Con ella aprendí compasión

Con ella aprendí compasión

Hace unos años nuestros vecinos regalaron su perra a un amigo de ellos. Algún tiempo después el anciano murió y la perra se vino a frecuentar nuestra calle, pero nuestros vecinos ya no vivían ahí. Con el paso del tiempo la perra se veía cada vez más escuálida y abandonada. Al poco tiempo cavó un hoyo debajo de nuestra cerca y entraba a comer lo que los dos perros nuestros dejaban en sus platos o lo que quedaba en los alrededores.

Al llegar el invierno se vino a dormir a la vieja casa de perro que teníamos en el patio. Un día mi hijo adolescente me dijo:

—Se va a morir en nuestro patio.

Para entonces estaba famélica. Ya era puros huesos y daba la impresión de que apenas le quedaban fuerzas para caminar. Así que comencé a darle de comer dos veces al día, junto con mis otros perros. Al cabo se recuperó y andaba por todos lados.

La bautizamos Chiquita y la adoptamos hasta que le encontráramos nuevo dueño. Cuando mi hijo mayor vino a visitarme, su mujer le dio mucha atención. La vez siguiente que vino, la perrita la recibió tan contenta que me puse celosa. Al fin y al cabo, yo era la que la había salvado y le había dado de comer, la había bañado y todo lo demás. Sin embargo, la alegría de Chiquita al ver a mi nuera me hizo reflexionar.

Es cierto que yo la había salvado de morir de hambre, tal vez por sentido del deber o por lástima, pero no le había expresado mucho cariño. Eso se me quedó grabado y comencé a incluirla en los ratos de juegos que paso con los otros perros. Al poco tiempo ya aguardaba yo con ansias los saltitos de alegría y cariño con que me recibía cada vez que llegaba a casa.

Transcurrido cierto tiempo la perrera municipal le encontró un nuevo hogar y accedí a dejarla ir, aunque sufrí de pena los tres días siguientes. Era parecido a cuando mis nietos vienen de vacaciones y me acostumbro al sonido de sus alegres piececitos y gorjeos hasta que llega el comienzo del año escolar y deben irse. Esa dulce tristeza que aprieta el corazón me dura unos días.

Todavía me acuerdo de Chiquita, rezo por ella y me pregunto dónde estará. A veces miro el patio y echo de menos sus graciosas piruetas y muestras de cariño.

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Rosane Pereira

Rosane Pereira

Rosane Pereira es brasileña. Desde 1975 ha sido misionera de carrera junto con su difunto esposo, Carlos Córdoba. Tiene ocho hijos y cinco nietos. Es profesora de inglés y español, traductora y escritora. Es asimismo socia de Interconnect, pequeña empresa que vincula la traducción y el aprendizaje de idiomas con el turismo y el ecoturismo en la zona de Río de Janeiro.

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