«¡Glafafo!»

«¡Glafafo!»

—¡Glafafo! —exclamó Gracia, una chiquilla de un añito y medio, mientras le tiraba de la pierna del pantalón a Miguel—. ¡Glafafo, favó! —repitió tiernamente.

Miguel no entendía nada. Era la primera mañana que me ayudaba a cuidar de un grupo de chiquitines y todavía no lograba descifrar su dialecto preescolar.

El pedido de Gracia se hizo más insistente.

—Miguel, ¡glafafo, favó!

Desconcertado, Miguel me preguntó:

—¿Qué dice?

—Que quiere un franelógrafo —dije soltando una carcajada—, o sea, un cuento representado con figuras que se colocan en ese tablero cubierto de felpa que hay allí.

Me agaché para ponerme a la altura de Gracia y le pregunté:

—¿Qué cuento te gustaría, mi amor?

—¡Popón! —respondió alegremente.

—Pompón —le dije a Miguel.

Gracia sonrió feliz. Todos los pequeños se acomodaron en sus sillitas mientras yo buscaba las figuras y el guión del cuento y se los pasaba a Miguel.

—Es un cuento sobre una oveja traviesa llamada Pompón que aprende a no apartarse del pastor —le expliqué—. Tengo que atender un par de cosas. Vuelvo enseguida. Tú puedes hacerlo.

Miguel no estaba tan seguro.

—¿Cómo haces para entender lo que dicen? A mí me suena a chino.

—Solo hace falta tener paciencia y hacer un esfuerzo para captar lo que te quieren comunicar, aunque ellos no acierten a expresarlo —le respondí mientras salía por la puerta.

A Miguel le fue muy bien, pero unas horas después se me vino abajo el día: tuve otro desacuerdo con mi novio. Todavía estaba alterada y pensando en cortar relaciones con él cuando Rebeca —la mamá de uno de mis pequeños alumnos— me preguntó qué me pasaba.

—¡Ay, es que los hombres...! —dije, dando rienda suelta a mi frustración—. ¡...son inaguantables! Mi novio es estupendo, ¡pero hay veces en que no lo entiendo! La mitad del tiempo es fantástico; pero la otra mitad pareciera que no hablamos el mismo idioma. No lo comprendo.

Rebeca asentía con la cabeza mientras yo me desahogaba. Cuando mi diatriba fue perdiendo intensidad, me dijo:

—Entiendo cómo te sientes. A veces me pasa lo mismo con mi marido.

Me quedé mirándola. Rebeca es una de esas personas afables y tranquilas que parecen incapaces de perder los estribos. No podía imaginármela enojada o impaciente.

—¿Cuál es el secreto? —le pregunté—. ¿Cómo haces para no alterarte?

Se quedó pensativa.

—He aprendido a tener paciencia y a hacer un esfuerzo para captar lo que mi esposo quiere comunicarme, aunque él no acierte a expresarlo.

Al oír el eco de mis propias palabras, me puse a reflexionar. Había aprendido a tener amor y paciencia con los niños; pero ¿cuántas veces no había sabido tratar así a mi novio y a otras personas adultas? Ese día me propuse escuchar más a los demás. En vez de sentirme ofendida cuando alguien me dirigiera la palabra irritado o exasperado, decidí hacer un esfuerzo por entender sus sentimientos. ¡Y descubrí que es algo que da resultado con los grandes también!

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