Heroínas de la Biblia

Heroínas de la Biblia

En el Israelde los tiempos bíblicos, los papeles del hombre y de la mujer estaban claramente definidos. La esfera femenina comprendía tradicionalmente el hogar y todo lo relacionado con él, incluida la crianza de los niños, la supervisión de los criados y en muchos casos la economía doméstica. Pero en la Biblia Dios no hizo distinción de sexo al elegir personas para cumplir Su voluntad, comunicar Sus palabras o conducir a Su pueblo. Las tareas que encomendó a ciertas mujeres habrían intimidado a más de un hombre. Sin embargo, ello no impidió que aquellas mujeres valerosas y llenas de fe respondieran al llamado de Dios.

He aquí algunas de las más notables heroínas de la Biblia:

Sara, mujer de Abraham, tiene el honor de ser la única mujer de la Biblia cuya edad al morir —127 años— quedó registrada, lo que indica el gran respeto que se le muestra en su calidad de madre del pueblo hebreo. Dios prometió un hijo a Abraham y Sara cuando ya eran viejos. Ella dio a luz a su primer y único retoño, Isaac, a la avanzada edad de 90 años. El apóstol Pedro citó a Sara como ejemplo de mujer santa encomendada a Dios y poseedora de una belleza espiritual interior (Génesis, capítulos 11–23; Isaías 51:2; 1 Pedro 3:4–6).

Fúa y Sifra—dos parteras de la época en que los israelitas eran esclavos en Egipto— desobedecieron las órdenes del Faraón, que había determinado la muerte de todos los varones hebreos recién nacidos (Éxodo 1:15–22).

Jocabed esperó hasta que su nene, Moisés, tuviera tres meses antes de obedecer la orden del Faraón de arrojarlo al Nilo. Finalmente lo hizo, pero colocándolo en una cesta flotante. Gracias a la fe y el ingenio de su madre, Moisés fue hallado por la hija del Faraón, que lo crió y lo educó en la casa de éste. Más tarde Moisés liberó a su pueblo del yugo egipcio y lo condujo a la Tierra Prometida (Éxodo 1:22–2:10).

Débora fue profetisa y jueza. Reunió y organizó el ejército que liberó a Israel de las fuerzas de ocupación de Jabín, rey de Canaán (Jueces, capítulo 4).

Jael, otra mujer de la época, puso fin a aquella guerra al matar a Sísara, general de los ejércitos de Jabín (Jueces, capítulo 4).

Rut dejó Moab —su tierra natal— y todo lo que había conocido para seguir a Dios. Por ello, Dios la bendijo enormemente. Se estableció en Belén y, como consecuencia de su matrimonio con Booz, fue antecesora del rey David y del propio Jesús (Libro de Rut, Mateo 1:5).

Ana—una mujer sin hijos— prometió a Dios que si le daba un niño, lo dedicaría a Su servicio. Dios respondió su oración, y Ana se convirtió en madre del profeta Samuel (1 Samuel 1).

Abigail salvó la vida de sus criados y de su familia y se libró ella misma de la muerte después que su hosco marido ofendió al futuro rey David. Abigail salió al encuentro de David para entregarle un mensaje de Dios, y así lo disuadió de vengar la afrenta que había sufrido. David reconoció además la inteligencia y entereza de Abigail: a la muerte de su marido, se desposó con ella (1 Samuel, capítulo 25).

La viuda de Sarepta creyó y obedeció al profeta Elías, con lo que consiguió salvar tres vidas: la de él, la suya y la de su hijo. A lo largo de tres años de hambruna nunca le faltaron el aceite y la harina, pese a que en un principio casi no tenía (1 Reyes 17:1–16).

Hulda, profetisa contemporánea del profeta Jeremías, fue consultada por el rey Josías sobre la autenticidad de cierto libro hallado en las ruinas del templo. Gracias al testimonio de ella, el reino de Judá volvió a abrazar la fe en Dios (2 Reyes 22:13–20).

Ester, llamada originalmente Hadasa, era una joven judía que llamó la atención de Jerjes, rey de Persia (también conocido como Asuero) y llegó a ser reina. Cuando Amán, un corrupto ministro de la corte, ordenó que se matase a todos los judíos del reino, Ester, en un escalofriante episodio de intriga palaciega, arriesgó la vida para salvar a su pueblo (Libro de Ester).

María, madre de Jesús, concibió del Espíritu Santo siendo virgen. A raíz de ello se expuso a ser lapidada; pero un ángel indujo a su prometido, José, a casarse con ella. Se la llamó «bendita entre las mujeres» por cumplir el papel de madre del Salvador del mundo (Lucas 1:26–55; Mateo 1:18–25).

María y Marta tenían una estrecha amistad con Jesús. En muchas ocasiones Él y Sus discípulos se alojaron en casa de ellas. Jesús elogió a María por escuchar atentamente Sus enseñanzas (Lucas 10:38–42); Marta, por su parte, fue la primera en reconocer que Jesús era el Mesías y el Hijo de Dios (Juan 11:20–27).

La samaritana con la que Jesús se encontró junto al pozo de Jacob, además de pertenecer a un pueblo despreciado por los judíos, gozaba de mala fama aun entre los suyos. No obstante, después que Jesús se le reveló, lo dio a conocer a mucha de la gente de su ciudad (Juan 4:3–30).

María Magdalena fue una discípula de Jesús que formó parte de Su círculo más íntimo. Estuvo cerca de Él durante la crucifixión para brindarle consuelo y fue la primera persona a quien Él se apareció después de Su resurrección (Marcos, capítulo 16; Juan, capítulo 20).

Lidia, vendedora de telas del puerto griego de Filipos, fue, que se sepa, la primera persona de Europa continental en abrazar la fe cristiana. Alojó a los discípulos en su casa (Hechos 16:14,15).

Loida y Eunice fueron, respectivamente, la abuela y la madre de Timoteo, a quien instruyeron desde pequeño en el conocimiento de las Escrituras y que a la postre llegó a ser uno de los dirigentes de la incipiente iglesia cristiana. Ambas fueron reconocidas por su fe (2 Timoteo 1:5).

Estas mujeres, y muchas otras que ha habido desde entonces, fueron fieles a su vocación, hicieron frente a las adversidades y dieron un ejemplo de fe, valentía y amor que nos inspira hasta el día de hoy. 

Ronan Keane

Ronan Keane es el jefe de redacción de la revista Activated. 

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