En el trabajo

El acelerador y el freno

No siempre ha sido fácil trabajar conmigo. Es más, a algunas personas les hacía tanta gracia tenerme en su equipo como adoptar a un puerco espín.

Parte del problema radicaba en mi excesiva competitividad. Este es un ejemplo de cómo esa porfía socavaba mis relaciones con mis compañeros: En una época compartí un cargo ejecutivo con un tal Pablo, un tipo de gran empuje, dinámico, rápido, muy organizado y capaz de realizar mucho trabajo en una sola jornada. Yo, en cambio, por naturaleza soy más despacioso, cauto y analítico. Antes bromeaba sobre mi forma de ser y decía que sólo tenía dos velocidades: la primera y la marcha atrás. Trabajar con Pablo me producía la sensación de que siempre andaba rezagado. Eso hacía aflorar mi espíritu competitivo. Me propuse entonces llevarle la delantera en todo. Si él decidía llegar al trabajo media hora antes para aprovechar bien el día, yo me esforzaba por llegar una hora antes para adelantarme a él. Si él pensaba concentrarse en determinado problema, para entonces yo ya lo había estudiado desde todos los ángulos concebibles. Esa rivalidad casi anuló nuestra eficacia.

No olvides el amor

Un variopinto grupo de compositores, músicos y cantantes se había desempeñado con éxito en varios trabajos importantes durante años. A pesar de los altibajos, siempre habían logrado repuntar y mantener un buen grado de cohesión. De ahí que cuando la inspiración cayó inexplicablemente a niveles sin precedentes, la pareja a cargo se preocupó, y con toda razón. Siendo gente de fe, que dependía mucho de la oración, pidieron a Dios que les indicara por qué el grupo pasaba por una época tan árida y cómo podían renovarse.

La respuesta que recibieron fue breve y sencilla: «Se han olvidado del amor». Todos andaban tan enfrascados en su trabajo que escasamente se manifestaban cariño y aprecio unos a otros, algo que en sus primeros años los había llevado a tener un gran espíritu de equipo.

Lecciones de amor

Hace unos años pasé por una temporada en la que me enfrasqué de lleno en mi trabajo, más que nunca. La mayoría de mis colaboradores estaban de viaje, asistiendo a unas reuniones bastante extensas, así que tenía tiempo de sobra para mí misma y trabajaba prácticamente desde que me levantaba hasta que me acostaba.

Hazles un favor

Deshacerse del ego requiere fortaleza interior.

Muchos andan por la vida con una pesada carga de ego. Quieren quedar bien a toda costa, a veces a expensas de los demás. Es triste; no debiera ser así, particularmente cuando uno tiene cierto rango.

De maestra a alumna

Esto debiera resultarme muy fácil —pensé mientras me preparaba para dejar la enseñanza primaria y dedicarme a la secundaria—. Al fin y al cabo, llevo toda la vida de docente». ¡Vaya sorpresa la que me llevé!

Los niños pequeños, por lo general, son bastante respetuosos de las personas mayores y confían en ellas. Para casi todos los que había tenido a mi cuidado mi palabra era la ley, sin chistar. En cambio, daba la impresión de que los adolescentes lo cuestionaban todo. 

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