El llamado a perdonar

El llamado a perdonar

Los Evangelios describen que Jesús fue azotado, golpeado y finalmente clavado a una cruz. Mientras pendía de aquel madero, aguardando la muerte, algunas de Sus últimas palabras fueron: «Padre, perdónalos».1 El perdón fue Su respuesta a un juicio injusto, a la flagelación que tuvo que soportar con un azote de puntas de hueso o metal que le laceraron la piel, causándole un dolor inimaginable, y a los clavos con que le perforaron las manos y los pies para luego ser dejado ahí en la cruz agonizante.

Aunque por una parte sorprende que Él respondiera de esa manera, es perfectamente consecuente con lo que leemos que Jesús enseñó acerca del perdón a lo largo de Su ministerio. No solo lo enseñó, sino que lo personificó, tanto en su vida como en Su muerte. Predicó con el ejemplo.

El perdón de Dios
El perdón de Jesús era reflejo del perdón de Su Padre. En el Antiguo Testamento, cuando Dios se le reveló a Moisés, dijo de Sí mismo: «El Señor, el Señor, Dios clemente y compasivo, lento para la ira y grande en amor y fidelidad, que mantiene Su amor hasta mil generaciones después, y que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado».2 Con ello Dios infería que el perdón es uno de Sus atributos divinos, que está arraigado en Su carácter. Este principio se manifiesta una y otra vez en el Antiguo Testamento, por ejemplo: «Tú eres Dios perdonador, clemente y piadoso, tardo para la ira y grande en misericordia».3

Perdonar a otros los perjuicios que nos hayan ocasionado refleja nuestro conocimiento del perdón divino. Debemos perdonar a otros porque a nosotros se nos ha perdonado. Jesús murió para que se nos pudieran perdonar nuestros pecados; igualmente se nos llama a perdonar a otros cuando pecan contra nosotros o nos hacen daño.

Lo que implica y no implica el perdón
Hay perjuicios deliberados. Se nos agrede física, verbal o emocionalmente. Alguien nos roba, tal vez engañándonos adrede de modo que resultamos estafados o perdemos dinero, bienes y demás. Nos traiciona un ser querido, sea cónyuge, familiar o amigo de confianza. Algunas ofensas que sufrimos son de poca monta, pero a la larga cobran importancia si se repiten una y otra vez.

El perdón no es negar el daño o el agravio que nos haya hecho alguien. No es justificar por qué nos agraviaron ni tampoco minimizar la gravedad de la ofensa. No quiere decir que la herida ya no duela o que quede en el olvido. El perdón no es recobrar automáticamente la confianza. No es desconocer o desatender la justicia, ya que a veces hay que afrontar consecuencias aun después del acto de perdón. No significa una sanación emocional instantánea.

El perdón observa el perjuicio que se nos ha hecho, admite que nos ha lastimado y decide entonces perdonar, que en realidad es la decisión de iniciar el proceso de perdonar. Entraña reconocer que la herida fue personal, injusta y profunda, y optar por desprenderse de los sentimientos negativos que abrigamos hacia alguien que nos ha herido, de forma que la herida ya no nos afecte.

Kelly Minter lo explica así en su libro, The Fitting Room (El probador):

El perdón no es negar lo que han hecho nuestros enemigos; no es llamar íntegro algo que se ha fracturado o puro algo que se ha corroído. El perdón es encarar lo que nuestros ofensores nos han hecho, reconocer su ofensa con todas sus letras y luego optar por perdonar. No tiene nada que ver con negar el mal que nos hicieron los que nos lastimaron, pero sí todo que ver con cambiar los sentimientos que abrigamos hacia ellos.4

A veces, antes de perdonar, esperamos a que la persona que nos ha ofendido nos pida disculpas por la ofensa cometida. Queremos que esta admita que lo que hizo estuvo mal y que exprese remordimiento por haberlo hecho. Esto, sin embargo, tiene sus peros. A veces la persona no sabe que nos hizo daño, en cuyo caso nunca se disculpará. En algunos casos la persona sabe que nos ha agraviado, pero no le importa; y en otras ocasiones el individuo ya no está en nuestra vida y hemos perdido contacto con él. Si esperamos a que alguien nos pida perdón antes de perdonarlo es posible que terminemos cargando ese agravio el resto de nuestros días.

Existen casos en que resultamos agraviados por gente cuyos propios embrollos nos salpican de alguna manera. Por ejemplo, los conflictos matrimoniales de los padres pueden herir a los hijos; sin embargo, no son heridas infligidas intencionalmente. A veces nos vemos perjudicados por quienes cometen errores. En otros casos alguien intenta hacer algo que considera beneficioso, pero a fin de cuentas no tiene el resultado deseado. En esas situaciones conviene recordar que nosotros también hacemos cosas que sin quererlo terminan hiriendo a otros. Cuando lo hacemos, naturalmente esperamos que las personas a las que afectamos nos perdonen. Por eso nosotros también debemos ofrecernos a perdonar a quienes nos hayan perjudicado sin intención.

Se da también el factor de que no todo daño que sufrimos tiene que ser perdonado. Muchas heridas que padecemos en la vida son causadas por las acciones de otras personas que no tenían la menor intención de hacernos daño. Vivimos en un mundo en que frecuentemente interactuamos con gente igual a nosotros que a menudo dice o hace cosas sin pretensión de perjudicar a otros; a veces esas cosas, no obstante, terminan ocasionando daño involuntariamente.

El autor Lewis Smedes ofrece un interesante ejemplo:

Hubo una vez una persona en mi vida que me hizo cosas atroces. Me gritaba sin cesar mientras cenábamos; en cualquier momento del día o de la noche me obligaba a levantarme de un salto para atenderla por muy ocupado que estuviera yo con otras cosas, y de cuando en cuando se orinaba encima de mis mejores pantalones. Por si fuera poco, se puso muy enferma y casi me vuelve loco porque no me decía qué era lo que le pasaba. Hubo momentos en que me daba ganas de darle un manotazo. Pero nunca tuve el impulso de perdonarla. [...] Era mi nena de seis meses de edad, y no me pareció necesario perdonar las barbaridades que me hacía, porque no me provocaba daño injustamente. Yo la amaba y asumía todas sus embestidas.5

Pasarlo por alto, sanarse, reconciliarse
Comprender que la Escritura nos exhorta a perdonar a la gente y decidir que hay que hacerlo es una cosa. No obstante, el acto de perdonar a una persona que nos ha herido profundamente puede ser tarea ardua y penosa. C.S. Lewis escribió: «Todo el mundo dice que el perdón es una espléndida idea, hasta que tienen que perdonar algo».

La palabra griega traducida con mayor frecuencia por perdón es aphiemi (afiemi), que se usa para expresar el concepto de soltar, pasar por alto o cancelar una deuda. Cuando perdonamos a alguien por algo que ha hecho, lo liberamos de una legítima deuda. Reconocemos que hemos sufrido una herida o un perjuicio, que se nos defraudó la confianza y que nuestra vida ha sido menoscabada por culpa de las acciones hirientes de alguna persona. Al mismo tiempo nos hacemos cargo de que nosotros mismos también somos pecadores, que ofendemos y herimos a otros y que Dios ha perdonado nuestras ofensas. Al perdonar tomamos la decisión de dejar de abrigar el dolor, desistir de nuestro deseo de represalia y de la rabia y sentimientos negativos que albergamos hacia la persona. Ponemos a la persona y sus actos en las manos de Dios.

Es natural suponer que perdonar a alguien equivale a excusarlo de lo que ha hecho. No es así. Eso más bien te libera para que puedas desasirte del dolor que te produjo la ofensa y seguir adelante sin que te atormenten sin tregua los sentimientos de animadversión hacia la persona que te hizo daño.

En conclusión
El perdón es un tema complejo, con muchas aristas. En todo caso, está claro que Jesús —por Su ejemplo y Su enseñanza— hizo hincapié en el perdón. Nos instruyó para que perdonáramos y no hizo para ello ninguna salvedad. Si deseamos ser más como Jesús debemos perdonar a otros las ofensas que hayan cometido contra nosotros —con lo difícil que llega a ser a veces—, ya que Dios ha perdonado las ofensas que hemos cometido contra Él.6,7

1. Lucas 23:34
2. Éxodo 34:6,7 (NVI)
3. Nehemías 9:17
4. Kelly Minter, The Fitting Room (Colorado Springs: David C. Cook Publishing, 2011), 90
5. Smedes, Perdonar y olvidar, 8.
6. V. Efesios 4:32
7. Los temas que se tocan en este artículo son una síntesis del libro Perdonar y olvidar, de Lewis B. Smedes (Diana/Mexico, 2004)

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Peter Amsterdam

Peter Amsterdam

Peter Amsterdam se dedica activamente al servicio cristiano desde el año 1971. En 1995 accedió al cargo de codirector —junto con su esposa María Fontaine— de la comunidad de fe conocida como la Familia Internacional. Es autor de una diversidad de artículos sobre fe y teología cristiana. (Los artículos de Peter Amsterdam publicados en Conéctate son versiones adaptadas del original.)

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