La magia del perdón

La magia del perdón

—¡Me gustaría que hubieras sido varón!

No sé cuántas veces le oí decir eso a mi madre en mi niñez. Teniendo en cuenta la cultura en que se crió y las actitudes de la sociedad argentina de aquel entonces, ahora entiendo mejor lo desalentador que fue para ella tener solo una hija y ningún hijo varón. De todos modos, en esa época me dolió muchísimo. Como además yo me enfermaba durante meses seguidos en los helados y húmedos inviernos de Buenos Aires, y no podía ir al colegio y jugar con mis amigas, me sentía sola y aislada.

Mi padre murió cuando yo tenía quince años. Entonces tomé un trabajo de media jornada para pagarme un colegio particular de educación secundaria. Puse mucho empeño en mis estudios y mi capacitación como secretaria; pero mis esfuerzos muy pocas veces se vieron premiados con el cariño y la aprobación que anhelaba recibir de mi madre. Me puse muy rebelde, y con el tiempo ella me echó de la casa y tuve que enfrentarme al mundo yo sola.

No pude seguir financiándome los estudios, pero arrendé un cuarto y a la larga encontré un empleo mejor. El tiempo pasaba, y yo seguía insatisfecha y desdichada. Finalmente, cuando ya no podía más, le pedí a Dios que obrara en mi vida.

Esa misma semana conocí a alguien de La Familia Internacional con quien hablé de temas profundos. Eso condujo a muchas otras conversaciones trascendentales sobre Dios y las verdades del espíritu. Así encontré las respuestas a los interrogantes que más me atormentaban. Sentí que Dios quería que compartiera aquella alegría y satisfacción con los demás, y decidí dedicarme plenamente a hacer voluntariado cristiano.

Mi nueva labor me llevó a distintas partes del país y también al extranjero. Mis viajes duraban meses y hasta años. Aunque seguí en comunicación con mi madre, nunca hablábamos de nada muy significativo. Después que formé mi propia familia, mis hijos se acordaban de ella cuando hacían manualidades y también, por ejemplo, cuando preparaban tarjetas de Navidad para familiares y amigos. Yo le mandaba de vez en cuando fotos para que viera cómo crecían sus nietos y le contaba lo que aprendían. Así y todo, nada la ponía contenta.

Fueron pasando los años, y pensé que había perdonado a mi madre. He comprobado, sin embargo, que es muy sencillo perdonar a una persona cuando no se vive con ella o no se la ve con frecuencia. Mucho más difícil es perdonar a alguien con quien hay que lidiar habitualmente y que tal vez siga haciéndonos daño.

Tal como me lo había imaginado, cuando regresé a Argentina después de una ausencia de muchos años y me reencontré con mi madre, su desaprobación y su falta de afecto reabrieron heridas emocionales que yo creía ya superadas. Al cabo de varias visitas ya estábamos nuevamente peleando.

Un día oí la canción La magia del perdón y me punzó la conciencia. La escuché varias veces, hasta que se me quedó tan grabada que no podía menos que perdonar. Ahí mismo le pedí a Dios que me ayudara a perdonar toda palabra hiriente, todo arranque de ira y todos los demás desplantes de mi madre que me habían causado dolor.

Di gracias a Dios por hacerme ver que debía tratar con misericordia a mi madre, pues yo misma necesitaba misericordia. Yo también había fallado y herido a otras personas en muchas ocasiones, y Jesús no había dejado de amarme. Comprendí que Él tampoco había dejado de amar a mi madre y que quería que yo hiciera lo mismo. Me puse a llorar al pensar en los muchos años de cercanía y relación íntima que mi madre y yo nos habíamos perdido, y cuánto debía de haber sufrido ella como consecuencia.

Jesús dijo a Sus seguidores: «Lo que ustedes recibieron gratis, denlo gratuitamente»1. «Deben ser compasivos, así como su Padre es compasivo. No juzguen a los demás, y no serán juzgados. No condenen a otros, para que no se vuelva en su contra. Perdonen a otros, y ustedes serán perdonados. La cantidad que den determinará la cantidad que recibirán a cambio»2.

También nos enseñó a orar así: «Perdona nuestros pecados, así como hemos perdonado a los que pecan contra nosotros»3. Dios me había regalado Su amor y Su perdón, y en ese momento me correspondía hacerle ese mismo regalo a mi madre.

En la siguiente visita que le hice, yo no era la misma, y por lo visto eso la cambió a ella. Preparó una comida deliciosa, me reveló sus recetas preferidas y recordamos momentos felices. Desde entonces, ver a mi madre y hablar con ella es como reunirme con una buena amiga a la que no he visto en mucho tiempo. Al principio la senda del perdón parece difícil y sembrada de obstáculos; pero cuanto más transitamos por ella, más fácil se torna. Ahora puedo hablar de la magia del perdón, porque es una experiencia que he vivido.

1. Mateo 10:8 (NVI)
2. Lucas 6:36–38 (NTV)
3. Mateo 6:12 (NTV)

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Victoria Olivetta

Victoria Olivetta

Victoria Olivetta es argentina. Tiene tres hijos y tres nietos. Como integrante de La Familia Internacional, ha consagrado los últimos 30 años de su vida al servicio al prójimo. Actúa de consejera para enfermos terminales y personas que sufren de depresión. Cuando el tiempo lo permite, se distrae escribiendo y traduciendo.

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