Amar mientras pueda

Amar mientras pueda

Las discusiones con mis padres fueron una mancha en mis años de universidad. Discutíamos sobre cuánto tiempo dedicaría a mi vida social, sobre mi nueva afición por los programas de entrevistas y tertulias en televisión, mi intención de comprarme una motocicleta y un montón de otras cosas, que en retrospectiva resultan triviales, pero que en aquel momento eran muy importantes para mí. En todo ese periodo yo veía a mis padres como unos tutores chapados a la antigua, que me impedían disfrutar plenamente de mi juventud.

En mi último semestre tomé un curso de antropología. Durante una clase sobre creencias culturales en torno a la muerte, el profesor nos mostró un documental producido por la red de transmisión nacional de Japón (NHK) titulado The Phone of the Wind: Whispers to Lost Families (El teléfono del viento: susurros a familias perdidas). El mismo abordaba la creencia abrazada por algunas personas de que podían comunicarse con seres queridos ya fallecidos hablando en un teléfono de discado que no tiene conexión alguna, al que llaman «el teléfono del viento». Un hombre llamado Itaru Sasaki instaló el aparato en 2010 para tratar de comunicarse con su primo que había muerto ese año. Después del terremoto de Tohoku en 2011 y el consecuente maremoto que devastó Japón, los sobrevivientes comenzaron a frecuentar la cabina telefónica para dejar mensajes a sus seres queridos que habían perecido en aquella catástrofe natural.1

No pude contenerme. Se me hacía un nudo en la garganta viendo escena tras escena de personas quebrantadas hablando a un teléfono desconectado y expresando el dolor de su pérdida y sus sentimientos de desamparo. Preguntaban: «¿Por qué te moriste?» Rogaban: «Vuelve con nosotros». Hacia el final del documental una madre y sus tres hijos visitan la cabina para hablar con su padre y marido fallecido durante el terremoto. La hija había tenido una relación tumultuosa con su padre cuando él aún estaba con ellos.

—¿Qué le digo? —le preguntó a su hermano mientras jugaba nerviosamente con el receptor.

Se le empezaron a caer las lágrimas al pedir perdón a su padre por haberlo fastidiado tanto. La madre, que conocía bien la situación, dijo:

—Ella lo amaba más que nadie.

Su hermano, sorprendido, respondió:

—Yo pensé que lo detestaba.

Recordé mis desencuentros con mis padres. ¿Qué pasaría si una catástrofe de algún tipo me llevara a mí, o a uno de ellos? En la comodidad y confort de la vida moderna me había olvidado de lo frágil que puede ser la vida. Ver la imagen desgarradora de una niña llorando mientras le expresaba a su padre todo lo que habría querido decirle me recordó que debo hacer todo lo posible por ver más objetivamente las cosas que me molestan. No sé lo que pueda pasar mañana. Por eso, mejor amar hoy, mientras pueda hacerlo. No puedo dejar que desacuerdos de poca monta dejen al margen lo que es importante para todos nosotros: el amor familiar que compartimos.

1. Nota de la redacción: El documental mencionado (con subtítulos en inglés) puede verse en el siguiente vínculo:
https://www.youtube.com/watch?v=v9ZOuP1vByU

Elsa Sichrovsky

Elsa Sichrovsky es escritora independiente. Vive con su familia en Taiwán. 

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