El directivo inteligente

El directivo inteligente

Un buen directivo no es un jefe, sino un servidor. Jesús no solo se proponía enseñar humildad a Sus discípulos cuando los amonestó diciendo: «El que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor»1. Un buen directivo sencillamente no es un dictador, sino que escucha a sus empleados. Cuando los altos mandos no se comunican con sus subalternos, lógicamente no entienden los problemas de estos, y en esas circunstancias los conflictos no se hacen esperar.

Los directivos de todos los estamentos deben escuchar a sus subordinados. Si bien la responsabilidad de tomar las decisiones finales recae sobre sus hombros, eso no significa que ellos sean los únicos a los que se les ocurren ideas, los únicos que piensan, y que no deban consultar con nadie. Un buen directivo escucha a su gente.

En lo que se refiere a planes, objetivos, motivación y otros aspectos generales del trabajo, el dirigente debe ser una persona capaz; de lo contrario no debería dirigir. Pero en cuanto a asuntos prácticos, los altos mandos deben escuchar a sus colaboradores, que probablemente saben de esas cosas más que ellos. Un buen directivo escucha las recomendaciones de sus ayudantes, las debate con ellos, procura llegar a un consenso sobre la línea de acción que se debe seguir y les da libertad para que hagan el trabajo. Luego simplemente monitorea los progresos. Esa es en realidad la función del dirigente: más que nada mantener todo en marcha, dejando que los demás hagan propuestas, inicien acciones y, por supuesto, las lleven a término.

Todo director corporativo o gerente de una empresa u organismo se rodea de consejeros que lo asesoran. ¿Sabías que hasta Dios trabaja así? Él convoca a Sus altos asesores, espíritus y ángeles y les pregunta: «¿Qué creen que debemos hacer con respecto a esto?» Escucha sus recomendaciones y luego decide sabiamente quién tiene razón2. Y no olvidemos que además de escuchar a Sus consejeros, espíritus y ángeles, Dios también nos escucha a nosotroscuando nos dirigimos a Él en oración.

Si ni siquiera el propio Dios lo piensa todo por nosotros, ¿cómo podemos pretender tomar nosotros todas las decisiones, hacer todos los razonamientos, dar todas las instrucciones y además llevarlas a cabo? Un dirigente no puede prescindir de los demás. Así de simple.

Eso de querer organizarlo todo y decirle a todo el mundo lo que debe hacer es típico de un novato, de un joven inexperto que acaba de asumir el cargo. Todo directivo inteligente aprovecha las contribuciones de su gente como si operara una bomba extractora. No pretende ser él la bomba, ni la palanca, ni el agua, ni el balde. Él no es más que la mano guía que toma la palanca y bombea para crear un intercambio dinámico de ideas, de forma que todos saquen partido de los pensamientos y las experiencias de sus colegas.

Un directivo sensato procura tener contenta a su gente, ya que uno se desempeña mejor cuando está satisfecho y se dedica a lo que le gusta, a lo que desea hacer. Si se quiere que un equipo funcione con eficacia, los integrantes del mismo deben trabajar juntos, escucharse, deliberar, decidir las cosas entre todos y luego concretar los proyectos conjuntamente.

Lo mismo sucede con el cuerpo humano: no consideramos que podamos prescindir siquiera del miembro más pequeño. Uno necesita hasta de la última uña, de cada célula, cada órgano y cada miembro3. En un equipo todos son valiosos, desde el más insignificante hasta el que parece más importante. Cada uno cumple su función, todos son necesarios y todos deben trabajar en armonía y cooperación.

Hay que dialogar, deliberar, consultarse, buscar consensos, decidir las cosas entre todos, actuar juntos, preocuparse unos de otros, crecer juntos, trabajar juntos y disfrutar juntos de los resultados. Un directivo inteligente, un buen ejecutivo, trabaja así.

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La autoridad de un líder cristiano no se fundamenta en el poder, sino en el amor; no en la fuerza, sino en el ejemplo; no en la coacción, sino en la persuasión razonada. Los dirigentes tienen poder, pero ese poder solo está a salvo en manos de los que se hacen humildes servidores. John Stott (1921–2011)

Jesús dijo varias veces: «Ven, sígueme». Su consigna era: «Haz lo que Yo hago», no: «Haz lo que Yo digo». Su brillantez innata le hubiera permitido hacer gran alarde y ostentación, pero de esa manera habría dejado muy atrás a Sus seguidores. Él caminó y trabajó con las personas a las que había de servir. Spencer Kimball (1895–1985)

1. Mateo 20:26
2. V. 1 Reyes 22:19–22; Job 1:6–12
3. V. 1 Corintios 12:14–17

David Brandt Berg

David Brandt Berg (1919-1994) fue hijo de la reconocida pastora evangelista norteamericana Virginia Brandt Berg. En 1968 él, su esposa y sus hijos adolescentes iniciaron un movimiento juvenil contracultural en Huntington Beach, California. Su misión creció hasta derivar en el movimiento internacional cristiano conocido actualmente como La Familia Internacional (LFI). (Los artículos de David Brandt Berg publicados en Conéctate son versiones adaptadas del original.)

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