La lengua

La lengua

En el poema Oración vespertina, C. Maud Battersby expuso una oración que deberíamos hacer todos los días:

Si a alguien hice hoy sufrir, Señor,
o por mi culpa alguien tropezó,
si obstinado anduve en un error,
perdóname.
Si dije algo en vano y no pensé
que mis palabras iban a ofender,
y si la angustia ajena ignoré,
perdóname.
Por los pecados que reconocí
y por las faltas que tal vez no vi,
perdóname, y acércame a Ti,
Jesús mío. Amén.

La Biblia habla mucho de la influencia positiva o negativa que somos capaces de ejercer con nuestras palabras: «Todos ofendemos muchas veces. Si alguno no ofende en palabra, éste es varón perfecto, capaz también de refrenar todo el cuerpo. He aquí nosotros ponemos freno en la boca de los caballos para que nos obedezcan, y dirigimos así todo su cuerpo. Mirad también las naves; aunque tan grandes, y llevadas de impetuosos vientos, son gobernadas con un muy pequeño timón por donde el que las gobierna quiere. Así también la lengua es un miembro pequeño, pero se jacta de grandes cosas. He aquí, ¡cuán grande bosque enciende un pequeño fuego! Y la lengua es un fuego, un mundo de maldad. La lengua está puesta entre nuestros miembros, y contamina todo el cuerpo» (Santiago 3:2-6).

Además, en el libro de los Proverbios dice: «La muerte y la vida están en poder de la lengua» (Proverbios 18:21). «Hay hombres cuyas palabras son como golpes de espada; mas la lengua de los sabios es medicina» (Proverbios 12:18). «La lengua apacible es árbol de vida; mas la perversidad de ella es quebrantamiento de espíritu» (Proverbios 15:4). Si quieres disfrutar de una vida larga, sana y provechosa, «guarda tu lengua del mal» (Salmo 34:13). Por tu propio bien y el de los demás, presta atención a lo que dices.

Con frecuencia nuestras palabras ofenden a los demás, aunque no tengamos ninguna mala intención. Algunos tenemos cicatrices en el cuerpo a raíz de heridas y cortes que nos hicimos. Normalmente no nos molestan, pero nos recuerdan algo que nos ocurrió quizás años atrás. Sin embargo, las marcas que deja en el corazón una lengua áspera e hiriente nos perturban por mucho tiempo.

A continuación, otra poesía sobre el mismo tema:

Si supiera que una palabra
desconsiderada y falsa
dejaría señal en un rostro cordial,
yo no la diría. ¿Tú sí?
Si supiera que una palabra
hiriente marcaría
con una cicatriz a un amigo feliz,
yo no la diría. ¿Tú sí?
George Matthas Adams

Es posible que hayas oído decir o que hayas dicho tú mismo: «Las palabras me resbalan». Lamentablemente, ¡eso no es cierto! Las palabras pueden causar heridas muy profundas, que toman largo tiempo en sanar. Las heridas del corazón quedan ocultas; nadie sabe de ellas excepto la persona afectada, y por supuesto nuestro Padre celestial. Él sí las ve y nos entiende; ¡pero es una pena que cualquiera de nosotros cause esas heridas que dejan feas cicatrices!

¿Por qué brotan de nuestros labios palabras irreflexivas y desconsideradas? ¿Es algo que tenga remedio? ¡Gracias a Dios, sí! El remedio comienza por una transformación del corazón —el nuestro—, pues «de la abundancia del corazón habla la boca» (Mateo 12:34). Hay una sola manera de controlar una lengua desmandada: transformar el corazón, el espíritu que la gobierna. El tratamiento comienza con una oración para llenarse del Espíritu Santo. Si vivimos en el Espíritu, cada palabra nuestra será amorosa y verdadera, pues Dios es amor (1 Juan 4:8).

Ábrele tu corazón. Pídele que te llene de Su Espíritu. Luego cultiva el hábito de leer y asimilar la Palabra de Dios, y así establecerás una relación profunda y duradera con Él, la cual se hará patente en tus palabras y acciones. Si Su Palabra mora en ti, no andarás chismorreando o haciendo comentarios desagradables e hirientes. A nosotros nos resulta imposible controlar la lengua. «Ningún hombre puede domar la lengua» (Santiago 3:8); ¡pero Dios sí! «Para los hombres esto es imposible; mas para Dios todo es posible» (Mateo 19:26).

Confía en que Dios te puede transformar. Ten fe en que Su Palabra no falla. Él es capaz de inundarte con Su Espíritu y de poseer tu lengua y tu vida, de forma que la bondad fluya a través de ti. Así te convertirás en un torrente de bendición para quienes te rodean. Que Dios te bendiga y te ayude en ese sentido. Con Él podrás superar tus debilidades, pues todavía está en el trono, y todo lo cambia la oración. 

Virginia Brandt Berg

Virginia Brandt Berg

Virginia Brandt Berg (1886-1968) fue una conocida pastora evangelista norteamericana y una de las primeras mujeres en difundir el Evangelio por la radio en su país. Los libros «El borde de su manto» y «Arroyos que nunca se secan» son de su autoría. Además produjo un ciclo de programas de inspiración religiosa titulados «Momentos de meditación». (Los artículos de Virginia Brandt Berg publicados en Conéctate son versiones adaptadas del original.)

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