De Hiroshima al paraíso

De Hiroshima al paraíso

El primer par de ojos azules que vi en mi vida fueron los de un aviador de las Fuerzas Aéreas de Estados Unidos que estaba por abrir fuego sobre mi madre y sobre mí. Yo tenía diez años y estaba ayudándola a juntar naranjas en unos cerros cuando un escuadrón norteamericano sobrevoló nuestra isla en dirección al puerto cercano a Hiroshima. Uno de los cazas se apartó de los demás y se dirigió directamente hacia donde estábamos. Mi madre gritó: «¡Viene por nosotras!»

Corrimos para resguardarnos bajo unos árboles grandes, pero nos dimos cuenta de que no llegaríamos a tiempo. Mi madre me tomó en sus brazos con la certeza de que sería la última vez que lo haría, y las dos nos quedamos mirando hacia arriba aterrorizadas. En ese momento nuestra mirada se cruzó con la del joven piloto. Quizás al ver que éramos una mujer y una niña indefensas, cambió de idea, pues no abrió fuego, sino que alzó el vuelo y se perdió detrás de la montaña.

Yo nací en una de las hermosas islas del Seto-Naikai (Mar Interior de Seto), en la provincia de Hiroshima, es decir, en la parte occidental de Japón, el 7 de enero de 1934. Tenía siete años cuando estalló la Segunda Guerra Mundial. A consecuencia de la escasez causada por ese conflicto armado, mis padres se vieron obligados a cerrar su tienda de ropa y tomar cualquier empleo que encontraran. Terminaron trabajando como peones agrícolas.

Tenía 11 años el 6 de agosto de 1945. De golpe, a las 8:15 de la mañana, todo se oscureció. A la oscuridad siguió una deslumbrante luz violeta. Luego se produjo un estruendo terrorífico, seguido de un temblor que sacudió la tierra. Las fuerzas estadounidenses habían arrojado la primera bomba atómica en la ciudad de Hiroshima. Las sirenas de alarma comenzaron a sonar, y todas las personas que había en mi pequeño colegio se dispersaron silenciosamente para ponerse a cubierto.

Muchos de mi pueblo se dirigieron rápidamente a Hiroshima para averiguar qué había pasado. Allí descubrieron que la explosión había acabado con la vida de prácticamente todos los que estaban en un radio de 2 kilómetros del centro de la ciudad, y que otros sufrían agonías espantosas.

La gente regresó al pueblo con el corazón destrozado. Los que se aventuraron hasta Hiroshima descubrieron más tarde que ellos mismos sufrían de una extraña enfermedad de la que no sabían nada: la radiotoxemia, que a la larga segó muchas vidas y condenó a numerosas personas a sufrir por el resto de sus días.

Como es de imaginarse, aquellos acontecimientos generaron en mí un hondo resentimiento contra los estadounidenses y los extranjeros en general, que albergué durante años.

Más tarde estudié enfermería en el Hospital Universitario de Osaka. Trabajé 30 años y llegué a ser lo que muchos considerarían una enfermera jefe muy competente en el prestigioso hospital estatal de Osaka. Aunque no era consciente de que a raíz de mis experiencias durante la guerra el resentimiento hacia los extranjeros había arraigado profundamente en mí, si alguno ingresaba en mi sala me mantenía distante y ponía a otras enfermeras para que lo atendieran.

A causa de una afección cardiaca me retiré cuando tenía cincuenta y tantos años, y me mudé a un bello lugar de la costa del Pacífico denominado Shionomisaki, al sureste de Osaka. Allí viví con un amigo de muchos años que también acababa de retirarse.

La vida en aquel entorno, junto al mar, donde disfrutaba de la pesca y la naturaleza, fue un paraíso para mí los dos o tres primeros años. Pero al cabo de un tiempo me invadió la tristeza y la depresión, pues no le veía sentido a la vida.

Fue mi hermana mayor, Lidia, la que me dio a conocer la fe en Jesús. Me explicó que si simplemente le pedía a Jesús que entrara en mi corazón, hallaría el amor, la verdad y la felicidad que tanto necesitaba. Pese a que no tenía ningún interés en Dios, recé para aceptar a Jesús por respeto a ella.

Nuestra vida tranquila junto al mar no duró mucho. Mi entrañable amigo sufrió un derrame cerebral, entró en coma y murió dos días después. Aquello me entristeció tanto y me llevó a tal grado de desesperanza que consideré la posibilidad de suicidarme.

Lidia lo percibió. Abrió su Biblia y me mostró un versículo sobre la esperanza; pero yo no lograba entender nada. Seguidamente me habló del amor de Jesús y me dijo que Él podía sanar mi corazón. Llevábamos varias horas conversando cuando ella advirtió repentinamente que la expresión de mi rostro se había transformado por completo. Me dijo que me mirara al espejo. Noté que mi cara había cambiado tanto que volvía a verme como una niña feliz y sonriente.

Lidia siguió hablándome de Jesús y Su amor, de Su vida y Su poder. En poco tiempo descubrí que la partida de mi amado compañero ya no me resultaba tan dolorosa. Me sentí rodeada por los brazos de Jesús.

Llegué a entender aquellas cosas no tanto a través de un ejercicio intelectual, sino por una profunda percepción de la presencia de Jesús y Su sobrenatural ayuda en cada detalle de mi vida. Su cercanía hizo desaparecer mi desesperanza y toda intención de suicidarme.

Nunca antes había tocado siquiera una Biblia, pues había rechazado toda concepción religiosa. Sin embargo, cuando tuve oportunidad de leerla yo misma, me quedé asombrada: todas las experiencias físicas y espirituales que había vivido estaban explicadas allí.

Me mudé a Tokio para estar más cerca de Lidia y sus amigos de La Familia Internacional, algunos de los cuales eran extranjeros. Entonces tomé conciencia de otra milagrosa transformación que se había producido en mí. El profundo resentimiento que albergaba hacia los extranjeros se había desvanecido. Es más, me casé con un inglés llamado Steven. Había aprendido que el amor de Dios no es válido únicamente para mí, sino para todo el mundo.

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