corazón y revelar sus sentimientos, hay que ayudarlas haciéndoles preguntas, sin dejar de ser discretos y diplomáticos; por ejemplo: «¿Qué quieres decir con eso?», o: «¿Me podrías explicar mejor esto último?»

En la mayoría de los casos, si se hace con tacto, las personas terminan abriéndose. Por lo general son conscientes de que necesitan ser más extrovertidas y quieren comunicarse con los demás, no es que quieran seguir dentro de su cascarón; pero necesitan a alguien comprensivo que las ayude a expresarse. Si te interesas por tus semejantes y los amas, tienes que aprender a ayudarlos a exteriorizar sus sentimientos, a hablar y comunicarse.

A raíz de aquella experiencia con Wayne descubrí lo importante que es comunicarse con sinceridad y humildad, sin tapujos. Me di cuenta de que cuando no entiendo a alguien, tengo que procurar ayudarle a expresarse, y yo misma también debo dar a conocer mis sentimientos.

Hay quienes son por naturaleza muy abiertos. Hablan por los codos, y enseguida lo sabes todo de ellos. Otros, en cambio, consideran que los demás no se interesan mucho por ellos, por lo menos no tanto como para querer que les cuenten sus cuitas y preocupaciones. Así que se guardan las cosas y sufren en silencio. Quizá sean dignos de admiración por ser capaces de sobrellevar sus problemas sin hundir a los demás; pero ¿no sería mejor que reconocieran abiertamente lo que les pasa, para que los demás los comprendamos, los ayudemos y oremos por ellos?

La persona que sufre en silencio le amarga la vida a todo el mundo, porque los demás se suelen dar cuenta de que algo le pasa, y se preocupan. No saben si es que está enojada con ellos, o molesta por algo, y por eso no saben cómo ayudarla. En cambio, al soltarlo todo se evitan malentendidos, y la persona sale ganando porque los demás la comprenden, la animan y rezan por ella, todo eso que uno agradece cuando está abatido.

No es que debamos andar quejándonos cuando estamos desmoralizados o nos enfrentamos a una dificultad; pero no tiene nada de malo que se lo contemos a alguien para que ore por nosotros y quizás hasta nos dé algún consejo o ayuda. Con frecuencia viene bien hablar de los problemas aunque la otra persona no nos pueda dar una solución. A veces el Señor nos la da mientras hablamos. Desde luego, procura escoger a alguien que sea maduro y tenga buen criterio, porque tampoco es cuestión de hundir a nadie. Al menos puedes pedir que rece por ti, ¡y eso de por sí ya ayuda mucho!

Habría muchos menos malentendidos si nos comunicáramos entre nosotros con franqueza y sin tapujos. Puede que al principio cueste un poco, pero con la práctica se vuelve más fácil. El Señor bendice la sinceridad y la buena comunicación.

Maria Fontaine

Maria Fontaine

Maria Fontaine es —junto con su esposo Peter Amsterdam— la directora espiritual y administrativa de la Familia Internacional, una comunidad de fe dedicada a difundir el Evangelio de Jesucristo por todo el mundo. Es autora de numerosos artículos sobre la vida de fe cristiana. (Los artículos de Maria Fontaine publicados en Conéctate son versiones adaptadas del original.)

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