Humanamente imposible

Humanamente imposible

Hay ocasiones en que sufrimos una ofensa y nos cuesta perdonar a quien la cometió. El ejemplo de otras personas que han perdonado ultrajes mucho peores nos ayuda a ver las cosas desde otra perspectiva. Cuando ellos hablan del perdón, el mundo escucha.

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En el momento en que se plantea la posibilidad de perdonar surge el temor de que el mal quede impune. Es como si perdonar significara renunciar al derecho a castigar la maldad.

A pesar de ello debo considerar el efecto que tiene la maldad en mí. Me induce a reaccionar con la misma virulencia y a pagar mal por mal. Veo entonces todo a través de la oscura lente del mal. Eso me paraliza y me enajena de la vida. Perdonar significa despedirse de la maldad para no volver a dejarnos manipular por ella.

Puede que el proceso de reconciliación lleve algún tiempo, pues la otra parte también tiene que reconocer sus faltas. Sin embargo, una vez que doy lugar al perdón ya no tengo que esperar ni perder el tiempo. El perdón me concede libertad para amar ahora. Cuando alcanzamos esa libertad, caemos en la cuenta de que quienes han hecho el mal son ellos mismos víctimas de él.

Padre Andrija Vrane, sobreviviente Croata de la guerra de Yugoslavia de los años 90.

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El amor con que han tratado ustedes a mi familia ha contribuido a traernos ese alivio que tanto necesitábamos. Los regalos que nos han hecho nos han conmovido hasta lo indecible. La compasión que nos manifestaron trasciende los límites de nuestra familia, de nuestra comunidad. Está transformando nuestro mundo. Por ello, les estamos profundamente agradecidos.

Palabras de Marie Roberts, viuda de Charles Roberts, en una carta abierta dirigida a sus vecinos de una comunidad Amish para agradecerles su perdón, gracia y misericordia. (La mañana del 2 de octubre de 2006, Charles Roberts se presentó en la escuelita de la comunidad Amish del condado de Lancaster, EE.‌UU., Tomó como rehenes a 10 niñas, las amarró, les disparó y finalmente se suicidó. Cinco de las pequeñas —todas ellas Amish— murieron. El perdón manifestado por los Amish, no solo de palabra, sino con actos de amor hacia la familia Roberts, desolada por la tragedia, dejó pasmados a comentaristas de todas las latitudes.)

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«¿Por qué habría de perdonar yo a alguien que no se muestra arrepentido?», suelen preguntarme. Les contesto: «La vida es muy corta para quedarme esperando a que alguien me pida perdón». Para mí, perdonar a alguien no depende de que me pida perdón. Esa no es una condición previa. El padrenuestro no dice: «Te ruego que me perdones para que pueda perdonar a los demás». Jesús nos enseñó que debemos perdonar antes de pedir perdón.

Stella Sabiiti, que fue torturada en los años 70 durante el régimen del dictador ugandés idi amin. actualmente es directora ejecutiva de CECORE, una ONG sin fines de lucro fundada en 1995 por un grupo de mujeres que aspiran a promover medios alternativos y creativos de prevenir, manejar y resolver conflictos. La señora Sabiiti ha llevado su mensaje de perdón y reconciliación a los cinco continentes y ha contribuido a resolver conflictos sangrientos en más de media docena de países africanos.

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Me conmovió profundamente. Percibí la sinceridad de su arrepentimiento. Me gustaría tomarlo de la mano y hacerle ver que hay futuro, que todavía puede cambiar.

Pearl Faku, de Sudáfrica, explicando por qué perdonó a Eugene de Kock, el hombre que en la era del apartheid planificó un atentado con bombas en el distrito de Motherwell que segó la vida de su marido y de otras tres personas.

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Fue en un culto en una iglesia de Munich donde vi al ex agente de las SS que había montado guardia en la puerta de la sala de duchas del centro de distribución de prisioneros de Ravensbrück. Era el primer carcelero que veía de la época en que había estado recluida en ese campo de concentración. De repente, reviví toda la experiencia: la sala llena de hombres que se burlaban, las pilas de ropa, el rostro de [mi hermana] Betsie, pálido de dolor. El hombre se me acercó con el rostro radiante cuando ya se estaba vaciando la iglesia e inclinándose reverentemente me dijo: «¡Cómo le agradezco su mensaje, Fräulein! ¡Pensar que, como usted dice, Dios ha borrado mis pecados!» Extendió la mano para estrechar la mía, y yo, que tantas veces había predicado la necesidad de perdonar, mantuve la mía pegada a mi cuerpo. En ésas, mientras los sentimientos de ira y de venganza bullían dentro de mí, me di cuenta de que eran pecado. Jesucristo había muerto por aquel hombre; ¿iba yo a pedir más? «Señor Jesús —rogué—, perdóname y ayúdame a perdonarlo».

Esbocé una sonrisa. Luché por extender la mano. No podía. No sentía nada, ni la chispa más insignificante de afecto o caridad. Una vez más despaché en silencio una oración: «Jesús, no puedo perdonarlo. Ayúdame a transmitirle Tu perdón».

Cuando finalmente estreché su mano, ocurrió algo increíble. Tuve la sensación de que una corriente me recorría el hombro, el brazo y la mano, y de que se la traspasaba a aquel desconocido. Y en ese momento nació en mi corazón un amor hacia él que me sobrecogió. Así descubrí que la curación del mundo no depende ni de nuestro perdón ni de nuestra bondad, sino del perdón y de la bondad divinos. Cuando Dios nos señala que amemos a nuestros enemigos, nos da, junto con el mandamiento, el amor mismo.

Corrie ten Boom, sobreviviente holandesa de los campos de concentración nazi de la Segunda Guerra Mundial, En los que murieron su padre y su hermana.  

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