El perdón

El perdón

El perdón no cambia el pasado, pero sí amplía el futuro.—Paul Boese (1668–1738)

Sin perdón la vida se rige por un ciclo infinito de resentimiento y represalias.—Roberto Assagioli (1888–1974)

Los débiles nunca perdonan. El perdón es el atributo de los fuertes.—Mahatma Gandhi (1869–1948)

¿Por qué tengo que perdonar?

Pregunta: ¿Por qué tengo que perdonar a quienes me han herido? Eso sería absolverlos de toda culpa, ¿o no? ¿Por qué dejar que se salgan con la suya?

Respuesta: Por muy difícil que te resulte perdonar, tu situación no mejorará hasta que des ese paso trascendental. Para empezar hay que entender que el perdón no es algo que se practique entera o siquiera primordialmente para beneficio del otro. 

Café y perdón

Una espesa capa de niebla que cubría la pista había retrasado tres horas mi vuelo. Cuando por fin subimos al avión me acomodé, cansada, en el asiento que tenía asignado. No veía la hora de estar otra vez en casa con mi familia. En la mitad del vuelo, me encontraba conversando con un pasajero llamado Robert cuando una joven pasó junto a mí por el pasillo, zarandeando el bolso que llevaba colgado del hombro. Sin darse cuenta golpeó con el bolso mi taza de café y me la volcó encima. El café se me derramó por las piernas de los pantalones y me salpicó también la chaqueta. 

La ruta de la ira

Recientes investigaciones arrojan que nueve de cada diez conductores admiten haber sufrido ataques de ira de diversa intensidad mientras manejaban. Las reacciones iban desde tocar la bocina desenfrenadamente y hacer gestos obscenos, hasta atacar físicamente a otras personas. Las conductas agresivas al volante causan un tercio de los accidentes de tránsito. Es muy posible que el profeta Nahum viera este fenómeno de la era moderna en una visión que tuvo hace unos 2.600 años. En efecto él escribió: «Los carros se precipitarán a las plazas, con estruendo rodarán por las calles» (Nahum 2:4).

La prisionera

En su mano temblorosa sujetaba el celular. No quería leer el mensaje de texto que acababa de recibir. Pero era la respuesta que ella misma había pedido.

Llevaba un mes esperando a que él volviera; la última semana había sido un tormento. Cuando él la llamó el día anterior para decir que estaba de regreso en la ciudad, a ella le había dado un vuelco el corazón. Resultó que él había vuelto cuatro días antes, pero no se había comunicado con ella. Hablaron de temas triviales y se rieron, y cuando ella le preguntó cuándo lo vería, él respondió con evasivas.

El perdón

«Señor, haz que toda la gente mala sea más buena —rezó un pequeñito— y que toda la gente buena sea más amable». Lamentablemente, en este mundo imperfecto en que vivimos a veces nos toca coexistir con personas que no siempre son buenas. Otras veces, en cambio, nos topamos con personas que encajan en el perfil de buenas, pero no siempre son muy amables. Todos nos hemos encontrado en situaciones en las que nos han tratado injustamente o nos han juzgado mal, y seguramente nos volverá a suceder.

Humanamente imposible

Hay ocasiones en que sufrimos una ofensa y nos cuesta perdonar a quien la cometió. El ejemplo de otras personas que han perdonado ultrajes mucho peores nos ayuda a ver las cosas desde otra perspectiva. Cuando ellos hablan del perdón, el mundo escucha.

*

En el momento en que se plantea la posibilidad de perdonar surge el temor de que el mal quede impune. Es como si perdonar significara renunciar al derecho a castigar la maldad.

De Hiroshima al paraíso

El primer par de ojos azules que vi en mi vida fueron los de un aviador de las Fuerzas Aéreas de Estados Unidos que estaba por abrir fuego sobre mi madre y sobre mí. Yo tenía diez años y estaba ayudándola a juntar naranjas en unos cerros cuando un escuadrón norteamericano sobrevoló nuestra isla en dirección al puerto cercano a Hiroshima. Uno de los cazas se apartó de los demás y se dirigió directamente hacia donde estábamos. Mi madre gritó: «¡Viene por nosotras!»

<Page 4 of 4>
Copyright 2021 © Activated. All rights reserved.