Declaración de amor

Declaración de amor

El amor —amor verdadero, amor a Dios y al prójimo— es la solución primordial para todos los problemas que aquejan hoy en día a la humanidad, así como a los conflictos que la afectaron en otros tiempos. Sigue siendo la solución que ofrece Dios aun en una sociedad tan confusa y compleja como la del mundo actual. 

Es precisamente el rechazo del amor de Dios y de las leyes que por amor Él ha instituido lo que lleva a los hombres a ser egoístas, desamorados, desconsiderados y hasta perversos y crueles. He ahí el origen de su inhumanidad para con sus semejantes, la cual salta a la vista en este atribulado mundo actual sometido al yugo de la opresión, la tiranía y la explotación. Cientos de millones sufren innecesariamente de hambre, desnutrición, enfermedades, pobreza, desamparo, exceso de trabajo, y padecen odiosas vejaciones, los tormentos de la guerra y la pesadilla de vivir con un perpetuo sentimiento de inseguridad y miedo. La causa de todos estos males es la falta de amor de los hombres para con Dios y el prójimo, y su insistencia en contravenir las leyes divinas de amor, fe, paz y armonía.

Efectivamente, la solución es sencilla: Amar a Dios nos hace capaces de amarnos los unos a los otros. Podemos entonces seguir Sus preceptos sobre la vida, la libertad y la felicidad, con lo que todo se arregla y todos nos sentimos satisfechos en Él.

Por eso dijo Jesús que el primer y mayor mandamiento es amar: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Y el segundo es semejante —casi igual, casi lo mismo—: amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mateo 22:37-39).

Si tenemos amor verdadero, no podemos presenciar una situación de apuro sin intervenir. No podemos pasar de largo delante del pobre hombre en el camino de Jericó. Debemos actuar, como hizo el buen samaritano (v. Lucas 10:25-37). Hoy en día hay mucha gente que, cuando ve a un necesitado, reacciona diciendo: «¡Ay, qué lástima, qué pena!» Sin embargo, la compasión hay que traducirla en obras. He aquí la diferencia entre lástima y compasión: la lástima no es más que un sentimiento de pena; la compasión lo impulsa a uno a hacer algo.

Debemos manifestar nuestra fe con obras. Es difícil demostrar amor sin una acción palpable. Afirmar que se ama a alguien y no ayudarlo físicamente en lo que pueda necesitar —proporcionándole comida, ropa, techo, etc.— no es amor. Si bien es cierto que la necesidad de amor verdadero es espiritual, éste debe manifestarse físicamente, por medio de obras. «La fe que obra por el amor» (Gálatas 5:6). «El que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él? Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad» (1 Juan 3:17,18).

Por otra parte, consideramos que la forma más sublime de manifestar amor no consiste exclusivamente en compartir simples pertenencias y bienes materiales. Se basa en entregar la vida en servicio a los demás, como expresión de nuestra fe. Las buenas obras y la entrega de dichas posesiones vienen como consecuencia. El propio Jesús no tenía nada material que ofrecer a Sus discípulos, sólo Su amor y Su vida, que dio por ellos y por nosotros para que todos pudiéramos disfrutar de vida y amor eternos.

«Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos» (Juan 15:13). Profesamos, pues, que lo máximo que podemos dar a los demás es nuestra persona, nuestro amor y nuestra vida. Ese es nuestro ideal.

La verdadera felicidad no se halla buscando de modo egoísta placeres y satisfacciones, sino al encontrar a Dios, comunicar Su vida a los demás y procurar la felicidad ajena. Entonces la felicidad te busca, te toma por asalto y se adueña de ti, sin que la hayas procurado siquiera.

«Todo lo que el hombre sembrare, eso también segará» (Gálatas 6:7). Si siembras amor, recoges amor. Si siembras amistad, recoges amistad. Obedece, pues, la ley divina del amor, amor desinteresado, amor a Dios y al prójimo. Manifiesta a los demás el amor que les debes, y tú también recibirás amor. «Con la misma medida con que medís [generosa o mezquina], os volverán a medir» (Lucas 6:38).

Descubre las maravillas que puede hacer el amor. Hallarás todo un nuevo mundo que sólo habías concebido en sueños. En compañía de otra alma solitaria, puedes disfrutar de los milagros que obra el amor. Pruébalo. El amor que manifiestes volverá a ti.

El amor no se te dio para guardarlo.
Para que sea amor, a otros hay que darlo.  

David Brandt Berg

David Brandt Berg (1919-1994) fue hijo de la reconocida pastora evangelista norteamericana Virginia Brandt Berg. En 1968 él, su esposa y sus hijos adolescentes iniciaron un movimiento juvenil contracultural en Huntington Beach, California. Su misión creció hasta derivar en el movimiento internacional cristiano conocido actualmente como La Familia Internacional (LFI). (Los artículos de David Brandt Berg publicados en Conéctate son versiones adaptadas del original.)

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