El proceso continuo

El proceso continuo

«Perdónanos el mal que hemos hecho, así como nosotros hemos perdonado a los que nos han hecho mal».1 La primera vez que leí ese versículo de la Biblia me punzó la conciencia y sentí vergüenza. ¿Por qué? Porque sabía que había personas a las que no había perdonado. Y, sin embargo, quería que Dios me perdonara por actitudes mías que habían ofendido a otros.

No quería que Él me perdonara como yo perdonaba a los demás, porque sabía que estaba resentida con los demás. Deseaba Su perdón porque Dios es misericordioso, porque yo de verdad lo necesitaba y porque estaba arrepentida de lo que había hecho. Pero me parecía que otras personas no se habían arrepentido de lo que me habían hecho a mí. Era injusto. Al menos, eso pensaba.

Mientras me retorcía incómodamente en mi asiento y en mi corazón, le dije a Dios en una plegaria que aquello no me parecía justo. Entonces me habló al alma y me dijo:

—Tampoco fue justo lo que me hicieron a mí —refiriéndose a Su muerte en la cruz.

Siento mucho eso —respondí—, pero Tú eres Dios y puedes hacer lo imposible. Yo soy apenas una mujer débil que a veces hace estupideces.

Pues Yo te hice a Mi imagen y semejanza, ¿no? Así que tienes la madera para hacer lo que necesito que hagas. Lo sé porque Yo te la di.

Ya… muy bien. Pues entonces tendrás que ser Tú el que obre en mí para perdonar, porque yo no tengo las fuerzas para hacerlo. Tú eres mi fortaleza, Señor, así que ayúdame a perdonar por medio de Tu gracia.

Desde entonces Él me ha ayudado cada vez. Perdonar no es fácil, pero sí es posible con Su ayuda.

He descubierto que el perdón es un proceso continuo y que en Su amor y misericordia Dios me ha dado algunos instrumentos para facilitármelo. Algunos de esos instrumentos resultan graciosos, otros profundos y otros más son simplemente de sentido común, como por ejemplo ver las cosas desde otra perspectiva, tal vez como las ve Él.

Un instrumento divertido es un buen sentido del humor. La Biblia dice: «El corazón alegre es una buena medicina»2 y resalta que la actitud jovial es sanadora. Tal como el medicamento indicado contribuye a aliviar nuestros dolores y dolencias y propiciar nuestra sanación de lesiones o enfermedades, el corazón alegre —el buen sentido del humor— puede resultar muy útil para consolarnos y aliviarnos cuando alguien nos ha ofendido, sea adrede o sea sin intención.

En cierta ocasión en que trabajaba con unos compañeros nuevos, por mucho que me esforzaba no había forma de hacer las cosas como ellos querían. Estaba enfadada con ellos y me autocompadecía. A solas y en oración comencé a decir a Dios: Si no les gusto... Pero antes de poder terminar la frase, una tenue voz me dijo al corazón: Me como sus papas fritas. ¿Qué!

Eso me hizo reír, porque de la nada me recordó un chiste que mi finado marido y yo compartíamos. Hace años el estaba aprendiendo a hablar castellano y se encontraba almorzando con unos amigos. Cuando iban terminando le dijo a alguien en su castellano chapurreado: «Si no les gusto, me como sus papas fritas». Sus amigos quedaron perplejos por un momento y luego soltaron la carcajada, porque lo que había querido decir era: «Si no les gustan, yo me como sus papas fritas».

En todo caso aquel chiste contribuyó a disipar mi enojo para que pudiera perdonar a mis compañeros de trabajo y no tomarme tan en serio.

Otro de los instrumentos es lo que llamo: «10 cosas que perdonar». Proviene de la siguiente anécdota:

En sus bodas de oro, mi abuela reveló el secreto de su largo y feliz matrimonio.

—El día de mi boda decidí escoger 10 defectos de mi marido que por el bien de mi matrimonio yo pasaría por alto —explicó.

Uno de los invitados le pidió que nombrara algunos de esos defectos.

—A decir verdad —respondió mi abuela—, nunca llegué a enumerarlos, pero cada vez que mi marido hacía algo que me sacaba de quicio, me decía a mí misma: Qué suerte que tiene. Ese es uno de los diez».3

Otro instrumento que me resultó útil viene de algo que relató Corrie ten Boom, en que explica el perdón con la analogía de una enorme campana de iglesia. Refiriéndose a las difíciles emociones que trae aparejadas el proceso de perdonar —tales como el rencor, los sentimientos heridos, revivir una y otra vez momentos dolorosos, etc.— ella dice que dicho proceso se asemeja a soltar la cuerda que hace sonar la campana de la iglesia. Decimos que perdonamos y nos desembarazamos de la carga emocional, pero esos sentimientos no desaparecen en el acto. Después que soltamos la cuerda la campana sigue sonando por un tiempo, aunque cada vez con menos frecuencia e intensidad, hasta que dejamos de oírla por completo.

Aunque toma tiempo cerrar completamente el círculo del perdón, a la larga nos trae paz interior y reposo espiritual.

1. Mateo 6:12 (DHH)
2. Proverbios 17:22
3. Roderick McFarlane, Reader’s Digest, diciembre de 1992.

Yvette Gladstone

Yvette Gladstone es escritora. Vive en Guerrero (México) y está afiliada a LFI.  

Más en esta categoría: « Misericordia La decisión de perdonar »
Copyright 2020 © Activated. All rights reserved.